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Hay algunas pasiones que se heredan por la sangre y oficios en los que alguien se destaca sólo por su linaje. Tener el apellido Gamboa en Colombia es sinónimo de ensillar, montar un caballo, saltar obstáculos y subir a un podio.
El coronel retirado Hugo Gamboa, su hijo Hugo Fernando y su nieto Mario Andrés, quien consiguió la primera medalla olímpica para la equitación nacional, lideran en sus respectivas generaciones, la dinastía Gamboa, que desde 1924 empezó a llenar páginas de hazañas y proezas, ambas logradas sobre el lomo de un caballo.
Coronel Hugo Gamboa, el precursor
Hace 86 años empezó esta aventura equina más por una necesidad que por un gusto, pues Hugo Gamboa sacó rápidamente su licencia para conducir su zorrero por las trochas y montañas del municipio de Colombia, en el Huila, pueblo que fue la cuna del que años después se convertiría en una leyenda.
Nadie dimensiona lo que realmente es. Al momento de socializar con él parece más un samaritano por su benevolencia que un libertador, un batallador de capa y espada, el mejor jinete del país en su momento y el fabricante de los mejores actualmente.
Y todo lo hizo cabalgando, pues prácticamente “nací a caballo”. Debido a las condiciones geográficas y a las trochas “me tocaba transportarme de esa manera para ir al colegio, al pueblo y para regresar a casa”.
Ya como bachiller el destino le tenía algo preparado aquel 7 de febrero de 1944, día en que ingresó a la escuela militar y robó las miradas de sus superiores por su destreza con los trotones, pues ya era “todo un tigre”. Incluso fue tal su desempeño que a los 20 días de su ingreso representó a la escuela en el primer certamen para este joven de entonces 24 años, y “me lo gané”, reconoce Hugo, quien con orgullo añade que lo hizo “montando a Jorgito”, uno de los mejores caballos que ha pasado por el Ejército.
Así se la pasó durante su período como cadete, ganando medallas a punta de saltos con Jorgito. Por su excelente desempeño escaló peldaños hasta ser ascendido al rango de teniente, en el que los viajes a diferentes misiones militares y a distintos certámenes le eran asignados constantemente.
Uno de los tantos periplos pasó a la posteridad en una época de violencia en el país, en la que los grupos guerrilleros cobraban más fuerza. El 6 de enero de 1953, al mando del grupo de Caballería General Páez, el teniente Gamboa emprendió su viaje a los Llanos Orientales con el fin de apaciguar los ataques por parte del grupo armado. Su liderazgo convocó, y a los tres meses de combate, ya 3.500 hombres lo acompañaban en la lucha, hecho que le hizo pensar encontrar un territorio para dichas personas, desarraigadas desde 1949. Por eso el 15 de agosto fundó San Luis de Palenque, en Casanare.
Tantos regocijos encima de un caballo ya eran camisa de fuerza para que sus cinco predecesores siguieran sus mismos pasos y decidió retirarse del Ejército, después de 20 años de servicio, para dedicarles tiempo y enseñarles a cabalgar. La creación de Surala, una escuela de equitación construida en la calle 138 con carrera 50 en el norte de Bogotá, “cuando todo era potrero”, cuando incluso le tocaba “arrancar los cultivos de cebolla y de papa para poder montar”, era la excusa perfecta para contagiar a sus cinco ‘potrillos’.
El campeón de su generación
Y fue inevitable contagiarse de esa pasión. En lugar de juguetes, recrearon su infancia ensillando caballos, saltando, arriando y abriendo trocha en la región a la que eran trasladados a causa del cargo de su papá.
Los cinco se enamoraron al igual que su padre y hoy en día están involucrados con los caballos. Pablo Enrique es entrenador con un tipo de escuela más pequeña; Luis Gonzalo está en el continente asiático, manejando la equitación de Libia; Hugo Fernando realiza la misma función, pero en Colombia; Juan Carlos no los monta, pero sí los cura como veterinario, y Javier construye, pero “también monta”.
Aunque la pasión y la destresa son casi las mismas, el talento lo mostraron unos por encima de otros. Y si de distinciones se trata, Hugo Fernando, al mando de su caballo Guayacán, se convirtió en el mejor de su generación. Así lo sustentan sus múltiples coronamientos en torneos nacionales, sus destacadas participaciones en eventos de índole internacional, como en las Olimpiadas de España en 1992, en el que si bien no tuvo un buen resultado por la inexperiencia de su caballo, se convirtió en el orgullo de la familia.
Pero la cresta de su vida estaba lejos de aquella fecha en Barcelona. La pasión por los caballos lo uniría con Carmen Gloria Gamboa, actual presidenta de la Fedecuestre colombiana. Con ella ha compartido las dos alegrías más grandes de su vida: Mario Andrés y Hugo Daniel, a quienes los guiaría por el mismo camino en su papel de director de la academia familiar que después de diez años desde su creación cambiaría su nombre al de Centro Ecuestre Gamboa.
Fue por eso que al ver el talento de sus dos hijos, de los cuales Mario Andrés fue el que “lo tomó en serio”, se vestiría de mentor y poco tiempo después viviría, como si fueran propios, los triunfos más importantes del pequeño de la familia y del país.
El alumno que superó a sus maestros
La única diferencia de él con sus antecesores es que en lugar de tener un álbum familiar y de honrar todos los trofeos de su casa, como lo hace su abuelo, de sostener un fino trago mientras habla, como su padre, mientras habla con sus invitados, Mario Andrés, de 17 años, sostiene un BlackBerry en la mano, diferencia que no significa que no posea el talento de los dos anteriores, todo lo contrario.
Por unanimidad los tres concluyen, así como cuando afirman que el caballo Amor Brujo es el ave de mal agüero de la familia y cuando aseguran sin lugar a dudas que Millonarios es el mejor club de fútbol, que el coronel Gamboa “es el más destacado” de toda la dinastía por haber sido el precursor. Pero por pergamino haber conseguido la primera medalla olímpica para este deporte en Colombia hace un par de semanas, Mario Andrés, quien desde categorías juveniles se destacaba montando su caballo favorito, Liberty, y usando como agüero su justa y sus espuelas favoritas, es el mejor de la familia y del país.
El momento de su coronación en Singapur en los Juegos Olímpicos de la Juventud pasará a la posteridad para toda la saga Gamboa, y más porque allí se encontraban su abuelo, sus padres y sus tíos. Es sin duda el “mejor triunfo de la familia”, pues pese a que “fui campeón suramericano, panamericano y demás, éste (Mario Andrés) consiguió una Olímpica”, dice Hugo Fernando sacando pecho por su pupilo.
La familia Gamboa ha sido la cuna de numerosos triunfadores humanos y animales, porque corceles como Mafia, Firpo, Palenque, Jorgito, Liberty, Palomeque y hasta Amor Brujo han sido considerados como parte de la casta, los han apreciado como dignos gladiadores. Así como los colombianos aprecian a cualquiera que esté trepado en un caballo y que lleve el apellido Gamboa, como un adalid de la equitación en el país, un deporte a pura sangre.