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Su padre Hernán Osorio y su abuelo materno Arturo Arbeláez lo inscribieron en la escuela de fútbol Pedro José Rivera de su natal Santa Rosa de Cabal. Tenía nueve años Juan Carlos (8 de junio de 1961) cuando se animó a ser arquero y a revolcarse en la arena del estadio Arturo Arbeláez, como el nombre de su abuelo.
Hernán viajaba por tierra a ver al Nacional a las ciudades cercanas. Llevaba a Juan Carlos, quien siempre se mareaba en el camino hacia el Palogrande de Manizales. A pesar de la pasión de su padre por el verde, Juan Carlos se volvió hincha de Millonarios, por entonces de moda.
A los 12 años, junto con su familia, emigró a Pereira, donde se graduó en 1978 del colegio Calasanz y cursó un semestre en el Colegio Odontológico de Bogotá, pero prefirió dedicarse al fútbol. “Papá, quiero dedicarme al fútbol”, argumentó.
Realizó el proceso de divisiones menores en el Pereira, club en el que debutó en 1982. Aquel flaco, que ya jugaba como volante mixto —no de arquero como en sus inicios—, lucía el cabello largo y un arete en la oreja izquierda. En una preselección juvenil de Colombia —dirigida por Eduardo Retat— sus compañeros miraban su arete con extrañeza. Sobre todo uno que incluso le pidió que perforara también su oreja. Osorio se armó de aguja, hilo y hielo. Y le abrió el espacio al arete que aún conserva el personaje: Carlos El Pibe Valderrama.
Actuó sólo seis juegos oficiales con el Pereira. Solicitó la visa americana y, patrocinado por su abuelo, viajó a Nueva York a aprender inglés. El joven de 24 años se empeñó en querer estudiar allí, pero no contaba con recursos económicos. Decidió trabajar como obrero de carreteras, también como empleado de una cafetería.
Consiguió el dinero suficiente e ingresó a la universidad de Connecticut para estudiar ciencias del ejercicio y rendimiento humano. Fue asistente técnico del MetroStars, también del Manchester City. En 2006 regresó a Colombia, 22 años después, para dirigir a Millonarios, el de su corazón. En 2010, luego de trabajar una vez más en la MLS, asumió como DT del Once Caldas, equipo al que llevó al título del clausura 2010 y los cuartos de final de la reciente Libertadores.
El miércoles, en el Palogrande, lo despidieron como una estrella de rock, en el último partido como técnico del blanco blanco, pues en unas semanas se unirá al Puebla de México. “¡Muchas gracias, Osorio, muchas gracias!”, le cantaban los hinchas. Emocionado, con los ojos vidriosos y luciendo una camiseta blanca en la que se leía “Gracias, DT”, Osorio dijo adiós con una victoria clasificatoria ante Itagüí.
El técnico de la libretica y el enemigo más acérrimo de las adversidades compartió esta charla con El Espectador. “No es un adiós, es un hasta luego”, dice.
¿Se va de Manizales con el corazón arrugado?
Esta ha sido una de las decisiones más difíciles de tomar. La gente nos ha mostrado mucho cariño. Mi familia y yo estamos muy agradecidos con la hinchada.
¿No le hubiera gustado terminar el torneo?
El requisito en Puebla era estar con el grupo un mes antes de empezar la Liga y eso me impide terminar. Yo no podía dejar pasar esta oportunidad. El miércoles, sin embargo, lo más importante era ganar y dejar al equipo clasificado. Se logró y estoy feliz por eso.
Se fue por la puerta grande…
Las estadísticas son claras. Y me llena de satisfacción haberle creado patrimonio a esta institución. Haber dejado jugadores como David Álvarez, John F. Pajoy y Jéfferson Cuero, quienes tienen un extraordinario futuro. Cumplí con mis responsabilidades.
¿Más meritorio cumplirlas en medio de una crisis económica?
Claro, me suma un factor extra. Competimos de igual a igual contra los más grandes del continente en medio de una situación difícil en la parte económica. Ser el líder de jugadores a los cuales se les incumplen sus salarios de manera repetida, fue difícil. Me siento orgulloso de haber superado esos contratiempos.
Nunca tirar la toalla...
