Un escritor extrae metáforas del fútbol

El novelista Juan Villoro vive el fútbol y compara el mal momento de la selección de fútbol de su país con la realidad que vive México.

México jugará el repechaje ante Nueva Zelanda. /AFP

En tiempos difíciles como estos, cuando la angustia y la incertidumbre pueden ser casi demasiado para soportarlas, México recurre a él, su filósofo e hincha, para encontrarle sentido a lo aparentemente absurdo.
Con las esperanzas del país en la Copa Mundial que caen en la duda y el caos, Juan Villoro, uno de los escritores más condecorados y estimados – que, da la casualidad, también es uno de los principales analistas de fútbol – llega embistiendo por la cancha metafórica para regañar, explicar y extraer lecciones.

Es posible que México se pierda la Copa Mundial por primera vez en 24 años, una devastadora posibilidad en un país que trata al juego como una religión. Sin embargo, este mes, los estadounidenses –¡precisamente los estadounidenses!– salvaron las oportunidades de México para calificar a la Copa Mundial 2014 al eliminar a Panamá, y posibilitar un partido para el mes entrante que será la última oportunidad.

Después de este regalo repentino, dado por una superpotencia a la que México ha visto de tiempo atrás como su inferior en la cancha de fútbol, a Villoro, de 57 años, le dio por enfurecerse en la primera plana de Reforma, uno de los principales periódicos en esta ciudad. “Se pueden redimir los crímenes, pero nada te salva de la mediocridad”, escribió.

Algo sobre la lucha de México y la perspectiva de la ruina parecen estar en concordancia.
“Cada equipo de la Copa Mundial refleja el modelo social de su país”, dijo unos días después de la publicación de la columna. “Cuando España ganó la última vez, se trató de la aspiración de la clase media, una nación que la hacía. El equipo victorioso de Francia antes de eso”, en 1998, “reflejó el ideal multinacional al que aspira”.

“Y México ahora”, señaló, “es una combinación del país al que se le ha prometido mucho, pero que esas promesas no se han cumplido del todo y hay una sensación de que quizá nunca se cumplirán. Es un equipo muy mexicano en ese respecto”.

Muchas personas que ven un partido de fútbol pueden ver a un montón de jugadores tratando de patear una pelota para meterla en una red. Durante 90 minutos.

“Puedes tener un empate 0 a 0, y todos estarían hablando de lo bueno que estuvo el partido”, dijo Villoro en una cantina, durante un partido que se veía atentamente en una pantalla grande de televisión, que 90 minutos después, dio la casualidad, terminó en empate 1 a 1.

Sin embargo, este juego, entre Cruz Azul y América, dos de los clubes más populares en México, no estuvo tan maravilloso. Un chaparrón empapó la cancha. El juego fue errático.
En cambio, Villoro vio algo más, una metáfora para la sociedad, como lo hace en sus columnas ordinarias, presentaciones en televisión y escritos que lo han hecho ser ese personaje preeminente en la iglesia del fútbol en este país, incluido su libro titulado “Dios es redondo”.

“El fútbol tiene mucho menos que ver con triunfos deportivos que con el deseo de formar una comunidad emocional”, dijo después del partido, reflexionando sobre la unión en torno a encuentros cruciales, en la forma en la que el Súper Tazón linda con un día festivo en Estados Unidos.

“Por esa razón, en ‘Dios es redondo’, escribí que si hubiera una copa mundial de espectadores, México podría llegar a la final. Celebramos el juego, pero, sobre todo, nos celebramos a nosotros mismos”.
El ánimo nacional hoy día, claro, no es el de celebrar a la selección de México que, en los partidos para clasificar a la Copa Mundial, se tambalea como un jugador exhausto al que le queda poco, como no sea su suerte ciega para recuperarse.

Una peculiaridad del sistema de puntaje del torneo significó que el hecho de que la selección nacional de Estados Unidos derrotara a la de Panamá hace unas semanas, mantuviera vivas las esperanzas de México, aun cuando esa misma noche perdió frente a Costa Rica. México quedará fuera a menos que gane el desempate contra Nueva Zelanda este mes.

