Nadie cree más en Quintero que él mismo

El carácter del zurdo que le dio la victoria a Colombia sobre Costa de Marfil siempre ha sido incoherente con su edad. La ausencia de un padre lo convirtió en cabeza de hogar desde niño y por eso su madurez y vehemencia.

Juan Fernando Quintero definió el partido contra Costa de Marfil al marcar el segundo gol de Colombia. / AFP

El desparpajo de Juan Fernando Quintero provino siempre de su talento. En 2006, en un equipo infantil de Envigado, le refutó el sistema planteado al entrenador Jorge Betancur. “¿Y por qué no jugamos mejor con un 4-4-1-1? Es mejor que el que usted propone, profesor”, dijo en plena charla. Tenía unos 12 años, pero ya confiaba en su propia estrategia: incluso sus razones fueron tan convincentes que el técnico le obedeció. Y esa tarde, en la cancha Marte de Medellín contra el equipo Estudiantil, Envigado ganó 2-0. Con dos goles de Quintero.

“Juan me aconsejó que con ese sistema él podía generar más juego desde atrás. Y acepté porque tenía razón y también porque él me jalaba el equipo, entonces debía consentirlo para que tuviera confianza. Su talento era impresionante”, dice Betancur, su técnico en el torneo Pony Fútbol que ganaron ese mismo año. “Él siempre fue muy atrevido. Pero en la cancha ya era descarado”.

Se refiere a que intentaba hacerles túneles a sus rivales y prefería patear que asistir a un compañero. Abusaba de su talento. En noviembre de 2010, cuando jugaba en Envigado, decidió picar un penalti en el último minuto contra Júnior y el arquero Luis Estacio lo detuvo. Ese cobro que pretende ridiculizar al portero, sentencia leyendas, pero si no termina en gol gradúa villanos, como le pasó a Quintero ese día.

El marcador finalizó 2-2 y en el camerino Néider Morantes, quien le había cedido el cobro, lo insultó hasta salir: “Usted tiene que respetar el fútbol. Aquí no se ande con güevonadas”. Quintero, de 18 años, no replicó, pero en los entrenamientos próximos siguió practicando la misma jugada. “Juan es de esos futbolistas con carácter, que en la cancha arman líos porque rompen esquemas tácticos. Es de esos que llegan a ser estrellas y ganan más dinero que el resto”, dice Felipe Paniagua, quien lo vio madurar en el Envigado desde su condición de gerente deportivo.

Juan nació con un talento impresionante en su pierna izquierda, pero su verdadero elemento diferenciador es el convencimiento en sí mismo. Y no sólo en el fútbol. Cuentan que entraba con propiedad a la oficina de Gustavo Upegui, dirigente del Envigado, y le pedía recursos para sus compañeros necesitados. Le decía que Jonathan Soto, un delantero de Córdoba que no llegó al profesionalismo, no tenía guayos y dormía en la casa hogar del club ubicada debajo de las gradas del estadio. El mismo Quintero, antes de ser apoyado por Envigado, conoció la insuficiencia en el barrio San Javier del Socorro en la Comuna 13 de Medellín. Por eso representaba a los más necesitados.

Antes de Envigado, Quintero se crió en circunstancias injustas, como la de no tener un padre. Poco habla de él, de Jaime Enrique Quintero Cano, por el dolor que causa saber que está desaparecido desde el 4 marzo de 1995. La última vez que lo vieron fue en la celda de una cárcel militar en el Urabá, donde se presentó tres días antes para prestar servicio militar, cuando tenía 23 años. Pero allá, en el Batallón Voltígeros, tuvo malentendidos con un comandante que lo maltrató. Jaime Enrique también reaccionó y al parecer agredió al superior. Lo encerraron y lo enviaron de vuelta a Medellín en un camión. Pero nunca se supo nada más de él.

Juan Fernando tenía dos años y casi no lo recuerda, sin embargo le debe mucho. Tal vez demasiado. Dicen que Jaime, antes de decidirse a prestar servicio militar, era un volante diestro, rápido y de buena pegada. Y aseguran que Juan heredó todas esas virtudes y las potencializó con su temperamento. Además, la ausencia paternal lo convirtió en hombre de la casa cuando adquirió algo de consciencia, y esa madurez precoz le otorgó una vehemencia impresionante.

A los siete años, por ejemplo, ya su discurso no tenía dudas: “Algún día voy a ser el mejor futbolista. Póngale cuidado, mamá”, le dijo mientras veía un partido del torneo Pony Fútbol en Medellín. Y no era delirio sino presagio, porque luego ganaría cuatro veces ese evento. Y era también una dosis exagerada de optimismo, tan necesario en una época en que la situación económica sólo dependía de los ingresos de su madre, Lina, quien era estilista. A veces ella lloraba porque sentía desfallecer, porque sentía que no iba a poder ser mamá y papá a la vez. Pero Juan Fernando la abrazaba cuando todavía era más bajito que ella y la calmaba con frases como: “Tranquila mamá que vamos para adelante. Cuando sea más grande yo le voy a dar todo”.

Su palabra frecuentemente se cumple. Cuenta Jackson Martínez, compañero suyo en el Porto de Portugal, que este año lo veía muy seguro de que participaría en el Mundial. Sólo que no había razones claras para soñarlo: no era titular ni en su club ni en la selección. Pero él decía que lo iba a lograr, que iba a ver que sí. “Cuando estemos en Brasil” o “hay que entrenar fuerte para llegar”, recuerda Jackson que eran las palabras de Juan Fernando durante los meses anteriores al Mundial. Y Jackson llegó a dudar en su momento. Pero después del gol contra Costa de Marfil entendió la verdadera grandeza de Quintero: su capacidad para creer en sí mismo.