El semestre pasado el grupo lucía desanimado: no recibían sus sueldos hacía meses. Osorio los animó. Y en la cancha, a pesar de todo, siempre respondieron sus muchachos. “¿Vamos a tirar la toalla? Nosotros valemos una plata ahora, y otra quedando campeones. Sólo faltan 15 diítas”, gritaba un jugador en un camerino. Así lo confesó un miembro del cuerpo técnico.
¿Por qué sucedió esto?
Porque los dirigentes no ofrecen proyectos viables. Los jugadores tienen que ser remunerados a tiempo, eso es lo importante. Cuando no pasa, esa situación me irrita, me incomoda y me hace perder el sueño.
También padeció los desastres naturales que sufrió Manizales...
Claro. Por la falta de agua potable tuvimos que dejar los jugadores libres por cuatro días para que fueran a otras ciudades. Eso es un impedimento para la actividad normal del fútbol. Eso es para ilustrar lo duro que vivimos este año, porque a la crisis económica aguda se le unieron cosas externas como ésta. Me acordé cuando trabajaba de obrero y rompía carreteras con un taladro. Era para ganar dinero y poder pagarme la universidad. Momentos duros.
¿Qué ha escuchado del equipo al que dirigirá?
Allá juega el español Luis García. También el estadounidense Damarcus Beasley. Ambos internacionales con sus selecciones. Son muy buenos. Mi objetivo es representar a Colombia de la mejor manera y abrirles las puertas a jugadores nuestros.
¿Y de la ciudad en la que vivirá?
Cuando me llamaron, enseguida entramos a verificar lo que nos había dicho la junta sobre la región. Y sí, es muy pacífica, es la cuarta en importancia en el país, con mucha historia y cultura. Como proyecto de vida es interesante, sobre todo para mis niños.
¿Ha cambiado su temperamento? En Libertadores se le vio irritado.
En Paraguay no podía creer que se nos hubiese escapado el resultado. Cuando no te sale lo que planeaste en la semana, te molestas. Creo que eso no lo puedo cambiar, porque yo vivo el fútbol con mucha pasión.
Coroteo, café y Millonarios
“Siempre recordaré al profe por sus corotos a la hora de viajar. Lo molestábamos porque parecía en un trasteo. Por sus enseñanzas: ‘Que tu mano derecha no sepa lo que dice la mano izquierda’. Nunca se ufana. También lo recordaré por las charlas a las 7 a.m. con café. Se gastaba una bolsa de Juan Valdez diariamente”, dice Carlos Osorio, médico del Once Caldas.
¿Cómo va a ser entonces el trasteo hasta México?
Aún no está decidido si llevarnos todas nuestras pertenencias. Lo que sí sé es que todo lo que tenga que ver con fútbol me lo llevaré. Como mis libretas, en donde anoto todo lo que pasa en los juegos para analizar a mis rivales. Mis videos motivacionales, que les muestro a los jugadores 10 minutos antes del juego.
¿Va a extrañar el café?
Claro. Me encanta y por eso allá buscaré algo similar. De igual forma quiero adaptarme a la cultura mexicana, probar la gastronomía de allá que tiene fama.
¿También extrañará a Millos?
Tengo un recuerdo espectacular. La hinchada me trató muy bien. Fue la primera en ovacionarme. Es una de las mejores del país. Recuerdo mucho los clásicos contra Santa Fe y Nacional. Me mantendré agradecido eternamente con este club. Son imborrables los momentos que viví. Teníamos un gran grupo de jugadores. En los dos torneos estuvimos a un partido de ir a la final.
¿Es un adiós o un hasta luego?
Un hasta luego, sin duda. Quiero seguir preparándome y volver. Ojalá después me tengan en cuenta para dirigir alguna selección de Colombia. Sería un orgullo para mí.
Hace poco sonó como reemplazo de ‘El Bolillo’. Dicen que no pasó del sonajero porque su templanza no va con tantos intereses en la Federación…
Si ese es el argumento, entonces lo acepto. Tanto en Millos como en Once mostré un trabajo transparente, legal. Las decisiones de los clubes, finalmente, fueron todas mías. Eso no impide que yo sienta que sería un orgullo dirigir alguna selección.