Fútbol y política

El fútbol es el más político de los deportes y la Copa del Mundo es el más político de los torneos de fútbol. Hay que saber verlo, sí, pero ahí está: por debajo del campo hay siempre un fondo de tensiones que nos obligan a ver los partidos de otra manera.

La selección de Croacia, en el partido del jueves frente a Brasil que perdió 3-1, con una actuación criticada del árbitro japonés Nishimura. / AFP

El fútbol tiene esta rareza que nadie ha sabido explicar bien: las selecciones mundialistas, lo quieran o no, saltan al campo con el pasado de sus países. El jueves pasado, el primer partido del Mundial tuvo como protagonista a uno de los tantos equipos donde el fútbol y la guerra han ido de la mano. En Croacia, el fútbol tiene una historia ligada a la violencia: yo sé, aunque no lo haya visto, que fuera del estadio de Maksimirska en Zagreb hay un monumento a los hinchas del Dinamo que murieron durante la guerra con Serbia. De hecho, no pocos hinchas radicales del Dinamo sostienen que la guerra comenzó con un partido entre su equipo y el Estrella Roja de Belgrado.

Así que ahí lo tienen: los nacionalismos comenzaron y la violencia del fútbol, o el fútbol violento, la empeoró. Cuando el presidente Slobodan Milosevic llegó al poder, lo hizo preparando un coctel de nacionalismo y miedo que caló muy bien entre los hinchas extremistas del Estrella Roja. El equipo se convirtió pronto en un símbolo nacional; cuando estalló la guerra, los primeros contingentes croatas llevaban, junto a sus insignias militares, las insignias del Dinamo de Zagreb, y hay un hincha croata tristemente célebre por sus hechos durante la guerra. Se llamaba Zeljko Raznatovic, pero todo el mundo lo conoció como Arkan. Era un tipo temible: con el aval de Milosevic, movilizó a los hinchas del Estrella Roja de Belgrado y los convirtió en una fuerza paramilitar que participó en la limpieza étnica en Croacia y en Bosnia.

Pues bien, esos ecos trágicos llegan hasta el Mundial de Brasil. Dos días después de la derrota de los croatas, la selección bosnia se enfrentó a Argentina. Los jugadores que estaban en el campo, y que representaban por primera vez a su país en un Mundial, eran niños pequeños cuando estalló la guerra; y uno tiene que preguntarse qué habrán logrado comprender (o qué les habrán contado sus padres, si es que sobrevivieron) acerca de la que fue su primera experiencia en el mundo. Pongamos por ejemplo la masacre de Srebrenica en 1995, cuando el general Ratko Mladic dirigió el asesinato de ocho mil bosnios; o los bombardeos durante el sitio de Sarajevo, que destruyeron, por ejemplo, la casa de Edin Dzeko, el delantero del Manchester City. Asmir Begovic, el portero, juega en el Stoke City; pero no es un jugador exportado, sino un escapado: cuando estalló la guerra, sus padres huyeron a Canadá.

Así que el destino de toda esta generación —los croatas que jugaron el jueves y los bosnios que jugaron ayer— está ligado inevitablemente a los episodios más violentos de la historia europea desde la Segunda Guerra Mundial. Son niños de la guerra: los que juegan el Mundial de Brasil son, de una forma u otra, supervivientes. ¿Es mejor que esas cosas se le olviden a uno cuando ve un partido? Eso opinan muchos, pero yo no estoy tan seguro: el fútbol es política. Cuando no se nos olvida, cuando tenemos presente esta incómoda verdad, es más fácil neutralizar a los muchos que lo usan como instrumento para otras cosas.

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