Fútbol y supersticiones

El otro día recordaba Juan Esteban Constaín ese rasgo de todo hincha que se precie: la superstición.

Los hinchas somos supersticiosos sin remedio, tal vez porque antes de ser hinchas hemos sido jugadores; y el jugador, en todo ese entramado complejo que es el mundo del fútbol, es la criatura más vulnerable y más insegura, y suele echar mano de lo que pueda para compensar esa necesidad de certidumbres. Para Carlos Valderrama, tener que subirse las medias un buen día debió de ser como desafiar a los dioses; John Terry usó durante diez años sus “canilleras de la suerte”, pero las perdió en un partido contra el Barcelona (y las cosas no le han ido bien desde entonces). Durante décadas, los equipos internacionales se negaron a tener un número 13 en sus filas, hasta que Eusebio y Gerd Müller pusieron esa camiseta de moda a punta de goles. En el Mundial de 1998, el equipo de Rumania decidió que todos se tenían que pintar el pelo, pero los once rubios que derrotaron a Colombia fueron eliminados en octavos de final. En 1984, antes de la Copa de las Naciones, Costa de Marfil contrató a 150 brujos que obligaron a los jugadores a lavarse el cuerpo con pociones y pronunciar sus deseos al oído de una paloma. Esto, quizás, no es más extraño que creer en las profecías de un pulpo alemán.

¿Cómo explicarlo? El fútbol, al contrario del boxeo o del atletismo, es un deporte abierto en que el azar juega un papel determinante; para enfrentarse a los miedos que ese azar le produce, el jugador (y después el hincha) inventa rituales que lo protegen. Ponerse los mismos calzoncillos o las mismas medias debajo de las del equipo no son comportamientos exóticos en este mundo, sino actitudes que intentan minimizar la intervención de la casualidad: en un deporte donde tantas cosas son impredecibles, un mínimo control sobre algo ayuda a no volvernos locos. Celebrar un gol de rodillas y dándose bendiciones, como hacía Jairzinho, o señalando a una presencia imaginaria en el cielo, como hace Messi, no es una mera rutina: es un ritual, y no respetarlo puede tener consecuencias peligrosas. En África y Latinoamérica, donde la religión está más presente en la vida social, los jugadores y los hinchas apelan a su dios personal para que les ayude a marcar un penalti o a que el rival no lo marque. En Brasil, los equipos del campeonato local suelen tener siempre su propia capilla; de ahí a fundar toda una iglesia alrededor de un jugador, como se hizo en Argentina para adorar a Maradona, no hay más que un paso.

Pero no todas las supersticiones son inofensivas. Quienes le encargaron a Maradona la dirección técnica de la selección creyeron, por superstición, que el genio podía enseñarse, y que quien había hecho milagros en la cancha podía transmitir a once jugadores las recetas para repetirlos. El resultado de esa creencia sin pruebas es el fracaso en Sudáfrica del equipo donde jugaba el mejor del mundo. La superstición refleja también la ansiedad de la victoria: en un mundo donde el fútbol mueve millones, donde la felicidad de una sociedad entera depende de que un adolescente patee bien una pelota pintada, donde un país pequeño podría pagar su deuda externa con lo que cobran en sus cortas vidas ciertos jugadores, los éxitos representan para muchos la salida definitiva de una vida de privaciones, y para todos, una responsabilidad mayor de lo tolerable. No es para sorprenderse, entonces, que los jugadores estén dispuestos a hacer lo que sea necesario para ganar. Hablando del dopaje y de su frecuencia creciente, Jorge Valdano le dijo una vez a Juan Villoro: “El futbolista está siempre a la búsqueda de amparo. Empieza con las supersticiones y acaba con los medicamentos”.