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La inspiradora historia de Camilo Ospina, el jinete colombiano que reina en Arabia Saudita

Acaba de correr la carrera de caballos más cotizada del mundo, de coronarse campeón por novena vez como el mejor jockey de ese país y es el preferido del rey. Ahora se ríe de cuando empezó en el Hipódromo de Los Comuneros, cerca a Medellín, lo descalificaron y le dijeron que se dedicara a otra cosa.

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Nelson Fredy  Padilla
21 de febrero de 2026 - 09:00 p. m.
Camilo Ospina luego de ganar una de las millonarias carreras para el criadero de los hijos del rey de Arabia Saudita.
Camilo Ospina luego de ganar una de las millonarias carreras para el criadero de los hijos del rey de Arabia Saudita.
Foto: / Fotos: Cortesía de @Saudi_Racing y @JCSA_Racing
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Juan Camilo Ospina Ayala es uno de los muchos jinetes que tuvieron que irse de Colombia luego del cierre del Hipódromo de Los Comuneros, que funcionó hasta 2008 en el municipio de Guarne, Antioquia, en las afueras de Medellín. Tenía menos posibilidades en el exterior porque era apenas un aprendiz al que los comisarios deportivos llegaron a descalificar y a decirle que se dedicara a otra cosa en la vida menos a montar purasangres. (Lea una columna sobre por qué se acabaron las carreras de caballos en Colombia).

Sin embargo, el campesino antioqueño nacido en Guarne, enamorado de los caballos desde niño más que del fútbol, quería demostrar que podía ser jockey profesional y se unió a los que partieron a probar suerte en hipódromos de Chile. No encontró opciones en Santiago, la capital, y terminó en Concepción, donde tampoco le dieron montas oficiales a pesar de contar con el respaldo de profesionales de la fusta que también emigraron como Anyelo Rivera, Jesús Toro, Nelson Cajamarca, Rubén Bonilla y Héctor Salazar. A la decepción se sumaba el miedo a la tragedia porque en el Hipódromo de Chile murió en esos años el bogotano Javier Niño luego de golpearse la cabeza en una caída. Camilo recordó en rueda de prensa previa a la Saudi Cup 2026: “Fue la época más dura de mi carrera porque era dejar la primera vez el país de uno, su familia, sus costumbres, estar solo y empezar desde cero. No pude montar, pero fue la de mayor aprendizaje”.

Es una profesión de sacrificio en todos los sentidos. Implica levantarse todos los días a las 4 de la mañana para ir a entrenar los caballos que se tengan asignados; velocistas de mil metros, de medio fondo que hacen una milla o de fondo que corren hasta 2.400 metros. Aparte de mantenerse sano, un jinete debe ser pequeño y mantenerse en un peso corporal que no supere los 55 kilos. Si los pasa está obligado a bajarlos en cuestión de horas en el sauna para cumplir con la norma. Ya en carrera requiere de una mezcla de valentía, técnica, fortaleza, delicadeza e inteligencia. Desde el momento en que dan la partida, debe saber si su caballo es veloz para ganar de punta a punta, resistente para aguantarlo entreverado o atropellador para quedarse entre los últimos y atacar en la recta final. Aparte, debe evaluar múltiples factores: si la arena o la grama están secas, húmedas o barrosas, si el puesto de partida que le corresponde en suerte está cerca o lejos de las barandas, si el animal está en un buen día, si lo frena o le suelta riendas en el momento justo, si lo fustiga en la recta final o no, si encuentra el hueco por donde filtrarse, si no lo estorban o lo golpean los demás, porque a una velocidad de 65 kilómetros por hora son comunes las caídas, las fracturas con peligro de muerte al ser arrollado por animales de 400 kilos de peso, como le pasó a Niño.

“La de jinete es una profesión semiheroica”, me explicó una vez el filósofo y escritor español Fernando Savater, experto en el llamado “deporte de los reyes” y autor de libros sobre el tema como “A caballo entre milenios” (sello Aguilar, 2012) y “La hermandad de la buena suerte” (Premio Planeta 2008).

