Un sueño que nunca se murió

Jorge Luis Pinto se propuso ayer quebrar la historia de Costa Rica y lo consiguió. Con trabajo y análisis minucioso convirtió a la ‘cenicienta’ del Grupo D en clasificado a octavos de final.

Jorge Luis Pinto celebra el triunfo de Costa Rica 1-0 sobre Italia ayer, en Recife. / EFE

Esa voz recia, fuerte, en ocasiones amenazante, se quebró en el camerino del estadio Independence Park, en Kingston, la capital de Jamaica. Mientras el júbilo de los jugadores era evidente a su alrededor, el entrenador colombiano Jorge Luis Pinto confesaba estar viviendo el momento más especial de su vida.

“He luchado toda mi vida por ir a un Mundial y hoy lo he logrado. Esa es la lucha de la vida, he sido un hombre honesto, trabajador, y he logrado esto hoy”, dijo con los ojos llenos de lágrimas, al borde de perder la voz por la emoción.

Era un sueño que se había fijado 10 años atrás, cuando Costa Rica le encomendó por primera vez en su vida profesional comandar una selección de fútbol. Para entonces, con 51 años, Pinto se había convertido en un profeta por fuera de su tierra.

El entrenador oriundo de San Gil se había ganado fama en Colombia de ser un técnico ultraexigente, iracundo y “frentero”. Se convirtió en un objetivo de los dirigentes y los periodistas tras denunciar, en los años 80 marcados por el narcotráfico, los malos manejos y las preferencias del dinero mal habido en el fútbol. También en ‘el coco’ de los jugadores que no se entregaban en los entrenamientos y que salían del estadio sin una sola gota de sudor impregnada en la camiseta.

Por eso su primer título se dio fuera del país, en Perú, en un Alianza Lima histórico que ganó todo en 1997 y repitió corona en 1999. Lo confirmó después en Costa Rica con la Liga Deportiva Alajuelense, vencedora del torneo local en 2002 y 2003.

Costa Rica apostó por él, pero su primera experiencia como entrenador terminó antes de tiempo con la eliminación a mitad de camino para Alemania 2006. Pinto no renunció a su sueño, ni siquiera en septiembre de 2008, cuando fue cesado como seleccionador de Colombia cuando el equipo aún tenía posibilidades de clasificarse a Sudáfrica 2010 (estaba a dos puntos del segundo lugar).

Entonces, se lo acusó de terco, de no escuchar consejos, de oponerse a la voluntad de los jugadores. Seguramente repasó aquellas palabras en silencio. Las analizó una y otra vez, como hace en cada partido, y vio más allá de su significado textual.

Un Pinto diferente se hizo cargo nuevamente de Costa Rica en 2011. Desempolvó su sueño mundialista y comenzó a reconstruirlo con jugadores más maduros, más jóvenes, con hambre de títulos. Ellos le permitieron vivir una primera alegría el 10 septiembre de 2013, cuando el empate a uno con Jamaica les dio el tiquete a Brasil 2014.

Entonces, en aquel camerino, Pinto advirtió: “Esta es una meta, pero el Mundial es lo más importante”. Las palabras las grabó en su memoria. Con ellas preparó muy bien la participación en un grupo con tres campeones mundiales que miraban a su seleccionado por encima del hombro.

Al final, como lo demostró ayer ante Italia, la diferencia entre una clasificación y un papel histórico se debe al trabajo duro y honesto. Y a la tranquilidad. Eso lo reconoció un Pinto más maduro, curtido por las victorias, al final del partido, cuando le preguntaron por sus críticos: “A ellos ya los olvidé. Hay que disfrutar esto”.