México sufre y goza

Un gol de Peralta redime los errores arbitrales y castiga el conservadurismo de Camerún.

Colorido en el campo había rojo, verde, blanco, amarillo, colores rotundos y ambiciones intactas. Pero empezó a llover y palideció el fútbol que, como la lluvia, se hizo incoloro, monótono ese tran tran del ir y venir mexicano y del quedarse camerunés. Se decía hace años que las selecciones africanas eran tan imaginativas e imprevisibles como descuidadas en asuntos estratégicos y sobre todo defensivos. Camerún, una de las joyas históricas del continente africano, entendió el mensaje y ayer fue una selección ahorradora, recortada en ataque hasta la delgadez más desnuda y doliente, sin imaginación ni talante. A México le tocó remar y para ello encontró una autopista verde en su costado derecho, donde Layún (el mejor sobre el campo) disfrutaba de un plácido jardín por las desatenciones continuas del lateral derecho Djeugoue.

El partido era un contraste entre el que rema y el que pone las olas. Al Tri no le costó gobernar el centro del campo mediante Vásquez, aunque fuera un control de la municipalidad porque su juego era más sensato que astuto. Llegando, por el afán de llegar, México construyó en la primera mitad dos goles que el árbitro colombiano Wílman Roldán decidió borrar del marcador: el primero por fuera de juego inexistente de Giovani, aunque fue tan milimétrico que mitigó el error del juez auxiliar. El segundo castigo a Giovani, a la media hora de partido, resultó más doloroso. El delantero cabeceó en tercera instancia un córner que había tocado previamente un defensa camerunés. El árbitro también sacó el borrador del marcador, siguiendo la estela de la jornada inaugural.

Malas señales para México, que yendo y yendo por la autopista, veía que cada vez que llegaba le montaban un peaje y le dejaban en la cuneta. Pero la fe le devolvía a su carril. Impulsado por los laterales y guarecido en la solvencia de Héctor Moreno, decidió insistir. Vásquez la conducía con su pulsómetro y Herrera con una voluntad de hierro, ambos impagables en la constancia. Y por arriba, bregaba Peralta en su carrera de fondo actuando como zapador del área, es decir, alunizaba la defensa para que penetrase Giovani. El fútbol, tan juguetón, premió su esfuerzo. A los quince minutos de la segunda mitad, Giovani se vio solo ante el portero Itandje y le encaró por bajo, pero el camerunés de la perilla estiró el brazo y repelió la bala perdida. Peralta la enderezó a puerta vacía. El fútbol también es generoso con los zapadores de vez en cuando. También con la ambición.

Camerún se encontró con el gol como quien se encuentra con una baldosa rota en la acera: mostró incomodidad por el salpicón, pero siguió andando como si nada hubiera ocurrido. Song se fue al banquillo dejando su sitio al eterno Webó, mientras El Piojo Hernández daba entrada a Chicharito por el agotado y premiado Peralta, tan contento con el número de la suerte en el bolsillo.

A México le gusta el balón, aunque no descarta las transiciones, pero a veces cae en la rutina de la lluvia. Hubo ratos que jugó como cuando se rompe una nube: con un sirimiri pertinaz pero aburrido. De vez en cuando se daba un clareo por el área rival, como cuando bailaba Chicharito por aquel lado. Camerún ni se inmutaba. En todo el partido, empatando y luego perdiendo, apenas gozó de uno de esos momentos que se parecen a la satisfacción, como cuando Eto’o amenazó al portero Ochoa. Un cabezazo tardío, bien atajado y adornado por el portero mexicano, fue la segunda línea en su hoja de servicio. Su espíritu conservador, heredado de la vieja historia europea, atribulado quizás por las críticas a su anarquía, le pasó factura.

México tramitó el partido con más soltura que solvencia. Marcó tres goles y le anotaron uno, sufrió dos veces y no padeció ninguna. En un torneo de tranco corto y un partido de tranco largo, quizás era la apuesta más segura.