Cuando Ospina estaba a punto de abandonar ese oficio, “de tirar la toalla”, dice, el colombiano Jorge Duarte, quien fuera uno de los jinetes más destacados de la historia de Colombia y director de la escuela de aprendices de Guarne, le cambió la vida. Duarte tenía reconocimiento internacional porque había ganado para Colombia el Clásico Internacional del Caribe con la yegua Galilea en Panamá, montó con éxito en Estados Unidos y terminó trabajando en Arabia Saudita para los establos de la familia real. Él recomendó a Camilo porque le había visto talento, capacidad de sufrimiento y perseverancia.

Yo conocí a Camilo Ospina en el Hipódromo de Los Comuneros cuando siendo aprendiz ganó una de las principales competencias de Colombia, la Polla de Potrillos con el caballo Tancredi del Haras Dormello de William Yarce, abogado que era de los dueños de criaderos que confiaba en el muchacho a pesar de sus errores de principiante. Entonces de él también me habló bien Francisco Maturana, el extécnico de la selección Colombia de fútbol, que les daba oportunidad a los nuevos jinetes como dueño del Stud Clásico. Veo la revista hípica “Recta final”, de enero de 2006, donde se reseña el triunfo de Ospina con el caballo Marroquí y se destaca que en 2005 fue líder de jinetes por premios y carreras ganadas.

Cuando puedo, escribo sobre caballos de carreras porque mi familia nació luego de que mis padres se casaran tras ganar una gran apuesta en el antiguo Hipódromo de Techo, donde hoy funciona un estadio de fútbol en Bogotá. Desde pequeños nos llevaban al Hipódromo de los Andes, al norte de la capital del país, hasta que cerró por quiebra en 1987 y luego viajábamos a las carreras en Antioquia. Una historia que hace parte del libro “La vida es una apuesta”, finalista del Premio de Crónicas Planeta Seix Barral 2007 y de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), hoy Fundación Gabo.

Entonces por recomendación de Duarte, llegó Camilo a Riad, la capital de Arabia Saudita, hace ya 17 años. Se enfrentó a una cultura y un idioma desconocidos que puso a prueba hasta las lágrimas al paisa. Empezó haciendo trabajos básicos en el Hipódromo del Rey Abdulaziz hasta que, con el respaldo del entrenador argentino Julio Gardel, le permitieron demostrar que sabía montar caballos purasangre inglesa. Adaptarse no es fácil. El más reciente ejemplo fue el futbolista John Jader Durán, que apenas duró unos meses en el club All Nasar. En cambio, Ospina supo resistir, aprender y convertirse en una estrella que en ese país está a la altura de Cristiano Ronaldo. Los medios de comunicación deportivos saudíes hoy hablan del futbolista portugués acercándose al récord de mil goles y del jinete colombiano que ya superó las mil carreras ganadas y sigue sumando.

Ha ganado nueve veces las estadísticas anuales del mejor jinete y por eso ha sido escogido varias veces en representación de Arabia Saudita para la Saudi Cup, la carrera que más dinero entrega en el mundo: veinte millones de dólares. Participan los mejores del planeta, tanto a nivel de caballos como de jinetes que viajan desde Estados Unidos, Europa y Asia. El pasado 14 de febrero Ospina corrió la versión 2025 y aunque no ganó con Star of Wonder —fue superado por los favoritos, el japonés Forever Young y el estadounidense Nysos—, sí ha obtenido el trofeo al mejor jinete de esta jornada internacional en 2022, ganando el Jockey Club Handicap con el caballo Aan Alawaan del rey Abdullah Bin Abdulaziz.

Contra todo pronóstico, un colombiano se convirtió en el jinete preferido del rey y de sus príncipes herederos, una de las familias más ricas del planeta. Los jeques petroleros árabes y los mejores caballos de Oriente Medio lo tienen trabajando muy a gusto en un establo con más de 800 caballos del más costoso pedigrí y lo llevaron a terminar de primero en más de mil carreras en todas las distancias.

