Fútbol en estado de gracia

¿Por qué se fueron del Mundial España e Inglaterra y triunfan Costa Rica y Colombia?

¿En qué estaban pensando los jugadores de Costa Rica y Colombia para ganar los dos partidos que han jugado? ¿Y en qué estaban pensando los de España e Inglaterra para ser eliminados en la primera fase del Mundial? Me parece que esa es la clave de lo que hasta ahora es la tendencia de Brasil 2014: los grandes jugando como chicos, los chicos agrandados. No voy a hacer aquí un tratado sobre la psicología y el fútbol. Simplemente recojo las impresiones que me dejaron los equipos citados. España desde el primer momento pareció un equipo de autómatas. Los campeones mundiales vigentes parados en la cancha, tocando por inercia, contemplando todavía la estrella que le pusieron al escudo después de Sudáfrica, en una especie de coma inducido no sé si por la intensa temporada de su liga y en Europa, por los millones que ganan o por el estado de relajación en que uno entra cuando llega al país de la samba.

En todo caso el primer partido contra Holanda me recordó el que vi en el Monumental de Núñez, en Buenos Aires, cuando fueron a exhibir la copa y una Argentina inspirada los goleó 4 a 1. Entonces escribí un artículo titulado “El sexto sentido del fútbol”, buscando explicaciones a por qué la mente traiciona a algunos jugadores en momentos trascendentales. En el pasado Mundial había traicionado a Messi, que en aquel amistoso jugó como debió hacerlo en África si quiere ser reconocido al nivel de Maradona y Pelé por la mezcla de talento y mente en los mundiales.

Creo que desde ese momento España ya estaba anestesiada por el triunfo y nunca recuperó la compostura y la concentración. Contra Holanda (1-5) el único que intentaba salir del letargo era Iniesta, pero una golondrina no hace verano. Ramos ido. Casillas a un paso del retiro. Xavi desdibujado en la banca junto a Villa. Piqué bajo el síndrome de Shakira. ¿Qué te hiciste Pujol? La furia roja transformada en un desánimo total. Y eso también lo capitalizó Chile (2-0) con lo más básico que se le puede reclamar a un futbolista profesional: actitud. Es el coraje que Pékerman le reconoce a la Colombia luego de derrotar a Grecia y Costa de Marfil y que aspira a que mantengan porque es la fuerza que lleva a una selección a las finales de una Copa Mundo.

Esa apatía, especie de virus mundialista que puede atacar a cualquiera que no llegue inmunizado, también contagió a Inglaterra, tan fría como Londres en invierno. Lo más impresionante fue ver a Gerard —el símbolo del jugador británico aguerrido por excelencia— errático, confundido, ayudando a hacer goles en contra, como con el cabezazo hacia atrás que dejó solo a Luis Suárez para que sellara la victoria de Uruguay 2-1. Se esperaba que la figura de la Premier League se echara a la espalda al equipo y con la base de su amado Liverpool reivindicara al país que inventó el fútbol, pero se les refundió la sensatez. Incluso la fiera Rooney parecía un gatito y los dos jamaiquinos que sumaron al ataque todavía no saben qué es vestir una camiseta con tradición.

Uruguay es otro caso para analizar desde esta perspectiva, porque fue uno contra Costa Rica y otro contra Inglaterra. Sin demeritar a los ticos, reflejo de las ganas y la disciplina de equipo que transmite la perseverancia incomprendida por algunos del técnico colombiano Jorge Luis Pinto, la primera aparición de Uruguay pareció la del fantasma del futbolista devastado camino al suicidio, como en el cuento de Horacio Quiroga. En cambio, contra Inglaterra reapareció la garra charrúa del primer campeón mundial en 1930, del semifinalista de Sudáfrica 2010. Los destellos no les alcanzaron a los ingleses para salir de la oscuridad.

Luis Suárez representa hoy para mí el estado mental ideal de un goleador, mientras Diego Forlán pasó por allí, pero ya dejó ir la musa inspiradora. De que la energía arrasadora de Suárez se propague en ese equipo dependerá que Uruguay venza a Italia por el segundo cupo del grupo que lideró una Costa Rica mentalizada. En todo caso, en ese partido se irá otra leyenda de los mundiales porque su psiquis no estuvo acorde con la exigencia de una competición de este nivel y por lo tanto cualquier planteamiento físico y táctico resulta inofensivo.

Lo que me llevó a plantear esta discusión fue el testimonio más conmovedor que he oído durante el Mundial: a Christian Bolaños, mediocampista costarricense, un periodista del canal brasileño SporTV le preguntó cómo explicar que un equipo considerado la cenicienta del grupo le ganara a Italia jugando bien. Él respondió incrédulo: “No sé. No entiendo qué está pasando. Sólo sé que jugamos con la mayor voluntad con la que lo hayamos hecho antes y sin miedo”. Cuando esa magia aparece en el fútbol ocurren gestos como el del controvertido delantero Mario Balotelli, quien le regaló su camiseta azzurro a este oponente, porque fue uno de los once centroamericanos que demostaron que, más que historia, este deporte puede ser un estado mental.