Messi es Maradona

La selección de Argentina ganó los tres partidos de la primera ronda, en parte, gracias a la genialidad de su máxima estrella.

Juntos en esta cartel lucieron las dos máxima estrellas del fútbol argentino: Lionel Messi y Diego Armando Maradona. / AFP

Lo hizo Diego, hace exactamente dos décadas. Pudo Pelusa con Nigeria, la tarde que le “cortaron las piernas”, según su propio diccionario popular, en Estados Unidos 94. Hoy Messi es Maradona en esta selección que parece la versión celeste y blanca del Doctor Jekyll y Mister Hyde. Porque hace gala de sus buenos modales cada vez que ataca, con la elegancia de Leo y ese brillo que genera su fútbol de etiqueta. Por ese gol maradoniano, de tiro libre, que viajó sin escalas al ángulo del notable Vincent Enyeama y explotó en las gargantas de la gente.

Pero también es una realidad que Argentina se transforma en un monstruo defensivo, que asusta a esos hinchas que esperan una copa dorada como en México 86. Y si Porto Alegre es Porto Argentino, por la cantidad de aficionados que coparon la ciudad y el carnaval que se desató en las tribunas, es producto del mejor jugador del mundo, de ese insuperable pie izquierdo, al menos en la actualidad. Y si las dudas invaden los cuerpos de todos esos fanáticos, tiene exclusiva relación con un equipo que retrocede mal, que se expone y que hace que todos sufran hasta el último instante. Argentina es candidato de la mitad de cancha hacia adelante y un pasaje de vuelta del medio para atrás.

En el amanecer del partido, cuando los hinchas argentinos todavía cantaban y reían con el hit de la Copa, aquel que reza que Maradona es más grande que Pelé, la selección celeste y blanca puso primera. Javier Mascherano metió un pase espectacular desde el círculo central y Ángel Di María se filtró por la izquierda, con esa velocidad que lo impulsó en Real Madrid. El zurdazo del mediocampista chocó contra el poste derecho, rebotó en el arquero, volvió a pegar en el palo y le quedó servida a Messi, que parece infalible en este Mundial. Con un bombazo infló la red de los africanos y dejó sin invicto a Vicent Enyeama, el único portero que no había recibido goles en Brasil 2014.

Era una auténtica fiesta el estadio. Se cantaba por Argentina en todos sus rincones. Sin embargo, Nigeria siempre fue una dura oposición. Incluso, lo despojó de la medalla dorada en Atlanta 96. Y cuando todavía celebraban el golazo de Leo, las Águilas atacaron con todo. La perdió Sergio Agüero, voló Michael Babatunde y, con la defensa albiceleste abierta como una flor, volcó el pase al extremo izquierdo para Ahmed Musa. Enganchó ante Pablo Zabaleta, el delantero del CSKA ruso, y clavó un derechazo que vulneró el esfuerzo de Sergio Romero.

Fue un golpe que sacudió a la selección, pero no volteó a este gigante de Suramérica. Porque, a diferencia de los dos partidos anteriores, estuvo más suelto en ataque, encontró sociedades, generó espacios con movilidad en ofensiva, tal cual había pedido Alejandro Sabella en la conferencia de prensa del martes. Y le llegó dos veces a Nigeria. Primero, con un zurdazo misilístico de Di María que tapó Enyeama. Después, Messi habilitó a Gonzalo Higuaín, pero Pipita, cara a cara con el arquero del Lille, definió mal. Argentina jugaba mejor que Nigeria, pero empezó a perder la tenencia de la pelota. Y los nigerianos, sin inhibiciones, se hicieron cargo del juego. Con Babatunde como abanderado y Peter Odenwingie como bastonero. Tenía el control el equipo africano, pero nada de profundidad. Llegaba a la puerta del área y, a pesar de la presencia de Emmanuel Emenike, el tanque de Otuocha, no se concretaba. Entonces, Argentina se adueñó nuevamente de la acción. Y Enyeama, del rol de figura. El número uno nigeriano desplegó sus alas para tapar un tiro libre venenoso de Leo. Fue un aviso de que el 10 estaba fino. Y tendría revancha más tarde, casi sobre el cierre del primer tiempo. Y esta vez no habría posibilidades para el buen arquero africano. De zurda, con rosca, la pelota viajó del botín de Messi al ángulo izquierdo del arco de Nigeria. Y explotó la cancha, una vez más.

