Los pasos de Edwin Cardona

El antioqueño de 23 años es uno de los hombres de confianza del técnico de la selección colombiana José Pékerman. Para llegar hasta acá, tuvo que vencer a la pobreza y al alcohol, obstáculos que por poco le impiden llegar a la gloria.

AFP

En el barrio Belén Buenavista de Medellín, Edwin Cardona vivía en una estrecha habitación con sus padres y tres hermanos menores. Él dormía en un colchón en el piso, con una camiseta de fútbol que nunca se quitaba. (Vea también: James Rodríguez no se recuperó de la lesión y fue descartado para el partido contra Uruguay)

Antes de ser uno de los jugadores más prometedores del país, el hoy volante de la selección colombiana de mayores tuvo que eludir varias tentaciones que pudieron acabar con su sueño. La droga y la violencia fueron vencidas por la única arma que utilizó, el fútbol, con el que logró poco a poco salir de la adversidad y darle a su familia cosas mejores.

Su papá Andrés Giovanni trabajó como maestro de obra, lavador de carros, barrendero, conductor de taxi y finalmente vendedor, oficio en el que le hacían contrato por seis meses y a veces se quedaba tiempo sin un ingreso fijo. Él era el único brazo económico del hogar. “Éramos muy pobres, pero felices”, asegura Paula Bedoya, la madre de Edwin, quien gracias al fútbol no sufrió por lo precaria que fue su infancia y más bien disfrutaba cada cosa, por minúscula que fuera.

Ir a un parque ubicado a cuadra y media de su casa, era lo máximo que le podía pasar. Con permiso de sus padres salía a jugar con sus amigos. Sin embargo, una tarde cualquiera a su mamá le dio por ir a buscarlo allí y no lo encontró. Pensó que se lo habían robado. Desesperada caminó a un parque más lejano y se sorprendió al ver en el pequeño Edwin al borde de la cancha, esperando a que el balón se fuera lejos para ir corriendo a traerlo. A veces no comía, no porque no hubiera, sino porque no le interesaba. Lo que más le llamaba la atención era entrenar con el equipo Belén Buenavista, la escuela del barrio.

Andrés y Paula, sus papás, se iban en la bicicleta de la casa para ver los partidos de Edwin durante los torneos del Ponyfútbol. Lo curioso es que su equipo nunca ganó un juego en ese certamen infantil, a pesar de los goles de su hijo, quien desde niño marcaba diferencia y por eso al poco tiempo jugó este campeonato, pero con el equipo Campoamor. Jugando ahí lo vieron unos cazatalentos de Atlético Nacional, club que lo fichó cuando apenas tenía 13 años.

Trataba de no faltar a ningún entrenamiento. En efecto, eso lo hacía feliz. Se iba en bicicleta, a pie, le decía a un tío que le diera plata para el pasaje o le pedía prestado a un compañero para devolverse. Siempre fue optimista, aunque los problemas nunca faltaron.

Durante ese tiempo su mamá sufrió de cáncer de ovarios, enfermedad que la dejó por mucho tiempo en cama después de la recuperación. Edwin, como si fuera el hombre de la casa, fue el más pendiente de ella. Le decía que estuviera tranquila, que ya pasarían el dolor y los momentos difíciles, que él triunfaría como jugador y le daría lo mejor.

Atlético Nacional se hizo cargo del arrendamiento de su nueva casa en el barrio Antioquia y lo subsidiaba con un dinero para gastos personales –no más de 35 mil pesos–, que luego se convertían en gastos del hogar. A medida que ascendía en las divisiones menores, mejoraba la calidad de vida de él y de su familia.

En el torneo apertura de 2009 debutó en el equipo profesional de Nacional. Seis meses más adelante marcaría su primer gol, al América de Cali. Ya no tuvo que compartir más tenis ni guayos con sus hermanos, tampoco dividir un plato de comida. La suerte empezó a cambiar. Les dio una mejor vida a ellos gracias a su sueldo. Luego hizo parte de las selecciones de Colombia sub-17 y sub-20, aunque por decisión del técnico Eduardo Lara se perdió el Mundial Sub-20 que se realizó en 2011 en Colombia.

Claro que hay que decir que en divisiones menores la gran esperanza del fútbol nacional era él. Por más que en el Mundial Sub-20 fuera James Rodríguez el líder de la generación, Cardona tenía un renombre y quizás fue su temperamento lo que le costó no estar en esa Copa del Mundo. No era fácil manejar los cambios de vida, pasar de la pobreza a la riqueza en tan poco tiempo y muchas veces esa falta de preparación mental es la que les cuesta a los deportistas colombianos.

Con 18 años, tras ser campeón con Atlético Nacional, en 2012 el cuadro verdolaga lo prestó a Independiente Santa Fe, equipo con el que también fue campeón. Luego brilló en Júnior y eso le sirvió para que Nacional lo repatriara. Más maduro, dedicado a jugar fútbol y no a otras cosas, se consolidó con Juan Carlos Osorio como DT. En 2014 fue campeón y pasó al Monterrey del fútbol mexicano.

El orden en la vida le ha dado felicidad de verdad. Su padre ahora hace ruta escolar con su propio auto y sus hermanos Geraldine, en la selección Antioquia femenina, y Mateo, en el Envigado, quieren seguir sus pasos.

Sueño tricolor

Su desquite vestido de amarillo llegaría en la selección de mayores. Lo ocurrido con Eduardo Lara en la sub-20 es cosa del pasado. Gracias a su nivel futbolístico y su cambio temperamental, José Pékerman se fijó en él en la primera convocatoria tras el Mundial de Brasil 2014, ante El Salvador y Canadá. El 10 de octubre jugó su primer partido con la absoluta, contra El Salvador, siendo partícipe de la jugada del primer gol, marcado por Carlos Bacca.

Luego, el 30 de marzo de 2015, lograría su primer gol, ante Kuwait. Desde ahí se volvería fijo en las convocatorias, tanto de eliminatorias como en la Copas América (Chile 2015 y EE.UU. 2016). Sus goles han sido claves en el camino hacia el Mundial de Rusia 2018. Gol en el tiempo de adición en el triunfo 2-0 ante Perú, en Barranquilla. Luego marcó en el 93 ante Bolivia, en La Paz (triunfo 3-2) y este jueves decretó el 1-0 ante Paraguay en Asunción, en el minuto 90.

Con su calidad, seguramente podrá llegar mucho más lejos. El fútbol mexicano es simplemente un paso en su carrera, pues tiene calidad para llegar a Europa y jugar en clubes del primer mundo.