Galardonada con el premio Deportista del Año 2014

Yoreli Rincón, una goleadora en tacones

Es el símbolo del fútbol femenino en Colombia y una de las mejores del mundo en este deporte. Figura en la Copa América de 2014 y líder de causas sociales, se apresta para volver al fútbol de Europa en 2015.

Luis Ángel - El Espectador

Sentada en una de las salas del hotel JW Marriot no parecía capaz de hacer un gol. El escote en su vestido de seda y las piernas al descubierto, torneadas, firmes y bronceadas, le daban el cariz de una mujer de la farándula en vez del de la futbolista de élite que minutos después sería galardonada en la ceremonia del Deportista del Año de El Espectador. La sonrisa amplia le imprimía un toque delicado y definitivamente imperceptible en los memorables videos de sus goles, miles de veces reproducidos por internet. Quizá el único detalle que permitía identificarla era esa manía de morderse el labio al hablar.

Las reseñas sobre su biografía señalan que cuando se convirtió en emblema del fútbol femenino en Colombia, a los 14 años, Yoreli Rincón medía 1,57 metros. Pasados siete años tiene 1,67 de estatura, aunque el martes pasado —trepada en los tacones negros que complementaban su atuendo durante el acto de reconocimiento a los deportistas— parecía eterna, infinita. Tan grande como la alegría que le dio al país al convertirse en la revelación del suramericano sub-17 de Chile, en 2007. O como la fama que la cobija ahora, cuando acaba de ser escogida mejor jugadora de la Copa América 2014 y fue clave para que Colombia consiguiera cupo para el Mundial y los Juegos Panamericanos de 2015, así como para las olimpiadas de Río 2016.

Los Juegos Olímpicos de 2012, en Londres, no los recuerda con mucha gratitud. El equipo colombiano resultó eliminado en primera ronda y ella escasamente jugó los últimos minutos del tercer partido, debido a diferencias con el técnico Ricardo Rozo. Según él, no la puso a jugar porque no estaba bien físicamente. A la familia de la volante goleadora de la selección Colombia esta versión le suena poco convincente, por cuanto Rincón acababa de salir campeona y figura con el Piracicaba en el fútbol de Brasil. Yoreli prefiere no hablar del asunto. Le dolió mucho.

Brasil es su meta y su pasado. En ese país descubrió que con la gambeta no resultaba suficiente y que las mejores jugadoras lo eran en buena medida porque se desprendían del balón de manera rápida y precisa. Claro, también aprendió a odiar los fríjoles. Almuerzo y cena durante su año de estadía en São Paulo le enseñaron que ya cumplió con la cuota de feijoãda que debería comer en su vida. Desde entonces prepara ella misma sus comidas y hasta se dice experta en verduras frías y calientes.

En 2012, cuando viajó a jugar con el Malmö, de Suecia, tuvo uno de sus mejores años deportivos —como si alguno no lo hubiera sido— y también personales, pues se enfrentó a desafíos completamente distintos a los de la tropical Latinoamérica. Por eso cuenta entre risas que no entendía ni mu de lo que le decían. Que allá comprendió lo que significa eso de que le hablen a uno en sueco y que cuando alcanzaba a percibir que alguien cambiaba la charla al inglés, ella hacía su mejor esfuerzo para responder con vehemencia: “yes”.

Le hace falta mucho por estudiar y lo sabe, pero aclara que sus retrasos en la escolaridad no han sido por falta de ganas, sino por exceso de amor al fútbol. El eterno tema de discusión con su padre, un vendedor de frutas y limones santandereano que se cansó de pincharle los balones y regañarla por jugar un deporte que “no era para niñas”. “Era el machismo de la época. Aunque no estaba de moda la palabra, me hizo mucho bullying”, cuenta ella con desparpajo. Para lo único que servían las muñecas que con insistencia le regalaba don Elberth Rincón era para que la inquieta Yoreli arrancara de allí una cabeza con la que podía jugar a la pelota. Si faltara algo para inclinar la balanza, Daniel y Eliana, hermanos de Yoreli, fueron quienes le enseñaron a jugar. Y la mamá practicaba fútbol de salón, uno de los deportes más populares en ese departamento, pero casi siempre con el epíteto de deporte masculino.

