Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
La tristeza de Pep Guardiola es igual de contagiosa que su vitalidad para el barcelonismo, y como al entrenador se le ve abatido desde su renuncia, la hinchada se pregunta por las causas de su melancolía. Aunque ya advirtió que se había quedado sin energía, su aspecto no es propiamente el de un liberado, sino que expresa una cierta desorientación, como si se sintiera solo o extraviado, a veces incluso ausente, fuera de un marco al que ha dado forma y fondo de manera majestuosa. En ocasiones incluso parece que hasta Guardiola ha sido víctima de su propio Barça.
El gesto apesadumbrado del técnico ha desteñido la foto de familia que el club presentó el día de la festividad de la patrona de Cataluña, cuando el presidente, Sandro Rosell, y el director deportivo, Andoni Zubizarreta, comunicaron al mismo tiempo la marcha de Guardiola y su sustitución por Tito Vilanova. A ojos del espectador, pareció el retrato perfecto, un momento de máxima comunión barcelonista, una solución consensuada para contrarrestar la decisión más traumática. Ahora, con el paso del tiempo y vista la cara de Guardiola, hay serias dudas, empezando por una que atormenta: ¿era este el final que merecía Pep? Desde luego, no es el que podía haberse imaginado el entrenador.
A Guardiola le habría gustado separar las dos noticias que el club dio como parte de una misma información. Quería que el anuncio del nombre del nuevo entrenador, incluso siendo Tito, hubiera sido posterior en hora y fecha al de su partida. No se reparó entonces en una afirmación que con el tiempo ha adquirido más trascendencia: “Lo de Tito no es una decisión mía, sino de Zubizarreta”. Y remachó Guardiola: “Me he enterado hoy mismo de que mi sustituto era Tito”. Nadie adivinó conflicto alguno, sino que se aplaudió la actuación del director deportivo.
Al igual que Guardiola, Zubizarreta tampoco supo hasta el mismo viernes que Vilanova había aceptado finalmente dirigir al Barça. Ambos técnicos, primero y segundo, conversaron en el ensayo matinal, y una vez finalizado, a una hora de la anunciada conferencia de prensa, Vilanova respondió afirmativamente a Zubizarreta, quien a su vez informó de la decisión a la directiva; al capitán del equipo, Carles Puyol, y después públicamente.
Zubizarreta necesitaba demostrar que tenía una solución por si, finalmente, había que cambiar de entrenador y, una vez elegido Vilanova, sabía también que era imprescindible su nombramiento inmediato porque cualquier aplazamiento habría redundado en contra del propio técnico elegido y del club. Aunque Tito hubiera agradecido un margen mayor para reflexionar, el director deportivo no quería exponerse a que la demora se interpretara como un signo de debilidad.
“Anunciar que optábamos por Tito tres días después de asumir la salida de Pep era contraproducente. Nos habrían acusado de no haber encontrado un técnico mejor, de no tener plan, de no creer en nuestro modelo. Así reforzamos al nuevo entrenador, al director deportivo y al club”, coinciden en opinar algunos directivos; “no se trataba de rebajar el protagonismo de Guardiola, sino de un acto de lealtad a la entidad”. La discusión, de todas maneras, ha activado el dichoso entorno y el dramático culebrón culé ha recuperado su esplendor.
Guardiola acabó siendo víctima de su estrategia desde que decidió renovar su contrato año a año y no prorrogar el acuerdo por dos temporadas con la posibilidad de ser revisado a mitad de camino. Comunicó en octubre pasado a personas del club que seguramente no lo renovaría, afectado por el desgaste. Más que una decisión formal, se tomó como una declaración de intenciones, de manera que una y otra parte se concedieron un tiempo. No convenía precipitarse.
El entrenador fue dando vueltas al asunto y, tanto en el vestuario como en un viaje de descanso, habló con Vilanova sobre la posibilidad de trabajar en otro club o parar un año. Zubizarreta, mientras tanto, asumió la posibilidad de tener que buscar un entrenador. Puesto que tenía el convencimiento de que Guardiola, finalmente, seguiría, se imponía buscar una alternativa sin levantar sospechas. No podía abrir ninguna negociación, ni siquiera descolgar el teléfono, porque habría significado aceptar que se podía ir Guardiola y que la noticia hubiera llegado al propio Pep.
El club no quería incomodar a Guardiola, que había comprado tiempo para resolver su futuro. Las dudas, sin embargo, fueron atormentándolo, por más que alguna vez Zubizarreta bromeara con él, como cuando le ofreció dirigir al conjunto juvenil por la renuncia de Óscar García. La situación se llegó a bloquear y Zubizarreta empezó a pensar en Vilanova. El problema es que no podía verbalizar sus intenciones. No era cuestión de puentear al técnico ni de hacerlo partícipe de sus pensamientos porque podía interpretar que se renunciaba a su renovación.
Con tacto o sin él, Guardiola se incomodó y se le nota en la mirada. Igual las transiciones nunca fueron fáciles después de reinados excelsos como el de Guardiola. Le alcanza con remitirse a su obra para no tener que dar explicaciones: “Me veréis poco el pelo”, avisa. Ni Messi con el balón lo ha sorprendido tanto como su propio Barça.