Las lágrimas de un campeón

La pasión de mi hijo por este equipo siempre fue grandísima. No influyó que se haya ido para Argentina y extrañara al país, porque siempre dijo que quería vestir los colores de su selección. Y ahora, cada vez que le entregan su equipamiento tricolor, se siente realizado.

/ Luis Ángel - El Espectador

Los pocos malos ratos en la carrera de James a mí se me borran de la cabeza. Pero hay algunos que son inolvidables porque demuestran lo mucho que mi hijo quiere a este deporte y a su país. Imposible no acordarse de la eliminación en cuartos de final del Mundial Sub-20 de 2011, después de haberse ilusionado con el título. Fue el primero en correr al camerino tras perder con México, porque estaba inconsolable. Yo le decía que había hecho todo muy bien, que era un partido de fútbol nada más, que en esto se gana o se pierde. Pero a él le dolía el alma, especialmente porque ama a su selección y porque desde niño detesta perder.

Una vez, en un partido de las inferiores del Envigado, fue expulsado y armó berrinche. Mi hija Juana Valentina y yo lo encontramos en el camino y se desquitó con nosotras. No controló su rabia y a su hermanita la empujó a un charco. Él seguía llorando de la rabia porque no encontraba justa la decisión del juez. Tiempo después de eso, también en Envigado, volvió a enojarse muchísimo por una decisión de un árbitro.

En una final de Liga contra Universidad de Antioquia iban perdiendo a falta de unos minutos. Y como en el Pony Fútbol, James cobró un tiro de esquina y el balón se metió. ¡Olímpico! Pero el juez central lo anuló porque la pelota salió por un hueco de la red y pensó que nunca había entrado. ¡A James le dio muy duro! Y ese árbitro era nada menos que Wílmar Roldán, que años después, en 2010, lo expulsaría en un partido de Copa Libertadores entre Banfield e Internacional en Porto Alegre. ¡Ah!, y antes del Mundial de Brasil, en ese partido conmemorativo entre los mismos de la selección, lo amonestó. ¡Je!

Pero yo creo que lo más duro que nosotros vivimos con el fútbol fue su viaje a Argentina en los primeros días de 2008. Él quería volar en Banfield, pero la despedida fue durísima porque nosotros habíamos estado muy juntos en Ibagué y en Envigado. Y yo lo había acompañado a todas las partes en que jugó de niño: Armenia, Cúcuta, Barranquilla, Pasto, La Dorada, Medellín… Por eso también el abrazo en el aeropuerto de Rionegro fue desgarrador.

Fue como si me hubieran arrancado el corazón y yo creo que él se montó en ese avión destruido, así estuviera viajando por un sueño. Después nosotros bajamos a la casa en Envigado y vi su cama sola y fue horrible. Saber que ya no lo iba a ver despertarse con esa sonrisa de oreja a oreja, fue muy doloroso. Lloré muchas noches por varios meses y me estaba enfermando su ausencia. Una cosa loquísima.

Él también sufría en Buenos Aires, pero no lo demostraba tanto. El proceso de adaptación fue lento y yo me di cuenta de eso en una entrevista que él dio a un medio colombiano. Decía que cuando se lo llevan a uno desde tan pequeño de la tierra, es como si le arrancaran el corazón. Él no nos decía eso, más bien trataba de calmarse cuando hablábamos porque yo estaba peor. Es que se trataba de mi primer hijo y además mi cómplice.

Nosotros dos siempre tuvimos una conexión especial, porque teníamos el mismo temperamento, nos reíamos; él pasaba y me pegaba una palmadita, me molestaba, nos hacíamos burlas. Éramos muy amigos, muy cómplices. Y por eso, al recordar ese momento me dan ganas de llorar todavía. ¡Uf! Todo era peor entonces porque nos comunicábamos únicamente cuando él tenía la manera de llamar desde un teléfono público o a veces por el chat de hotmail. Sólo así. Ahora tenemos el Facetime, el celular, el Skype, él vive con su esposa y su hija. Es decir, ahora todo es más fácil. Pero esa época fue terrible. Eso sí: valió toda la pena, porque se hizo como futbolista. Julio Falcioni influyó mucho y lo volvió más fuerte física y tácticamente.
Siempre hemos creído que de todo y de todos se aprende algo. Todo eso fue útil para lo que es mi hijo hoy en día. Incluso, el paso difícil por Mónaco también sirvió muchísimo. Portugal no es un fútbol de tanta fricción y en Francia debió adaptarse a lo contrario. Ranieri quería que marcara y bajara más y mientras no lo hizo, James no dejó de ser suplente. En ese sentido fue muy importante Daniela, su esposa, porque ella sabe manejar esos tiempos perfectamente y en esa época fue la más cuerda. Lo animaba y motivaba: ‘Hay que trabajar’, ‘Algo no está bien’, ‘¡Vamos!’. Pero luego se ganó el puesto y terminó haciendo lo que el técnico quería. Con o sin razón, eso sirvió para lo que luego viviría.

Y con eso me refiero al Mundial de Brasil. Él se trajo de allá un trofeo, como yo creía que iba a ocurrir. Y, además, para mí, Colombia fue una de las tres mejores selecciones del certamen. Y no lo digo porque ahí juegue mi hijo, sino porque sé de fútbol. Como mamá, debo opinar que la de nosotros fue la mejor selección del torneo. Pero objetivamente creo que nuestro equipo tenía para más y fue doloroso que se quedara en cuartos de final a pesar de haber demostrado tanto. Si no nos toca con el local, pienso yo, hubiéramos corrido incluso con mejor suerte. Esa eliminación fue dramática para todos. Yo lloré de impotencia en el Castelao, al verlo a él inconsolable. Eran lágrimas de rabia.

Y era imposible consolarlo, porque con los temas de la selección él es más sensible todavía. Repito: es impresionante el amor que él le tiene a Colombia. Cuando James hace goles con la absoluta, se le encharcan los ojos. Contra Ecuador en Barranquilla, en medio de ese aguacero, cuando Falcao remató y el arquero dejó el rebote que James aprovechó, tú puedes ver los videos y ahí está. Un poco lloroso. Es porque la pasión de ese niño por este equipo siempre fue grandísima. No influyó que se haya ido para Argentina y extrañara al país, porque siempre dijo que quería vestir los colores de su selección. Y ahora, cada vez que le entregan su equipamiento tricolor, se siente realizado. Portar esa prenda es diferente, porque él ama a Colombia.

Por eso le dio tan duro la eliminación del Mundial. Él estaba muy ilusionado con llegar más lejos. James en Brasil estaba mentalizado en eso: después de los partidos se hacía masajes, se ponía hielo y preparaba lo próximo. Incluso, yo lo perdí en Brasil, porque estaba demasiado concentrado en el objetivo. Eso explica que haya terminado como goleador del torneo y para mí fue uno de los dos mejores jugadores. Lo digo sin miedo, porque su desempeño fue excelente. Ahora mi gol favorito es el que metió contra Uruguay en el Maracaná. Todos estábamos sentados, sin esperar mucho de esa jugada, pero ese muchachito sale con eso. ¡Qué orgullo!

Lo mejor de todo esto es que James apenas tiene 23 años. Esto apenas es el comienzo, porque la próxima parada es la gloria. Él no tiene techo y cada vez se prepara mejor, pues la competencia aumenta a diario. Él dice que aquí no sirven los buenos, sino los excelentes. Y por eso es que trabaja para ser el mejor. 

*Adaptación hecha por Juan Diego Ramírez.

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