El azaroso mundo en el que Yoreli creció obligaba a sus padres a cambiar de trabajo por ese instinto de supervivencia al que en Colombia se le conoce simplemente como “rebusque”. Fue así como el vendedor de limones terminó poniendo una fábrica de balones de fútbol, que clandestinamente alimentaron la pasión deportiva de su hija, quien apenas pudo terminar el bachillerato en el gimnasio virtual San Francisco Javier, de Cajicá, Cundinamarca.

Después de media hora de conversación en el hotel, Yoreli se quedó muda por un instante, verificó que el maquillaje en sus ojos estuviera como tenía que estar y soltó una frase como de exorcismo: “el deporte me hace sentir realizada y me dio la oportunidad de ser la abanderada de una generación que busca que las mujeres sean reconocidas en el fútbol sin que se les niegue su talento o se les descalifique con adjetivos como el de ‘machorras’, que tanto se usaban hace unos años”.

Lo decía con dolor. Como si el balón fuera solo una excusa para alcanzar un objetivo más grande, más complicado que un mundial de mayores. Y se arrancó a contar las situaciones difíciles sufridas por ella y sus colegas. Desaires incluso por parte de la fanaticada, inflexible sobre todo en los momentos de derrota. “A veces lloramos más de lo que reímos. Trabajamos mucho y en una sola competencia se te va todo, por ejemplo por una lesión, como me pasó en los Centroamericanos. Es muy duro”. La campeona es fuerte, pero no insensible ante la agresión, la escasez de apoyo para el deporte o la hipocresía. Y lo dice frente a los directivos que sacan pecho con los triunfos de los esforzados atletas. “Es santandereana”, dicen algunos. “Soy Yoreli”, aclara ella.

Aspira a “graduarse del fútbol” a los 33 años, ser mamá a los 31 y tener gemelos. Anda soltera. Hace un tiempo jugaba al tenis con Mariana Duque, quien le ganó con facilidad: “es crac para el fútbol, en cambio yo soy pésima para el tenis”.

Su soltura al hablar no es gratuita. La actriz Isabel Cristina Estrada tiene mucha responsabilidad en ello, pues alguna vez buscó a Yoreli para que la asesorara sobre fútbol femenino para una obra de teatro que se llamó Uñas sucias (en la que, curiosamente, el papel principal, interpretado por María Cecilia Sánchez, era el de Yoreli). Desde ahí se hicieron las mejores amigas. Los pocos días del año que la futbolista está en el país (en 2014 jugó en la liga de EE.UU.), los aprovecha para visitar a la familia en Santander y a la actriz en Bogotá. Isabel Cristina se vinculó a los partidos de fútbol con fines sociales que organiza Yoreli y también le enseña trucos para hablar ante las cámaras, buscar palabras claves, pensar en el público al que le va a hablar.

¿Y es cierto que en 2015 vuelve al fútbol de Europa? Ella sonríe. Se limita a recordar que la temporada en Suecia fue la mejor experiencia de su vida, pues le permitió viajar y conocer Dinamarca, país limítrofe con Malmö, la ciudad en la que ella jugaba. Se pegaba las escapadas a Copenhague para ver fútbol y hacer turismo. Por supuesto, la famosa estatua de la Sirenita, el personaje del cuento del escritor Hans Christian Andersen, nunca estuvo entre sus destinos.

Al acercarse el momento de concluir la charla, en el JW Marriot, a Yoreli se le sale otra confesión: “no voy al gimnasio”. James Galanis, su entrenador personal, es muy estricto con el tema y siempre habla con los directivos de los clubes o de la selección para dejarles claro que ella no levanta pesas, ni hace nada por el estilo. Trabaja con su propio cuerpo. Sube montañas, hace piques de 500 metros y está bien así. Ese es su truco para verse bien. Por lo demás, la disciplina en el fútbol le ayuda a mantener piernas hermosas y abdomen marcado. Y diciendo esto, Yoreli sonríe y pasa la mano con delicadeza por su pierna derecha. La misma con la que marcó el que para muchos fue el mejor gol del Mundial de Alemania 2010.