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Profunda nostalgia me ha producido la despedida física de mi entrañable amigo Boris, una de las personas más influyentes en mi vida. “Fue mi primer maestro”.
Proveniente de una familia ilustre de ascendencia alemana, hijo del poeta León de Greiff, sobrino del musicólgo y matemático Otto de Greiff, rompió paradigmas al dedicarse al ajedrez. Disciplinado, fue uno de los primeros en estudiar el ajedrez metódicamente. Podía trabajar en muchas cosas y hacerlas bien; gran escritor y periodista.
Junto con los maestros internacionales Luis Augusto Sánchez y Miguel Cuéllar, Boris hace parte inherente de una época gloriosa del ajedrez colombiano.
Dotado de una memoria increíble, recordaba fechas, eventos, libros, sucesos y anécdotas. En el ajedrez, recitaba posiciones de apertura, medio juego y final de manera enciclopédica. Su cultura prodigiosa me producía envidia de la buena. Era un lector voraz, cultivaba el buen español y era un defensor encomiable del buen uso del idioma.
En mi adolescencia recuerdo que salía del colegio y enseguida corría al centro de Bogotá a la Liga de Ajedrez a esperar al maestro Boris. A él le llegaba primero la información. Siempre, por las tardes, aparecía con las últimas revistas de ajedrez o el Informador yugoslavo. Allí se reunían los mejores ajedrecistas de Bogotá. Discutíamos y analizábamos partidas. Al principio no me dejaban meter la mano, pero debo agradecer a mi querido maestro que decía: “Dejen que el pelao muestre sus ideas”. Me dio confianza y esa experiencia fue una gran escuela para mi desarrollo.
Políglota, experto viajero, era uno de los ajedrecistas con mayor participación en las olimpiadas de ajedrez, ya fuera como jugador, árbitro o capitán del equipo colombiano. Disfrutaba viajar y estar junto a él; le aprendí montones. Era ideal tenerlo de analista y acompañante en los campeonatos. Igual hablaba en inglés, francés, alemán o ruso. Un gran caminante, caminaba rápido, un poco acelerado. Era su actividad física favorita. Muchas veces tenía que correr para seguirle el paso.
Estuve con él en muchos lugares; París, Viena, Moscú, Túnez… Era el mejor guía turístico que alguien pueda imaginar. Conocía los recovecos de las ciudades, supermercados, restaurantes, calles, dominaba el transporte público como si viviera allí. Conocía a todos los ajedrecistas de la élite y de la mayoría era amigo personal. Recuerdo su especial amistad con el excampeón mundial Boris Spassky. Incluso varias veces lo trajo a Colombia a realizar exhibiciones.
En uno de los resultados más importantes de mi vida, el Campeonato Mundial Juvenil de 1977, en Innsbruck, Austria, fue mi acompañante y analista. Su optimismo desbordante y gran ayuda, me dieron la seguridad para lograr el inimaginable segundo lugar.
Boris es todo un referente histórico para los ajedrecistas colombianos de todas las generaciones. Fue columnista de El Espectador, El Tiempo y la revista Cromos. Sus tres libros de ajedrez son verdaderas joyas: Jaque al olvido, Las mejores partidas del siglo XX y Mil y una partidas. Por muchos años fue el editor de la revista Alfil Dama.
De una gran generosidad, me acuerdo que hace ya algunos años se desprendió de prácticamente toda su enorme biblioteca —su mayor patrimonio—, para donarla a la liga de Ajedrez de Antioquia. El legado del maestro Boris de Greiff lo hace un personaje trascendental en la historia del deporte colombiano.
* Gran Maestro colombiano, múltiple campeón nacional e instructor radicado en Puerto Rico.