Los caminos de Daniel Torres

El volante de la selección colombiana es hoy una persona diferente gracias a que cambió su manera de vivir. Perfil del jugador de 25 años.

“Si no es ahora, estoy seguro de que en algún momento me pondré la camiseta de la selección”, le dijo Daniel Torres a este diario en febrero de 2014, cuando atravesaba un gran momento con Independiente Santa Fe y ante la falta de continuidad de los convocables se le comenzó a mencionar la posibilidad de ser tenido en cuenta por parte del cuerpo técnico del equipo nacional. Aunque él mantuvo el nivel, su convocatoria llegó un año y nueve meses después y lo más rescatable es que durante ese tiempo nunca hizo un mal comentario y con humildad aceptó que si Pékerman no lo llamaba era por alguna razón. Al llegar a Independiente Medellín, el técnico Leonel Álvarez le dio la confianza de ser el capitán del equipo y tal vez ese liderazgo que mostró fue lo que convenció al DT de la selección colombiana para tenerlo en cuenta.

Su día con la tricolor llegó y aunque seguramente existió presión y ansiedad por tener casi la obligación de cumplir con las expectativas ante los chilenos, su actuación fue muy buena y tras la suspensión de Carlos Sánchez por acumulación de tarjetas amarillas, mañana sería titular en la zona de marca junto a Alexánder Mejía, en el cuarto juego de la eliminatoria a Rusia 2018 contra Argentina.

Para que Daniel Torres haya llegado hasta aquí, ha tenido que superar una serie de obstáculos de todo tipo en su vida. Y a pesar de que su sueño de ser futbolista comenzó desde que apenas era un niño, cuando estaba muy cerca de debutar como profesional, a los 17 años, con la camiseta de Independiente Santa Fe, pensó en dejar el fútbol y buscar otras maneras de llevar ingresos a su familia, porque le daba muy duro ver los sacrificios que hacía su madre.

Justamente ella fue la encargada de apoyar económica y anímicamente a su hijo, quien día a día debía hacer largos trayectos desde Cáqueza hasta Bogotá para entrenar. En la cancha, Daniel marcaba diferencia y por eso creció siendo una de las joyas de la cantera cardenal. No obstante, tras terminar el colegio, no contar con oportunidades en el primer equipo y tener tiempo disponible, decidió comenzar a ayudarle a su mamá a atender una tienda. Verse desempeñando un papel diferente al soñado lo llenó de dudas, pensó que el fútbol no sería su futuro y que pegarle patadas a un balón no sería su vida.

Cuando pasaba por esa crisis, justamente a esa tienda llegó Arturo Leyva, un entrenador de las divisiones inferiores de Santa Fe. Le preguntó por qué estaba ahí y no en una cancha de fútbol y le ofreció ir a jugar con el Juventud Soacha, en la B. Le costó volver a tomar el ritmo de juego, pero ese apoyo de Leyva lo motivó y esas ganas de volver a triunfar lo invadieron. Fue a vivir a Bogotá en una casa hogar, para no tener que hacer largos trayectos, y al año debutó en primera división con la camiseta de Independiente Santa Fe.

Con el equipo bogotano triunfó y se coronó campeón de la Copa Postobón, por eso fue contratado por Atlético Nacional, lo que en ese momento pudo ser tomado como un buen cambio en su carrera, pero no todo saldría como lo planeó. En lo futbolístico fue una buena experiencia para él, porque jugó varios partidos y se logró acomodar al estilo de un equipo que jugaba diferente a Santa Fe. Sin embargo, en lo personal fue un desastre. Su esposa y su hijo se habían alejado de él, así que se refugió en el licor y la rumba y eso hizo que entrara en un “agujero negro”, como él mismo lo define.

La indisciplina le cerró las puertas en el club verdolaga y por eso se vio obligado a regresar a Santa Fe. El presidente del club albirrojo, César Pastrana, se la jugó por él y le dio la oportunidad de volver a jugar. Al regresar a Bogotá, su vida cambió porque se dio cuenta de los errores que había cometido, escogió una nueva forma de vivir y eso le devolvió a su familia y el talento que parecía haber perdido. “Puse en orden muchas cosas. Entendí qué era lo verdaderamente importante y Dios me comenzó a usar”, asegura el jugador de 25 años, quien se destaca en el DIM y sueña con seguir avanzando en su carrera y llegar a lugares impensados. Jugar en Europa es uno de sus grandes sueños por cumplir.