Germán Medina, tras bambalinas de dos oros olímpicos

El Técnico del Año no tiene los pies en la tierra. Desde niño siempre supo que quería tenerlos en los pedales de una bicicleta. Muestra de su liderazgo y éxito deportivo son figuras como Mariana Pajón o Carlos Mario Oquendo.

Medina considera que los éxitos de sus deportistas han hecho que el país abra los ojos y se apasione por otras disciplinas. / Foto tomada con Samsung Galaxy S7 edge

Germán Medina no tenía más de siete años cuando se montó por primera vez en una bicicleta. Lo hizo al amparo de sus amigos de cuadra en el barrio Modelia de Bogotá y sin tener mayor cautela, pero con la convicción de que aquel vehículo marcaría su vida y, cómo no, bajo su batuta como seleccionador nacional de bicicrós, el país ha conseguido dos de las más emotivas medallas de oro en unos Juegos Olímpicos: las de Mariana Pajón, así como los bronces de Carlos Mario Oquendo, en Londres 2012, y Carlos Alberto Ramírez, en Río de Janeiro.

No se considera pionero de este deporte en Colombia, marginado hace unos años de las páginas de la prensa deportiva, pero reivindicado –eso sí– gracias a su trabajo silencioso y, sobre todo, paciente. “Yo lo único que he hecho es liderar procesos deportivos buscando el éxito competitivo a máximo nivel”, confiesa con la modestia que lo caracteriza, pero con la firmeza y la solidez de las que habla su trabajo.

Según Germán Medina, su pasión por el bicicrós comenzó en el colegio cuando ni siquiera sabía de lo que se trataba la disciplina: ni él ni el país. Un día, un par de arriesgados a bordo de la bici fueron a hacer una demostración de valor y coraje en las escaleras de su colegio. La bravura y el ímpetu de aquellos jóvenes le generaron una fascinación que aún lo invade: “Ese día fue un punto de inflexión. Fue determinante para encontrar algo que me llenaba, que me movía hasta lo más profundo de mi ser. La bicicleta generó ese día algo en mí que realmente me movió”.

A partir de entonces comenzó su trabajo. Inició con saltos y con sus amigos montaba pistas improvisadas a lo largo de su cuadra: todo era rudimentario y artesanal, pero lo suficientemente sólido como sus ganas. Luego vinieron los clubes aficionados, las competencias y la consolidación de la disciplina que hoy por hoy tiene a Colombia como uno de los referentes a nivel mundial del bicicrós, en parte, gracias a él.

Su éxito –dice– no consiste en recetas ideadas o en prácticas preconcebidas. No. Germán se sale del molde y les imprime a sus deportistas parte de lo que él mismo es: compromiso, armonía y disciplina. No lo dice, pero lo transmite con la humildad de sus palabras: no forma equipos ni deportistas, hace familias. “Es un día a día –confiesa– en el entrenamiento diario, en la forma como uno se comporta con los deportistas y el ejemplo que uno da. El éxito, no solo en el deporte sino en la vida, se logra al asumir con responsabilidad los retos a los que uno se enfrenta”.

Su filosofía es la convicción y no la obligación. Ese es su sello y es lo que le ha permitido abrirse camino en medio de dificultades, obstáculos y una que otra cicatriz. “Gajes del oficio”, señala. Sin embargo, al margen de cualquier sacrificio deportivo o caída, hay un desafío mayor que lo pone a prueba en cada competencia o preparación: permanecer lejos de su familia por varios meses y aunque se las ha ideado para siempre estar en contacto, sabe que no es igual que estar a su lado. Solo en 2015, Germán estuvo lejos de su esposa e hija durante ocho meses.

“Tengo muchas personas a quienes agradecerles las posibilidades que me han brindado para lograr reconocimientos, pero a las primeras a quienes tendría que agradecer serían mi esposa y mi hija. Son ellas las personas que más respaldan este trabajo con su entendimiento y su apoyo. Son para mí las principales protagonistas y el principal soporte y vitalidad que nos regalamos entre todos”, agrega Germán, convencido de que ellas dos siempre hacen parte del equipo que esté dirigiendo.

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