Sin embargo, esta selección tiene dos caras. Entonces, por más que Messi rompa el molde, nunca estará garantizada la victoria con semejante desequilibrio atrás. Y apenas comenzaban a acomodarse unos y otros en el segundo tiempo, Musa volvió a quedar en franca posición de gol. Se metió entre los dos centrales, quedó mano a mano con Romero y definió con absoluta soledad. Logró el empate Nigeria y todo volvía a hacerse cuesta arriba para Argentina. Ya no estaba Agüero, lesionado. Y la selección forzó un córner por otro zurdazo de Di María que bloqueó Enyeama. De ese tiro de esquina, la pelota parada que tanto anhelaba Sabella, llegó el tercer grito celeste y blanco. Lo pateó Ezequiel Lavezzi, sustituto del Kun, saltaron todos, pero Marcos Rojo puso la rodilla antes que ninguna otra pierna en el área y marcó el 3 a 2 que le devolvió el alma al cuerpo a la atribulada selección.

Entonces, salió Messi y se ganó una ovación de esas que quedarán grabadas a fuego en sus recuerdos. No quiso arriesgar a su gran figura Sabella. Y la cinta de capitán pasó al brazo izquierdo de Mascherano, que jugó un partido de alto vuelo, porque anticipó en el medio y distribuyó mejor que Fernando Gago. Sólo tuvo una mancha el mediocampista santafesino.

Cerca del final del partido, cuando Nigeria poblaba el área de Romero con camisetas verdes, se durmió en la salida, le robaron la pelota y casi empata el equipo africano, que deberá replantearse un montón de cosas, pero por encima de todos, su falta de peso ofensivo. Porque esos dos goles que marcó se debieron a fallas defensivas de su ilustre rival. Después, inquietó con las pelotas cruzadas, especialmente a las espaldas de Zabaleta y Rojo, pero no lastimó. Musa fue indigerible para el lateral derecho del Manchester City. Lo enloqueció con sus piques en todo momento, porque John Obi Mikel jugaba siempre la pelota del centro hacia la izquierda de su ataque.

Entró bien Lavezzi en Argentina y ya debería pensar seriamente Sabella si no es necesario darle una bocanada de aire fresco a la ofensiva argentina, porque el Kun Agüero y Pipita Higuaín están muy por debajo de su nivel. Justamente el Pocho y Di María armaron una jugada que pareció diseñada en el laboratorio de Sabella. La jugó Fideo por encima de la barrera, se filtró Lavezzi y el remate del atacante del Paris Saint-Germain fue tapado por Enyeama, a esa altura y más allá de los tres goles recibidos, el mejor jugador nigeriano por lejos.

Hubo otra oportunidad para Argentina. Un centro cruzado de Di María que Ezequiel Garay cabeceó en la soledad del área y la pelota se perdió apenas afuera. Hubo un rato que se jugó sin Messi y se generaron algunas situaciones. Pero está claro que la selección depende exclusivamente de la inspiración de su astro nacional. Y está claro que con estos declives en el rendimiento no alcanza. No se puede pretender ser un país próspero en ataque y uno subdesarrollado atrás. Bajo esta coyuntura, Argentina, al menos, mostró que tiene credenciales adelante. Con la carta blanca del divino pie de Messi, ganó los tres partidos de la primera fase. Hubo un pequeño salto de calidad, pero no alcanza para tirarse a la pileta, relajarse y mirar la Copa en el horizonte. Aunque, claro, España, Italia e Inglaterra ya están en sus casas. Y esta selección campeona del mundo continúa viva. Gracias a Messi, el genio celeste y blanco. Como el mismísimo Maradona, nada más y nada menos.