Ha ganado las competencias más importantes: la Copa del Rey Abdulaziz, la del rey Khaled, la del Rey Faisal, la del rey Fahad, y las de muchos príncipes. Además, es dueño de casi todos los récords en Arabia Saudita, como haber ganado siete veces el mismo día en diez oportunidades de monta que tuvo. Es ídolo de la afición saudí, especialmente de los nuevos jinetes de ese país que quieren que les enseñe las técnicas de su “estilo americano”.

“Estaba escrito en mi destino. Yo sabía que esto era lo mío. Al comienzo tuve muchos contratiempos, pero logré batallar y gracias a la constancia superé momentos muy difíciles, y creo que ya he hecho historia”, dice satisfecho desde el que se convirtió en su segundo país, donde vive con su esposa y tiene una hija nacida allá. “Hoy me siento cómodo en esta cultura, porque ya se ha abierto bastante al mundo occidental y al turismo. Cuando llegué, en 2008, era muy cerrada y prevenida con el extranjero. Fueron días difíciles porque había que esperar a que creyeran en que les iba a dar resultados y a veces las carreras no salen como se planean. Pero me adapté y llegué a la cima”.

A los 43 años de edad tiene físico, disciplina y conocimiento para seguir montado en los mejores purasangres. “Gracias a Dios todavía me mantengo bien y disfruto montar caballos de carreras”, cuenta. Ha habido jinetes legendarios, por ejemplo el estadounidense Bill Shoemaker, que corrió en primer nivel hasta los 54 años y ganó más de seis mil carreras.

Camilo Ospina conserva el acento paisa y en el pantalón de su uniforme multicolor siempre luce la bandera colombiana, tejida al lado de su apellido. Cuando dice que hizo historia es verdad, pues su nombre también ya está al lado de los jinetes colombianos más importantes de todos los tiempos: Jorge Duarte, su mentor; Marco Castañeda, que fue cuarto en el mítico Derby de Kentucky de 1983, ganó la Copa de Oro de Hollywood 1976 y más de 3.000 carreras en total; Julián Pimentel, ganador de estadísticas en hipódromos de Nueva York; Santiago Calle y Jesús Machado, destacados en España.

También ha habido jocketas colombianas como Ana Montes, que luego se graduó de abogada y llegó a ser directora de Fiscalías, y la antioqueña Carolina Zapata Robledo, que también salió del Hipódromo de Los Comuneros hacia Argentina, recomendada por Francisco Maturana, donde ganó carreras. Ella es diseñadora de modas, pero no duda en afirmar que ser jinete ha sido una de las mejores experiencias de su vida: “Sentir esa conexión de vitalidad con el caballo, cómo le fluye la sangre, me llenaba de felicidad”.

Ahora a Ospina le parece “muy cómico” recordar las primeras carreras en el HipoComuneros cuando quería llegar de primero a la meta como fuera hasta que los comisarios lo sancionaron y le dijeron “Camilo: usted no es apto para montar caballos de carreras”. Deprimido, se retiró un año de las pistas hasta que Jorge Duarte lo apadrinó y le dijo: “Usted tiene con qué. Venga que yo le voy a enseñar y va a salir jockey profesional sí o sí”.

Hoy insiste: “Por Duarte es que llegué hasta aquí”. Camilo sabe que está en sus últimos años como rey de los jinetes en Arabia Saudita. Piensa regresar a Colombia, para vivir junto a su familia en Guarne, y quiere que se reactive la industria hípica nacional para aportar algo desde su experiencia. Su vida siempre estará ligada a los purasangres.

Como sentenció el filósofo francés Michel de Montaigne en su libro de ensayos “De la vanidad”: “Lo que más me gusta es ir a caballo... si los destinos me dejasen conducir mi vida a mi gusto... elegiría pasarla con el culo pegado a la silla”.

Nelson Fredy  Padilla

Por Nelson Fredy Padilla

Periodista desde 1989, magíster en escrituras creativas, autor de cinco libros, catedrático de periodismo y literatura desde 1995, y profesor de la maestría de escrituras creativas de la Universidad Nacional, del Instituto de Prensa de la SIP y de la Escuela Global de Dejusticia.@NelsonFredyPadinpadilla@elespectador.com

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