"No era fútbol, era fraude"

El periodista Fernando Araújo Vélez demuestra como los aficionados del fútbol se convirtieron en marionetas de un negocio turbio. El juego limpio solo aplica en las canchas.

Álvaro Ortega, árbitro asesinado en Colombia en noviembre de 1989. / El Espectador

Hace dos décadas, cuando los ecos del estruendoso fracaso de la Selección Colombia en el Mundial de Estados Unidos alternaban titulares con el escándalo del proceso 8.000, que incluyó entre sus procesados a dirigentes, técnicos o periodistas deportivos, un libro puso en evidencia lo que la sociedad se negaba a reconocer: la podredumbre del fútbol. Se llamó Pena máxima y su autor, Fernando Araújo Vélez, puso el dedo en una llaga que continúa intacta.

Hoy, con la prueba en desarrollo del fifagate que destronó a algunos de los zares del fútbol, entre ellos al presidente de la Federación Colombiana, Luis Bedoya, el periodista Fernando Araújo vuelve a esgrimir su malestar personal. Esta vez lo hace a través de su libro No era fútbol, era fraude, en el que desentraña cómo, a través de los años, los aficionados han subido por una “infinita espiral de engaños y mafias” hasta convertirse en las marionetas del fútbol.

El ascenso y la caída de Luis Bedoya, los pormenores del fifagate, las alianzas ocultas entre el poder y el fútbol desde el primer mundial en Uruguay en 1930, o el homenaje necesario a algunos rebeldes –Carlos Caszely, Johan Cruyff, Diego Maradona o René Houseman–, quienes prefirieron soportar la inquina o la franca persecución a guardar silencio. Contextos internacionales que son ineludibles para entender que el caso colombiano no constituye una excepción.

Lo que no quiere decir que lo sucedido en el país no sea gravísimo, en especial por la avalancha de los dineros del narcotráfico con vergonzosos capítulos en la cronología del fútbol nacional. Los tiempos de los mafiosos descubiertos en América, Millonarios, Nacional o Santa Fe; el campeón ausente de 1989 por el asesinato de un árbitro; la mano de los lavadores o del paramilitarismo en Medellín o Envigado, una dolosa secuencia con sello de impunidad.

Las cloacas del fútbol convertidas en incómodas verdades que los hinchas prefieren no encarar y que ahora resume un testigo del fútbol: el periodista Fernando Araújo, quien desde su infancia, leyendo las páginas de la revista El Gráfico de Argentina que compraba en una droguería cercana a su casa en Bogotá, sintió el llamado del rey de los deportes. De esas lecturas quedó su pasión por Estudiantes de La Plata y el entusiasmo por acudir a El Campín.

Aunque por esos días su afición se resumía en el 9 de Millonarios Alejandro Brand, su fiebre por el fútbol lo mantuvo al día con todos los campeones. Quizás por eso, después de un breve interludio en psicología y remiso al mundo político de su padre Alfredo Araújo, a quien le faltó ser presidente de Colombia, recaló en las aulas del periodismo. Cuando se graduó a mediados de los años 80, el fútbol colombiano vivía momentos claves de su transformación.

Como buen cartagenero, sus primeras notas fueron de béisbol en el diario El Siglo, pero en 1988 ingresó a La Prensa, donde empezó a vivir cruciales instancias. El campeonato cancelado de 1989, la Copa América del mismo año, la eliminatoria al Mundial de Italia 1990, el agónico gol de Freddy Rincón en el 1 a 1 con Alemania, el error de Higuita con Camerún y, por supuesto, la toma de algunos equipos colombianos por acreditados mafiosos.

En 1990 estuvo en El Tiempo y luego pasó a la revista Cromos, su casa periodística durante tres lustros. Allí escribió de todo lo imaginable, sin dejar el fútbol. Por eso terminó de desencantarse y acentuó su coraje. Había vivido la eliminatoria al Mundial de Estados Unidos con el 5 a 0 contra Argentina a bordo y después el fracaso en 1994, el asesinato de Andrés Escobar, los coletazos deportivos del 8.000, la mentira disfrazada de estrellas.

Desde 2004, Fernando Araújo es periodista de este diario y hoy su editor cultural. Se las ve todos los días con escritores, cineastas o músicos, pero en el fondo sigue siendo hombre de fútbol. Ya no se profesa hincha de ningún equipo, pero sus ídolos siguen intactos. Alejandro Brand que, sin conocerlo, le dio la alegría de escogerlo para que prologara su libro; Maradona, con quien pudo conversar en 1989, o Francisco Maturana, “el colombiano más adelantado en asuntos de fútbol”.

Desde su gradería crítica, distante de nacionalismos obsesivos o estridencias mediáticas, defiende la memoria de Álex Gorayeb como el modelo del dirigente que le hace falta a Colombia, sueña con conversar algún día con Marcelo Bielsa y, alejado de los hinchas furiosos, aporta su sentencia. “No puedo aceptar que en Colombia el fútbol sea un permiso para todo”, y señala la locura en que se convirtió ir al estadio o las licencias de la gente cuando se triunfa o se pierde.

Por eso no volvió a El Campín, menos cuando empezó a atar los cabos de lo que ahora describe en su libro No era fútbol, era fraude. Los negocios ilegales alrededor de algunos campeones, el entramado entre federaciones y equipos o la difícil situación laboral y de seguridad social de muchos futbolistas. “Lo fundamental es comprender y no juzgar”, sintetiza Araújo. “Es asunto de indignación para recobrar la decencia del juego limpio en el fútbol”.