Real Madrid vs. Barcelona, duelo de artistas

El esperado superclásico se jugarán este sábado en el estadio Santiago Bernabéu, desde las 11:00 a.m. (por ESPN).

James Rodríguez jugará en la misma posición que lo hizo en Anfield. / EFE

El clima de los entrenamientos del Madrid se ha vuelto más dulce desde que Alonso y Di María no están. Algunos veteranos lo advirtieron alarmados hace semanas. La garra, la intensidad, el sentido de urgencia que imprimían a las prácticas el vasco y el argentino han dado paso a sesiones más artísticas, por emplear un término extendido en el vestuario. Antes se competía por cada pelota hasta rascar las espinilleras.

Ahora, en los entrenamientos se compite a un nivel más sensual. Los chicos corren menos. Se recrean en los detalles. Isco, Modric, Kroos y James parecen embarcados en concursos de caños, taconazos, toques con el exterior y fintas, mientras miran por el rabillo del ojo al paciente Ancelotti. El técnico deja hacer. El club ha querido superpoblar la plantilla con artistas y jugarán los artistas. El clásico de hoy será la prueba determinante de un proyecto de nuevo e impredecible espíritu.

El Madrid se gasta unos 50 millones de euros al año en los salarios de Bale y Cristiano, dos de los fichajes más elevados de la historia del fútbol. La política de altas y bajas del presidente Florentino Pérez persigue lograr un juego más elaborado, pero nunca concibió sacar de la titularidad a las dos superfiguras. En este molde, Ancelotti debía articular el ataque con Benzema y añadir tres volantes.

Pero el destino ha dispuesto otra solución inesperada: la lesión de Bale señala una vía alternativa porque permite añadir un artista más al mediocampo. Una posibilidad que ni el presidente ni el entrenador contemplaban. Se vio en el campo del Levante y se perfeccionó contra el Liverpool. La reunión de Benzema, Kroos, Modric, Isco y James, cinco futbolistas que se desarrollaron en la media punta en algún momento de sus carreras, ha brindado control y equilibrio a un equipo que antes tendía a partirse. Sin Bale, el Madrid no ha sufrido tanto en defensa y se muestra más versátil en ataque. La elaboración del primer gol en Anfield, culminada con un pase interior a Cristiano, es una prueba de que algo está cambiando.

Ancelotti lo advertía el año pasado a sus colaboradores: “Si subimos un escalón en espectáculo, bajamos tres en competitividad”. Lo decía para justificar el sacrificio de Isco en favor de Di María. Lo decía porque no le quedaba más remedio que jugar con Bale, Cristiano y Benzema, y con tres puntas arriba los espacios en el mediocampo se convertían en una pradera infinita de 50 x 70 metros. Demasiado para gente como Isco, un especialista del juego entre líneas que no tenía costumbre de cubrir grandes espacios. Esta perspectiva cambia sin Bale, porque entonces el mediocampo se puede cubrir entre cuatro. No es lo mismo acompañar a Isco de dos que de tres zapadores.

Atento a la necesidad de acomodar a los artistas, desde agosto Ancelotti mandó al equipo a presionar arriba, recuperar lo antes posible y defender con la pelota. El experimento sufrió contratiempos. Quizá debido al estado físico. Los jugadores sentían que aguantaban el ritmo una hora y luego se cansaban y tardaban más en volver a recuperar el balón. Las segundas mitades en Anoeta (4-2) y contra el Atlético (1-2) expusieron carencias. Pero con el tiempo el equipo se ha mostrado más resistente. Además, Kroos y James, que debieron abandonar su zona natural, parecen más atentos al juego sin pelota. Se colocan mejor para defender.

Si apuntalar la estabilidad fue mérito de Ancelotti, la excelencia que se vislumbra tras la baja de Bale es cosa de la casualidad. Una casualidad que ofrece posibilidades imprevistas para los partidos decisivos, como el clásico. De pronto, este Bernabéu que durante años aclamó a los equipos marciales de doble pivote y contraataque se dispone a jugarle al Barcelona con armas que antes fueron anatema. Es decir: haciendo lo que el Madrid no hace desde 2003. Que todo gravite sobre un mediocampo plagado de tipos con vocación de toque. Artistas con tantas ganas de competir como de gozar.

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Diego Torres, El País

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