Yo estuve en el Mundial de Brasil

las expectativas. Fue un torneo histórico en el que Colombia terminó en la quinta posición y James Rodríguez se consagró como goleador. Nuestros compatriotas hicieron la fiesta en las ciudades sedes.

Los jugadores de la selección de Colombia se robaron el show en el Mundial de Brasil, con su celebración al ritmo del ras tas tas. / AFP

Para los amantes del fútbol, los 32 días que duró el Mundial de Brasil fueron probablemente los más felices de 2014. Cómo no, si después de 16 años de ausencia la selección de fútbol volvió a ser protagonista del evento deportivo más importante del planeta.

La actuación del equipo dirigido por José Pékerman superó todas las expectativas, así como el acompañamiento de los aficionados colombianos, que llegaron por tierra, agua y aire desde todos los rincones del mundo.

Porque ni el más optimista de los hinchas criollos pronosticaba cuatro triunfos consecutivos, con buen juego y espectáculo incluidos. Tampoco se esperaba que a Brasil llegaran cerca de 100 mil colombianos para ponerse de ruana las calles, plazas y playas de las ciudades sedes.

Cerca sí, barato no. Acompañar a la tricolor costó, como mínimo, cinco millones de pesos. Eso para quienes se conformaron con viajar en bus y seguir los partidos desde los Fan Fest de la Fifa, en los que Colombia también se hizo sentir incluso hasta cuartos de final, cuando nos pesó la historia y nos quedamos a las puertas de la gloria.

Aunque algunos exigentes analistas advertían que la obligación de la selección era avanzar a la segunda ronda, la verdad es que el simple hecho de participar en semejante fiesta ya era un triunfo. Si no, que lo digan jugadores, cuerpo técnico y dirigentes, quienes gozaron de todos los privilegios de un evento de esa magnitud. Hoteles, seguridad y desplazamientos cinco estrellas.

De eso también darán fe los periodistas, que se estaban acostumbrando a mendigar entradas a partidos importantes e ingresos a zonas mixtas y conferencias de prensa. Con Colombia en el Mundial, sus comunicadores también recuperaron el estatus que habían perdido desde 1998.
Y ni qué decir de los hinchas, que inundaron de camisetas amarillas, rojas y anaranjadas las vías de Belo Horizonte, Brasilia, Cuiabá, Río de Janeiro y hasta Fortaleza, en donde Colombia enfrentó a Brasil en cuartos de final. Los aficionados colombianos fueron, al lado de los argentinos y los estadounidenses, los extranjeros que más sabor le pusieron al Mundial.

De hecho, seguramente nunca un himno nacional diferente al brasileño ha sonado tan duro como el de Colombia en Belo Horizonte. El sábado 14 de junio, el estadio Mineirao retumbó con el “Oh, gloria inmarcesible...” que entonaron más de 40 mil colombianos en medio de lágrimas y piel de gallina.
Ninguna persona que haya vivido ese momento olvidará esa impresionante sensación de orgullo y amor patrio, refrendada minutos después por la actuación del equipo contra Grecia y los tres gritos de gol. Volvimos a un Mundial y lo hicimos pisando fuerte.

Con el guayabo del triunfo en el estreno, Brasilia era el siguiente destino. Y sorpresivamente al Mane Garrincha llegaron otros 30 mil colombianos. Otro himno maravilloso, una nueva demostración de buen fútbol y la clasificación a octavos en el bolsillo.

Cuiabá, en medio del Amazonas, también se disfrazó de Colombia para el triunfo contra Japón. Faryd Mondragón en la historia y un país volcado con su selección, como nunca antes. En las tribunas del Arena Pantanal lloraron hasta los nipones al ver el abrazo conmovedor entre el veterano golero y David Ospina.
Sábado 28 de junio. Estadio Maracaná. Partido de pronóstico reservado por la tradición y garra de los uruguayos. Mayoría tricolor en las tribunas y el mago James que anota un gol de antología. Los charrúas ya no pudieron levantarse y el segundo tanto fue un formalismo. Fue tan claro el triunfo colombiano, que sus propios rivales se deshicieron en elogios en una zona mixta llena de periodistas brasileños ansiosos de conocer a su próximo oponente.

A esas alturas del Mundial los colombianos caminaban por Brasil con pasaporte en mano. Si en los años 80 y 90 había que tratar de pasar inadvertido en aeropuertos y terminales para no ser requisado en exceso, en 2014 tocaba hacerse notar, para recibir la felicitación y el comentario positivo: “¿Colombia?, ah, James, Cuadrado, muy buen equipo”, decían.

Increíblemente 5.000 compatriotas llegaron a Fortaleza y soportaron el ambiente hostil del Castelao. Lo sintió también la selección, que murió con las botas bien puestas. Esta vez las lágrimas fueron de tristeza, pero la satisfacción por el deber cumplido les permitió a los 23 guerreros de Pékerman salir con la cabeza en alto, encabezados por el capitán Mario Yepes, quien sentenció: “Estamos en el lugar que nos merecemos, de acá no nos podemos bajar”.

Hasta ahí, ni los jugadores ni sus familias, que los acompañaron constantemente en Brasil, imaginaban lo que había pasado en Colombia. Durante un mes el país se dejó contagiar por la fiebre amarilla y el sentimiento patriótico afloró. Eso sí, ratificamos nuestra incapacidad para celebrar sanamente porque no faltaron los incidentes violentos antes, durante y después de los partidos del equipo nacional. De hecho, mucha gente comenzó a temer las consecuencias catastróficas de una victoria ante Brasil.

Ya incluso eliminados, los hinchas colombianos se gozaron la parte final del Mundial. Por la Avenida Atlántica de Copacabana caminaban orgullosos y se saludaban efusivamente con sus compatriotas sin importar de dónde provenían. Ricos y pobres, negros y blancos, paisas, costeños y bogotanos, todos unidos por un sentimiento, ese que generalmente aparece lejos de la tierra, cuando se extraña a la familia. El mismo que nos permite sacar pecho con los éxitos de nuestros deportistas en el mundo, pero que casi nunca asumimos tan propio como cuando juega la selección de fútbol, un emblema casi tan representativo como la bandera tricolor.

Sin duda, 2014 será inolvidable gracias a ese grupo de muchachos que nos hizo creer en un país mejor, que nos puso a soñar con metas grandes y que, sobre todo, obligó a demostrarnos a nosotros mismos el inmenso potencial que tenemos cuando tiramos todos para el mismo lado. Ojalá lo sigamos haciendo.