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La hora del retiro

De cuando los deportistas deben bajarse del pedestal al asfalto.

Los años pasan. El talento se agota. La ambición parece colmada. La fama se diluye. Se pierde, se gana y, sobre todo, se fracasa, así del perchero cuelgue una que otra medalla o los trofeos brillen en la egoteca. Es hora de bajar del podio y enfrentarse al destino definitivo.

Cavilaciones surgidas de ver esta semana a dos grandes del deporte al borde del llanto tras anunciar su inminente retiro. Fernando González, el “bombardero” del tenis chileno, campeón olímpico en Atenas, dijo en el torneo de Viña del Mar que colgará la raqueta. Fue eliminado en segunda ronda. Tiene 31 años. Llegó a ser número cinco del mundo y logró 11 títulos ATP. Ahora es 268. Hizo historia, pero ni su demoledora derecha ni su espíritu deportivo dan para mucho más. “Es algo cien por ciento personal –admitió-. Me di cuenta de que no tengo la energía que necesito para estar donde quiero”. Sabía que los 30 eran la edad del retiro, “pero llegaron muy rápido”. Por eso habla de “tomar esto como un nuevo comienzo… tendré un duelo, tiempo para pensar y ver lo que hago”.

El otro fue el goleador Hernán Crespo que anunció en Parma, Italia, que la actual es su última temporada en el futbol profesional europeo. Como González, el argentino no piensa desconectarse del todo de su deporte. Quiere jugar un par de temporadas más en campeonatos menos exigentes como la liga de Estados Unidos, la árabe o la china. En el mismo dilema anda el colombiano Iván Ramiro Córdoba, aunque ya suena como nuevo director deportivo del Inter de Milán.

Algunos pensarán que no hay que ponerle tanta trascendencia al tema. Se trata de un fenómeno natural en cualquier actividad. La vida pasa factura de cobro. Además, porque la mayoría de deportistas profesionales exitosos, como los citados, tienen asegurado su futuro económico. Así que habría que ver qué tan sinceras son sus lágrimas o sus pataletas, como la que protagoniza por estos días la española Arantxa Sánchez, autora de un libro autobiográfico en el que acusa a su familia de haber despilfarrado no menos de 40 millones de euros que ganó en su vida como tenista profesional. Llegó a ser la número uno del mundo y ahora asegura que debe trabajar para pagar las deudas que tiene con el fisco de su país. Sus padres aseguran que miente y dramatiza.

¿Llega esta etapa al nivel de trauma? Los médicos deportólogos la definen como el “síndrome de desgaste profesional o síndrome del quemado ‘burnout’”. “Propio de los deportistas de élite, que experimentan un cansancio físico y mental que afecta a sus niveles de motivación y satisfacción”. Así justificó su retiro el ciclista alemán Jan Ullrich, campeón olímpico y del Tour de Francia.

No se trata de personas comunes y corrientes las que llegan a ese nivel de exigencia. En el caso de los ídolos del deporte el retiro también pasa a formar parte de la leyenda. En YouTube se puede revivir la emotiva despedida de Maradona y una de sus frases memorables, esa vez para confesar las conocidas debilidades que aceleraron su alejamiento de las canchas: “El fútbol es el deporte más lindo y sano que existe en el mundo. Eso no le quepa la menor duda a nadie… porque se equivoque uno no tiene que pagar el fútbol. Yo me equivoqué y pagué, pero la pelota no se mancha”.

“Un retiro sincero”, opina mi colega en El Espectador Fernando Araújo Vélez, autor de ‘Pena máxima: juicio al fútbol colombiano’ (Planeta). “Hay retiros de retiros –explica-. Maradona colgó los guayos después de ganar todo e intentar todo. Retirado, fue capaz de salir de la tribuna desde la que vio cómo Colombia goleó 5-0 a Argentina en el Monumental, para jugar por su país el repechaje contra Australia y clasificar al Mundial de Estados Unidos. En cambio Pelé fue egoísta: se negó a jugar con la selección de Brasil el Mundial de 1974. Y lo necesitaban”.

Otra cuestión es el momento de abandonar el deporte competitivo. Hay dos tendencias: una es hacerlo cuando se está en el punto más alto y otra cuando la curva de producción amenaza el buen nombre del campeón. En la primera se puede ubicar a un supercampeón como Borg, que se retiró del tenis a los 26 años cuando le sobraba talento y capacidad para sostenerse como el mejor del mundo. En la segunda está el piloto Michael Schumacher, siete veces campeón del mundo: su ego no soportó el retiro y volvió a las pistas para competir como parte del montón. Sus fans lo critican por minar su aura de “el mejor de todos los tiempos”. Así como los seguidores y críticos del colombiano Juan Pablo Montoya no le perdonan su apresurado retiro de la F1, para convertirse en uno más del lote del medio de la comodidad de la Fórmula Nascar. Evidencia de que el factor familiar no resulta despreciable a la hora de decidir hasta dónde llega una carrera deportiva. Caso parecido al de la golfista Lorena Ochoa en México.

Podría haber una tercera categoría, la de los competidores que no están entre los grandes y además son duros de pensionar. Me refiero, por ejemplo, al brasileño Rubens Barrichello, el piloto que más grandes premios de Fórmula Uno ha corrido, a futbolistas profesionales que juegan más allá de los 35 y 40 años de edad. En este apartado el extremo es el de los golfistas, que juegan a nivel profesional hasta los 50 años, cuando pasan al consolador Champions Tour, o insisten hasta los 60, como Tom Watson que estuvo a un golpe de ganar el Abierto Británico en 2009.

Más que anecdótica la de retirarse es una decisión compleja en el deporte, como en la vida de los sedentarios.

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Nelson Fredy Padilla Castro, editor dominical de El Espectador

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La hora del retiro

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