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Helmut Bellingrodt

Hace exactamente 40 años el barranquillero logró la de plata en el tiro al jabalí. Desde Cuba, donde oficia como cónsul, recordó la hazaña. Mañana, Alfonso Pérez cuenta cómo subió al podio en las mismas justas.

Juan Diego Ramírez Carvajal

31 de agosto de 2012 - 09:20 p. m.
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Ese 1º de septiembre, Albertina Ortega —88 años, viuda de Federico Bellingrodt— tomaba tinto en la casa del Callejón de la Aduana, a donde había llegado en 1903 con su esposo, un comerciante nacido en Westfalia, Alemania, y a quien conoció en Maracaibo, Venezuela. Esa mañana, la señora atendió el teléfono: quien estaba al otro lado se identificó con el nombre de Édgar Perea, el periodista que cubría tiro al jabalí en los Juegos de Múnich 1972, y le anunció a gritos a doña Albertina que no sabía si de plata o de bronce, pero que su nieto Helmut acababa de disparar su último cartucho y que ganaba la primera medalla olímpica para Colombia. (Ver galería)

“Édgar me pasó el teléfono. Hablé con toda mi familia: mi papá, Ernesto; mi mamá, Analisse; mi hermano menor, Horst; mi abuela, y con mi novia de entonces, Nuris, que después sería mi esposa. Fueron cinco minutos en la cabina, casi llorando de alegría entre todos”, recuerda Helmut Bellingrodt, entonces de 23 años y estudiante de último grado de arquitectura de la Universidad Autónoma del Caribe. Su casa en Barranquilla, ubicada en la calle Caracas, en el Callejón de la Aduana, se llenó de curiosos vecinos y suboficiales de la base naval, amigos de la familia, que intervinieron en el tumulto que rodeaba a doña Albertina.

“Tráete una medalla, no sé de qué, pero tráetela”, le habían dicho en el aeropuerto de Barranquilla Paco Gallardo y Alejo Urueta, dos amigos de adolescencia, cuando viajaba a Múnich. Ese día, en la madrugada del aeropuerto, lo despidieron pocos.

“No muchos creían en mí, ni la Federación de Tiro pensaba que ganaría una presea. Pero yo sí, porque mis marcas me lo demostraban. De hecho, tal vez me habría alcanzado para el oro”, recuerda. La preparación precaria en el ciclo olímpico tampoco era un buen presagio. A decir verdad, su práctica, que inició a los siete años cuando disparó la primera arma en el Club de Caza y Tiro de Barranquilla, no tuvo un patrocinio apropiado. El primer premio, a los 10 años, en un Nacional en 1959, fueron 500 cartuchos que después disparó en el patio de 40 metros de su casa, donde su padre improvisaba blancos caseros.

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Más adelante, la Liga de Tiro de su ciudad le ayudaría con viáticos ocasionales. “No nos preparaban como a un deportista de ahora. También por eso no pensaban que lograría medalla”, lamenta Bellingrodt. Al llegar a Múnich se confundía entre los alemanes por su nombre y físico, al igual que su hermano nueve años mayor, Hanspeter, que también participó y finalizó en el puesto 15. Dos semanas después de su arribo y de que le preguntaran “qué era eso llamado Colombia, dónde quedaba”, Helmut era reconocido como el primer deportista del país en ganar una medalla, la de plata, tras obtener sólo cuatro puntos menos que el soviético Lakov Shelezniak, que ganó oro. Entonces los organizadores se tendrían que acostumbrar a no volver a pronunciar ni escribir “Kulumbia”. Y Bellingrodt Wolff era responsable de eso.

“¿Sabes lo que me dijo el ruso?”, le preguntó Helmut a su hermano Horst, mientras le daba un abrazo austero tras regresar al país. “Que con un rifle anticuado cómo podía hacer tanto blanco. Que soy un monstruo”.

“¿Entonces vas a cambiar de rifle?”.

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“No, con este sigo dándole al jabalí donde quiero”, le respondió en medio de la multitud.

“Lo importante fue que la fama no se me subió a la cabeza. Seguí siendo el mismo de siempre”, dice. Su novia, Nuris Sarti, entonces de 19 años y su esposa desde enero del 73, dijo en aquel momento que “ahora me embarga un cierto temor ante la popularidad de Helmut entre las muchachas de Barranquilla”. Ya ella conocía sus facultades de parrandero. “Siempre fui fiestero”, le confiesa a este diario.

Regreso y día cívico en Barranquilla

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El avión HK145 de Aerocóndor aterrizó en Barranquilla a la 1:10 p.m., el miércoles 6 de septiembre de 1972. Un jeep descapotado lo esperaba en el aeropuerto Ernesto Cortissoz para un recorrido por la ciudad, que gracias a su medalla disfrutaba del día cívico declarado por el alcalde de turno. No había dormido las últimas 50 horas, por el viaje, pero saludaba con su gracia natural y respondía con paciencia las preguntas de la prensa. Casi se desmaya por los 31 grados y el bochorno de 30.000 personas que lo recibieron.

A la altura del Paseo Bolívar, un habitante de la calle se acercó al auto y le dijo: “Hermanito, yo no sé lo que es esa vaina del jabalí, pero medalla es medalla”.

La mayoría, en rigor, ignoraba la esencia del tiro al jabalí. Y no sólo en Barranquilla: dos años antes descubrió una manifestación en su contra al llegar a El Salado, una ciudad cercana a Ibagué en donde disputaría los Juegos Nacionales. El párroco de la iglesia caminaba alrededor de la plaza convenciendo a feligreses por los altavoces de que unos señores con rifles habían venido a matar jabalíes traídos de Alemania. Todo terminó en risas tímidas del párroco y burlonas de los creyentes tras la simple explicación de los dirigentes.

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“Esas son cosas jocosas que te pasan por practicar este deporte”. Esa disciplina por la que ganó la dos medallas olímpicas (repitió plata en Los Ángeles 1984) que exhibe en el estudio de su casa en Barranquilla.

En cuarenta años, Helmut Bellingrodt se ha dedicado a la política y al tiro como hobby. Trabajó en Coldeportes, fue secretario de la Embajada de Colombia en Panamá, en donde no encontró campos de tiro y reclamó un traslado a Caracas para seguir practicando. También fue presidente de la Federación Colombiana de Tiro y nunca dejó de apoyar el deporte en Colombia.

“Por eso me alegró la campaña que hicimos en Londres, porque seguí palmo a palmo la trayectoria de los deportistas. Dije que mínimo ganábamos cinco y máximo siete: estuve cerca. Estoy feliz por esa gran labor y porque parece que por fin se están haciendo políticas de Estado alrededor del deporte”, dice el atlanticense de 63 años, hoy cónsul colombiano en La Habana.

De tanto en tanto lo ataca la nostalgia y desempolva unas grabaciones que reproducen las entrevistas que otorgó tras la medalla en Múnich. “Lo escucho cada cinco años, más o menos; mi voz sí que ha cambiado. Pero en todo caso me alegro de oír eso, porque fue un logro muy bonito”.

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Dispara cada tanto y sólo a blancos fijos. No es de andar armado. Guarda en la caja fuerte una pistola que le obsequiaron las Fuerzas Militares hace unos años. Nunca la ha disparado. “Sólo la sacaría si se me entran los ladrones a la casa a atracarme. Sólo en defensa personal, supongo”. Y pobre del atracador que entre en el rango de mira de Helmut Bellingrodt.

Por Juan Diego Ramírez Carvajal

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