Dada la abrumadora demanda por comentarios sobre fútbol a últimas fechas, puede ser fácil pasar por alto la prolífica carrera literaria de Villoro. Incluye periodismo, ensayo, cuento, literatura infantil, novela e, incluso, algunas canciones de rock, en las que disecciona y reflexiona sobre el México contemporáneo y el histórico, con frecuencia con una mirada oscuramente meditabunda. En una de sus obras mejor conocidas, ‘El testigo’, el protagonista regresa a México después de que las elecciones de 2000 habían presagiado un retorno a la democracia, y encuentra un país que se desliza a la desintegración social y el desorden.

Sin embargo, siempre ha sido hincha futbolero de toda la vida, e, incluso, jugó breve y poco espectacularmente en el equipo de su universidad.
Ninguno otro más que Carlos Fuentes, un dios en las letras mexicanas, a quien Villoro admira y con quien se lo compara en ocasiones, le dijo alguna vez a un entrevistador que le preguntó sobre el fútbol: “Si quiere hablar de fútbol, vaya a hablar con Juan Villoro”.

Villoro atribuye su tono reflexivo y su pasión por el deporte a sus excursiones juveniles a los partidos con su padre, Luis Villoro, un famoso filósofo mexicano. Sus padres se divorciaron cuando era joven, “así es que así es como pasábamos tiempo juntos, yendo a los partidos de fútbol”.
Su equipo desde la infancia ha sido el Necaxa, el cual ha visto mejores días. Sin embargo, desde su perspectiva: “No puedes cambiar de equipo. Cambiar de equipo sería como cambiar tu infancia”.

Absorbió las historias que le contó su abuelo y leyó una barbaridad, y supo desde muy temprano que sería cronista, y, con el fútbol tan incrustado en su formación, quizá era inevitable que se cruzaran sus escritos y su pasión.

Después de que le publicaron un cuento de tema futbolero, lo invitaron a escribir y proporcionar análisis sobre la Copa Mundial 1990 en un periódico. Sus escritos de fútbol se hicieron tan populares como su narrativa, y cubrió cada copa mundial que siguió, e hizo coloridos comentarios en ESPN, durante la más reciente de 2010 en Sudáfrica. (México perdió ante Argentina en la ronda 16).

También publicó el libro, ‘Ida y vuelta’, el año pasado con el escritor argentino Martín Caparrós, que es una colección de correspondencias entre dos personas sobre fútbol durante la Copa Mundial.
Como otros, Villoro percibió analogías entre la vida y el juego: un inalterable sonsonete de esfuerzos, frustración y oportunidades perdidas antes de, finalmente, quizá el éxito: un gol. La propia cancha de fútbol, ha escrito, es una alegoría del espacio y el tiempo.

Sin embargo, más ampliamente, Villoro ve cómo nos entretenemos como algo esencial para entender quiénes somos.
Mientas el Cruz Azul y el América se enfrentaban en la cancha en el televisor detrás de él en la cantina, Villoro buscó poner en contexto al partido, uno tradicional entre equipos dominantes en la capital.

“Este es el clásico de la Ciudad de México”, explicó. “El partido en sí mismo es una cosa, quién anota, quién gana. Pero el Cruz Azul representa a la clase obrera aquí; esos son sus hinchas. El América es clase alta, los ricos o los aspirantes a ricos. Así es que esto se condensa en obreros contra aspirantes”.

Luego, tomó vuelo varios minutos para dar una explicación sobre qué aqueja al fútbol mexicano, zambulléndose profundamente en la “corrupta” compra y venta de jugadores de los clubes para fabricar estrellas en lugar de equipos sólidos, una programación exhaustiva que exigen las televisoras para algún tipo de campeonato casi cada fin de semana, la inestabilidad de los entrenamientos...

El resultado final, dijo, es una selección nacional en la que los jugadores apenas si se conocen, ya no digamos que jueguen bien juntos. Es, dijo, una especie de metáfora del México contemporáneo, rico en promesas, sí, pero todavía lejos de su ideal.
“Es una ilusión de equipo”. Sin embargo, todavía hincha por él.

© 2013 New York Times News Service

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