Gigantesco potencial desperdiciado

Jugadores, técnicos, dirigentes y periodistas coinciden en que los talentos se pierden por falta de apoyo y por las múltiples opciones diferentes al fútbol que les ofrece la ciudad.

El fútbol aficionado bogotano está mal, pero quienes viven de él la pasan realmente bien. La industria del balompié en la capital de la República es tan buen negocio que miles de personas sacan el sustento de sus familias de una actividad que mueve millones de pesos en la ciudad pero cuyos frutos no se ven en los clubes de las categorías A y B.

Dirigentes, entrenadores, jugadores y periodistas tienen bastantes claras las razones por las cuales muy pocos futbolistas bogotanos llegan al profesionalismo: falta de sacrificio, poco apoyo de los equipos y muchas oportunidades de vida diferentes al deporte, además de escasa solidaridad y sentido de pertenencia de la gente vinculada al balompié.

“Nadie es profeta en su tierra, pero menos en Bogotá”, explica Raúl Salamanca, dueño del club Maracaneiros, fundado hace 31 años, y responsable de que 103 de sus jugadores hayan dedicado sus vidas al fútbol. “A Fabián Vargas, Killian Virviescas y Andrés Pérez, por ejemplo, los llevé a Santa Fe y Millonarios, pero no gustaron. Tuvieron que irse para el América a que les dieran una oportunidad”, dice antes de lamentar que “en Colombia faltan opciones de trabajo, porque deberíamos tener categorías B, C y D, con ascensos y descensos, mayor competencia y mucho más fogueo”.

Y cuando se pone en duda la capacidad del jugador capitalino, Salamanca reacciona: “El problema no es la falta de condición. Nuestros futbolistas son técnicos, inteligentes, educados y generalmente provienen de familias que los apoyan, por lo que se les tilda de mimados. No entiendo por qué dicen que eso es malo. Al contrario, hay que aprovechar esos factores y agregarles más cosas, como trabajo en la parte mental, para que sean mejores”.

Lo que sí reconoce es la poca visión y olfato de los equipos profesionales, que no han capitalizado el inmenso potencial del balompié local. Hay 20 mil futbolistas menores de 19 años de edad afiliados a la Liga de Bogotá (pertenecientes a 186 clubes) y varios miles más inscritos en alguna de las 110 escuelas de formación deportiva avaladas por el Instituto Distrital para la Recreación y el Deporte, o en cerca de 200 que funcionan sin autorización en alguno de los 132 parques de las 20 localidades de la ciudad.

“Hace rato que no miran a los clubes aficionados. Ahora Santa Fe lo hace por iniciativa de su presidente César Pastrana, pero si tuvieran cazatalentos e hicieran seguimiento a los torneos de acá, no tendrían que buscar refuerzos en otros lados”, señala Salamanca.

Durante décadas, Alfonso Sepúlveda y Jaime Arroyave se encargaron de seleccionar a los mejores jugadores bogotanos y ficharlos para las divisiones menores cardenales y embajadoras. Había una estrecha relación entre los clubes profesionales y los nacientes equipos de barrio. “Especialmente en Santa Fe siempre hubo futbolistas de la cantera, de la tierra. Laterales o volantes creativos, como El Maestro Alfonso Cañón, el mejor jugador de la historia de la ciudad”, recuerda el estadígrafo Guillermo Ruiz.

Precisamente Cañón advierte que “al bogotano le gusta jugar, al de antes y al de ahora. Le seduce manejar la pelota, tocar, pero hoy se corre y se pega mucho. Yo no hubiera podido ser profesional en la actualidad, porque antes de ver a un muchacho en la cancha, le preguntan cuánto mide, como si eso importara tanto”, explica el artífice de los títulos albirrojos de 1966, 1971 y 1975.

Y tiene razón, en la ciudad de todos, al que menos se le cree es al local. “Equivocadamente aquí se confía más en el talento de afuera. En los jugadores de otras regiones que vienen y se dedican solamente a entrenar, pero también en los técnicos, dirigentes y periodistas foráneos. Nosotros no tenemos personajes de peso, gente representativa, que nos defienda en las esferas nacionales y que pelee por el deporte de la ciudad”, sentencia Jorge Álvaro Peña, el periodista que le hizo el primer reportaje a Falcao García, quien “es bogotano, pues aquí aprendió a caminar, comenzó a jugar e hizo sus primeros goles, así digan que nació en Santa Marta”.

