Mar, carne y cerveza: la favela de Vidigal aguarda ansiosa el duelo Brasil-Camerún

Las calles están llenas de banderolas 'verdeamarelas' y se respira cierta prisa cargada de ansiedad a poco de que empiece el partido.

Con una increíble vista sobre el océano Atlántico, hinchas extranjeros y habitantes de la favela de Vidigal, enclavada en medio de la selva tropical de un morro de Rio de Janeiro, se preparan este lunes para la gran fiesta que será el partido entre Brasil y Camerún.

Las calles están llenas de banderolas 'verdeamarelas' y se respira cierta prisa cargada de ansiedad a poco de que empiece el partido.

Vestidos con camisetas amarillas de la Seleçao, niños, adultos y ancianos de esta pequeña favela suben y bajan con prisa las callejuelas del cerro con una privilegiada vista a los ricos barrios de Leblon, Ipanema y Copacabana, camino a los bares y a las casas donde familias enteras se reúnen en torno a un 'churrasco' y abundante cerveza.

El tráfico de 'moto-taxi' -habitantes de la favela que se ganan la vida subiendo y bajando habitantes en sus motos por las estrechas callejuelas- es incesante. "¡Sube, sube, la vista es muy bonita, te llevo a ver el partido arriba!", grita uno de ellos a un turista extranjero.

Bajo la mirada de una patrulla policial apostada en la entrada de la comunidad, decenas de hinchas extranjeros también suben la ladera a pie o en moto para ver el partido en hoteles como el Mirante do Avrão, abierto recientemente en lo alto de la colina.

La entrada de extranjeros a Vidigal era impensable hace cuatro años.

La policía ocupó la comunidad dominada por el narcotráfico armado en noviembre de 2011, parte de su estrategia de "pacificación" de decenas de favelas iniciado en 2008. Desde entonces, las vistas del mar han ayudado a Vidigal a convertirse en un punto de atracción para turistas, extranjeros que alquilan apartamentos y también para la irrupción de bares, hoteles y restaurantes.

"Hace cinco años no íbamos a estar conversando así por aquí, sino con miedo por los narcotraficantes que andaban armados", reconoce Luiz Alberto Correia, 80 años, que vive desde los cinco años en la favela.

Cambio radical

A diferencia de muchos activistas que denuncian el elevado gasto público en obras para el Mundial, Luiz Alberto está encantado con el torneo y asegura que además será un buen negocio para Brasil.

"Pueblos de América Central, de Norteamérica, de Europa, se juntan y se unen con respeto. Esta Copa del Mundo está mostrando esa unión de razas y pueblos con el mismo objetivo: todo el mundo quiere ser campeón", celebra este jubilado, un exartesano especializado en muebles.

Luiz Alberto verá el partido que comienza a las en su casa. Viste una camiseta del Manchester United, asegura desconocer si, como dice la prensa local, el exastro inglés David Beckham ha comprado una casa en la favela.

"Sí, sí, es una mansión preciosa allí arriba", le rebate Nelson Bad, de 70 años, que hoy montará en la puerta de su casa una gran fiesta "con el fútbol y la música al mismo tiempo" a la cual ha invitado a 50 personas, la mayoría familiares.

Nelson advierte que la llegada masiva de extranjeros "ha traído una especulación inmobiliaria y unos precios que a veces no podemos afrontar con nuestro sueldo de trabajadores".

Jubilado de su trabajo en la industria, asegura que no se irá de su casa "a no ser que llegue una oferta irrechazable", en referencia a los altos precios que se están pagando por los inmuebles en la comunidad.

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