Pelé: A los 17, en mi primer mundial, solo pensaba en jugar

El principal jugador brasileño de la historia, recuerda sus días de gloria mundialista, el día en que el balón comienza a rodar en Brasil 2014. En su recuento, más allá de goles y gambetas, también hay lugar para describir al país que alberga al principal evento deportivo del mundo.

En esa un tanto ridícula carrera por decidir quién ha sido el mejor jugador de la historia, Pelé y Maradona siguen en cabeza, con Cruyff, Di Stéfano y ahora Messi a la espalda. Pero hay algo en lo que el brasileño lleva clara ventaja sobre el resto. Aparte de la cifra récord de 1.283 goles marcados en su carrera, destila un envidiable y sano espíritu deportivo.

Lo primero que llama la atención cuando uno se sienta ante el mito de Edson Arantes do Nascimento, son los genes. La gloriosa combinación que, pese a mostrarse un tanto trabado por una operación de cadera reciente, hace que a sus 74 años conserve el pelo de un adolescente y el cutis de una estrella de cine.

Después, su disposición. Eso le viene de otro componente constructivo en su vida: un ambiente en que, a pesar de pertenecer a la clase de los desheredados en la tierra, con una infancia en la que supo lo que era trabajar desde niño en su región de Minas Gerais, fue lo suficientemente hábil como para aprovechar su don —“divino”, afirma él—. No sólo es que aquello lo viera pronto su padre, Dondinho, también jugador profesional, del Fluminense. Ayudó el hecho de haber sabido forjarse una nobleza intrínseca, cualidad que a cobijo de una madre obstinada ayudó a dejarlo bien dispuesto para la cumbre.

Cuatro mundiales jugó después. Ganó tres. Además de 10 ligas, dos copas intercontinentales, otras dos Libertadores y cinco de Brasil. Desarrolló su carrera en el Santos, aprovechó unos años en Estados Unidos para jugar, ahorrar un buen dinero en el Cosmos neoyorquino y estudiar de cara a un futuro que siguió sonriéndole incluso en política, un ámbito en el que llegó a ministro de Deportes con Fernando Henrique Cardoso como presidente.

Quizás por su transparencia sistemática nunca ha ocultado detalles de su vida, dejando que éstos, por muy escabrosos que fueran, sirvieran de ejemplo. Y, sobre todo, nunca ha renunciado a disfrutar de lo que ha labrado. “Yo no busco que hablen bien de mí cuando me muera”, asegura Pelé, “ya he llorado de pena lo suficiente en esta vida, ahora sólo quiero llorar de alegría”.

Hoy, cuando comience el Mundial en su país, tendrá quizás ocasión de hacerlo. Mientras, en São Paulo, donde nos concedió esta entrevista en mitad de unas jornadas sobre gestión deportiva organizadas por el Grupo Santander, despejó algunas dudas. “De jugar hoy al fútbol, lo haría en el Barcelona”, asegura. En cuanto a la carrera por su sucesión, para Pelé, “el mejor jugador de los últimos 20 años ha sido Zinedine Zidane”.

Estará usted deseando tocar la pelota en la inauguración de este Mundial…

Me parece que para el saque de honor van a probar algo nuevo con un muñeco y un muchacho paralítico. La idea original era que ese muchacho me diera un pase, será bonito si finalmente se hace, pero no sé si el proyecto va a culminar, porque estaban preparando el robot. Aunque lo más duro es el entrenamiento para el chico. Ojalá eso suponga una ilusión y una fuerza para mucha gente.

Y después, ¿no le entrarán ganas de vestirse con la ‘canarinha’?

Bueno, eso les ocurre a todos los deportistas. Estén o no en activo. En el primer Mundial que tuvimos en Brasil, en el año 1950, yo tenía 10 años y lo escuché por la radio. Emocionante, nos reuníamos los amigos de mi padre y los míos, con los que jugaba en la calle.

¿Era el tiempo en que, si uno no andaba por el campo, sólo se imaginaba el fútbol?

Claro. Yo no jugué aquel primero, era muy joven. Y ahora, para este, estoy muy viejo.

En medio, aunque no fuera en Brasil, disputó usted cuatro y ganó tres. En el primero, el psicólogo de su equipo no quería que saltara al campo. ¿Por qué?

Él creía que yo era muy joven y no estaba preparado para aguantar la presión. La verdad es que no me enteraba. Tenía 17 años y sólo pensaba en jugar. Tampoco me sentía muy responsable, los jugadores con más experiencia estaban al mando: Didi, Dilton Santos, Gilmar. Ellos corrían con la carga. Para mí, todo era una fiesta. Pero quería, ante todo, jugar, y entonces el psicólogo no lo veía. Se equivocó, gracias a Dios.

Aquel psicólogo, quizás, de lo que no se daba cuenta era de que para esto del fútbol, sobre todo, hay que querer jugar con las ansias de un niño. ¿Se está perdiendo esa inocencia?