Cada cual por su lado

A diferencia de otras regiones en las que la selección departamental es una vitrina, en Bogotá integrarla significa un problema, por la envidia histórica que se ha generado a su alrededor.

Desde su fundación, en 1974, la liga de la capital ha conquistado 21 títulos nacionales, 10 de ellos en la rama femenina. En varones, el éxito más reciente fue en 2004, con la selección juvenil que dirigía Heberto Carrillo.

“Aquí el que se para en la raya se convierte en el blanco de todas las críticas, no se le respalda, como en Valle y Antioquia, donde se cobijan entre todos”, lamenta Wolfgang Melo, entrenador del equipo juvenil bogotano.

Y eso se da porque no hay objetivos comunes. “Acá cada uno tira para su lado, piensa en su bienestar y no en el colectivo”, destaca Pedro León, uno de los más importantes formadores de futbolistas, para quien sí llegan muchos jugadores al profesionalismo, pero no logran mantenerse.

León admite que existen graves falencias en las divisiones menores porque “no hay preparación en técnicos y dirigentes. A una persona le toca ser entrenador, directivo, secretario, utilero, kinesiólogo, de todo. Hay cantidad, pero no calidad”.

Porque “este negocio se volvió un buen machete”, destaca el periodista Eduardo Carvajal, vinculado al fútbol aficionado desde hace 30 años. “Está bien que haya un lucro, pero por ganar plata no se puede descuidar la capacitación del jugador. Ahí se pierden muchos talentos como Éder Chiri Romero, Wilson Roa, Néstor Robles, Harry Alarcón y Larry López, quienes hubieran jugado muertos de la risa en cualquier equipo de la A”.

León ratifica ese concepto y así como acepta que “hay clubes de papel”, en los que el único objetivo es recibir un beneficio económico por cuenta de las mensualidades que pagan los niños, destaca que “hay escuelas que sí están trabajando en procesos y cuyos resultados se reflejan en su dominio en los torneos de la liga”. Caterpillar Motor, Ceif y Maracaneiros, por ejemplo, son clubes que trabajan con metas específicas y les hacen evaluaciones y seguimientos a sus jugadores. Pero no llegan a 20 los equipos que realizan esas mismas prácticas.

“Nosotros contamos aproximadamente con 900 niños entre los que están en la escuela y los de la liga. Tenemos 26 equipos y en la última etapa hemos sacado unos 10 jugadores al profesionalismo, como Pacho Delgado, Mario González, Carlos Carbonero, José Largacha, Leonardo Castro y algunos que se han ido a probar a Paraguay”, explica Jorge Chaparro, exjugador, técnico y ahora dirigente, quien está al frente del club Caterpillar Motor.

Él mismo estuvo a punto de debutar con Millonarios en 2001, pero una delicada luxación de rótula acabó con su sueño. “Iba a actuar en la Copa Merconorte, en un grupo en el que también estaban Andrés Chitiva, Hans Schomberger, Juan Carlos Jaramillo y Javier Jiménez, pero después de la lesión no pude continuar. Me faltó suerte, pero a muchos les falta es apoyo. Acá cuando un muchacho tiene 19 ó 20 años y no ha jugado profesional, ya lo queremos retirar y los padres comienzan a presionarlo para que se dedique a otra cosa”, cuenta.

Chaparro es hoy vicepresidente de la Liga de Bogotá y aunque pronostica tiempos mejores, denuncia la falta de espacios para jugar al fútbol, algo ridículo en una ciudad que tiene 105 canchas cerradas y con buena grama. “La liga, con casi 20 mil jugadores, no tiene terrenos propios, porque La Morena está en comodato y el único que administrábamos, El Campincito, nos lo quitaron para el Mundial Sub-20. Hay muchos campos, pero en todos toca pagar, así que son utilizados por escuelas con recursos o equipos de empresas y categorías mayores, pero no por los niños y jóvenes que se están formando”.

También faltan recursos, pues el presupuesto anual supera los $1.200 millones y sólo se cuenta con el apoyo del IDRD y firmas como Herbalife, FSS y Golty. “Estamos tratando de vender la liga, de hacer más atractivo nuestro producto, que mueve miles de personas”, dice Chaparro, convencido de que Bogotá tiene todo el capital humano para convertirse pronto en el mejor semillero de país.

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Luis Guillermo Ordóñez Olano

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