Sobre el césped de Garrincha

La selección Colombia conoció el Estadio Nacional Mané Garrincha antes de su juego contra Costa de Marfil.

Agencia EFE

Los administradores del edificio, reconstruido para Brasil 2014, se encargaron de que los jugadores supieran el porqué del nombre del edificio, en memoria del legendario personaje campeón mundial brasileño en Suecia 1958, Chile 1962 e Inglaterra 1966. Pisaron el pasto y pensaron en la historia. Les quedó claro, aunque debieran saberlo, que era tan bueno como Pelé o mejor futbolista que él. Así lo decía mi papá cuando yo era niño y todavía le creo. Hablaba tanto de las hazañas del analfabeta que lo pinté en tinta negra a partir de la fotografía de un periódico viejísimo, con una pierna más corta que la otra y con la sonrisa maliciosa que expresaba cuando el balón estaba en sus pies, antes del regate, de engañar al marcador de punta, desbordarlo y centrar para que la gloria del gol fuera de otros. De Garrincha y de sus desventuras se ha contado todo y ese todo está resumido en el poema que le dedicó Vinícius de Moraes.

El ángel de las piernas chuecas
A un pase de Didí, Garrincha avanza:
El cuero junto al pie y el ojo atento.
Dribla a uno y a dos, luego descansa
Como quien mide el riesgo del momento.

Tiene un presentimiento, así se lanza
Más rápido que el propio pensamiento,
Dribla uno más, dos más, la bola alcanza
Feliz entre sus pies, los pies del viento.

La lleva, así la multitud contrita
En un acto de muerte se alza y grita
En unísono canto de esperanza.

Garrincha, el ángel, oye y dice: ¡goooool!
En la imagen la G chuta en la O
Dentro del arco entonces la L danza.

Sólo añadiría el retrato que de él hizo el escritor uruguayo Eduardo Galeano, autor de ‘El fútbol a sol y sombra’: “Alguno de sus muchos hermanos lo bautizó Garrincha, que es el nombre de un pajarito inútil y feo. Cuando empezó a jugar al fútbol, los médicos le hicieron la cruz, diagnosticaron que nunca llegaría a ser un deportista este anormal, este pobre resto del hambre y de la poliomelitis, burro y cojo, con un cerebro infantil, una columna vertebral hecha una S y las dos piernas torcidas para el mismo lado. Nunca hubo un puntero derecho como él. En el Mundial del 58 fue el mejor de su puesto. En el Mundial del 62, el mejor jugador del campeonato. Pero a lo largo de sus años en las canchas, Garrincha fue más: él fue el hombre que dio más alegrías en toda la historia del fútbol. Cuando él estaba allí, el campo de juego era un picadero de circo, la pelota un bicho amaestrado, el partido, una invitación a la fiesta. Garrincha no se dejaba sacar la pelota, niño defendiendo su mascota, y la pelota y él cometían diabluras que mataban de risa a la gente; él saltaba sobre ella, ella brincaba sobre él, ella se escondía, él se escapaba, ella lo corría. Garrincha ejercía sus picardías de malandra a la orilla de la cancha, sobre el borde derecho, lejos del centro; criado en los suburbios, en los suburbios jugaba. Jugaba para un club llamado Botafogo, que significa prendefuego, y ése era él; el botafogo que encendía los estadios, loco por el aguardiente y por todo lo ardiente, el que huía de las concentraciones, escapándose por la ventana, porque desde los lejanos andurriales lo llamaba alguna pelota que pedía ser jugada, alguna música que exigía ser bailada, alguna mujer que quería ser besada. ¿Un ganador? Un perdedor con buena suerte. Y la buena suerte no dura. Bien dicen en Brasil que si la mierda tuviera valor, los pobres nacerían sin culo. Garrincha murió de su muerte: pobre, borracho y solo”.