Ahora es diferente. Hoy la preocupación es la preparación física; antes, principalmente, primaba el espectáculo. Esa es la diferencia, pero la emoción que transmite el juego es la misma.

En aquel primer Mundial, fueron los grandes líderes del equipo los que sí impusieron que usted estaba ya más que preparado. ¿Es ese el apoyo fundamental para dar alas, el de los compañeros más que el de los mandos?

Hay que decir que cuando estuvimos preparando aquel Mundial, yo me lesioné un ligamento. Aun así, aunque no estaba muy fino, viajé con el equipo. Pero durante los entrenamientos, Didí y Garrincha, pese a la preocupación del entrenador, dijeron que estaba más que listo para entrar en acción.

¿Qué tiene que ver aquel Brasil cerrado al mundo con este que ya forma parte fundamental de él?

Ahora es grande, muy grande. Primero por las comunicaciones. Hoy, cuando vas a jugar contra alguien ya sabes quiénes son, los has estudiado, los conoces. Entonces no teníamos ni idea de quiénes eran los rivales. Casi todo el equipo de este Mundial juega fuera, en Europa, muchos son hasta amigos de sus contrincantes. Psicológicamente resulta muy diferente.

Pero dentro de aquel mundo cerrado también les llegaban ofertas. Si usted no jugó en España fue porque no quiso. Madrid y Barcelona le querían.

Sí, pero yo estaba a gusto aquí, en mi equipo, en el Santos. Tenía propuestas para España y para el Milán, pero el Santos de entonces, junto al Real Madrid, eran los dos mejores equipos del mundo. No quise, estaba muy bien. Ah, y otra cosa: en nuestra época la plata no era tan importante ni tan abundante como ahora. Hoy no lo podría rechazar.

Usted tampoco se puede quejar de no haber ganado bien, porque sí que lo ha hecho.

No, yo no me quejo, gracias a Dios. Hice dinero cuando me fui a Estados Unidos para promocionar allí el fútbol con el Cosmos. También aquello me sirvió para estudiar marketing deportivo, porque entonces empezaba a plantearme mi futuro y mi carrera sin gran responsabilidad. Si me iba para Europa, tendría que competir más duro y no iba a tener tiempo de estudiar. Fue Kissinger quien me invitó a trasladarme a su país, él adoraba el fútbol, como alemán, y lo echaba de menos en Estados Unidos. Se le ocurrió que yo podría aportar mucho dando clases y jugando.

Imagino que es mucho más difícil ser Pelé después de su vida profesional. Durante toda su carrera ha sido un referente. Y el partido que jugó después de retirarse era para permanecer en la historia de su deporte como el mejor.

¿Es más dura la lucha por mantenerse en ese puesto que por ser alineado?

La responsabilidad por mantenerse ahí se impone.

Y además está el pique ese entre usted y Maradona. ¿Acabará?

Bueno, ahora es con Maradona, antes con Di Stéfano. La gente siempre hace la comparación. Pero con respecto a Maradona, hay cuestiones de principio, somos humanos y todos podemos cometer errores. Lo más difícil es procurar no decepcionar a la gente. Hay muchos jóvenes que nos admiran, que nos siguen, y yo pido a Dios que me ayude para no defraudar a esta gente.

Es verdad que usted trata de no decepcionar a nadie y tiende a contar todo sobre su vida, en películas y biografías. Desde una primera experiencia sexual con un hombre, a los hijos legítimos e ilegítimos.

Hay mucho que se inventan los periodistas y no puedes rebatir, si te peleas con ellos es peor. Pero yo calculo que el 80% de lo que se dice sobre mí es verdad.
Bueno, lo que demuestra con eso es cierta sabiduría vital y apertura de mente.

A veces, cuando doy entrevistas y sostengo opiniones políticas, se tergiversan. De política no me gusta hablar, lo que no significa que no me interese lo que ocurre en mi país. Lo último vino cuando salté por las críticas que se hacían al Mundial. Se habían producido muchas manifestaciones porque en la construcción de los estadios sobrepasaron los presupuestos. Dije que los jugadores de la selección no tienen la culpa de que contemos con políticos corruptos. Al contrario. El fútbol es lo que mejor nos promueve con nuestras cinco copas del mundo. No se entendió, me atacaron por criticar las manifestaciones. Insisto, ¿qué culpa tienen los jugadores?

Insistamos en lo que a algunos les va a parecer demagogia. Con este crecimiento y ‘boom’ brasileño, ¿qué o a quién están olvidando los políticos? ¿Más justicia social?

A los de siempre. Un país que tiene lo mejor: minerales, bienes naturales… Y los políticos han propiciado que suframos siempre de hambre y miseria. La corrupción es grande. Tenemos escándalos ahora como el de la petrolera Petrobras. Por más que nos empeñemos en hacer grande a este país con el fútbol, los gobiernos siguen siendo corruptos.
 

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