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Noviembre 30, 1993
Enfermo de fútbol, bum, bum… Infectado de futbolitis aguda, crónica y sin remedio. Contagiado por el virus de la pelota, el virus de esta pelota, pafff, paffff, que cada vez contagia a más y más gente, y que se multiplicará seguramente hasta la enésima potencia… Yo caí en los delirios febriles del juego, y del juego de la pelota, para ser más precisos. Mis citas eran de fútbol, mis conversaciones todas, o casi todos giraban alrededor de la pelota. Casi que veía partidos para hablar de ellos, y leía sobre fútbol para competir con quien fuera sobre datos inútiles, vacíos. ¿El ejercicio del vacío era como lo había definido Sofía, mi novia por aquellos días del comienzo de esta historia? No, no, ceremonia del vacío fue que dijo, sí. Y con razón.
A mí me eligieron de marioneta unos tipos porque alguien les dijo que era el perfecto idiota útil delirante de fútbol que haría lo que fuera por el fútbol. Y me fueron llevando a su juego con pequeñas pistas que eran pequeños regalitos, golosinas futboleras que yo me tragaba con deleite. Una y otra y otra vez. Una revista, un libro, una pelota histórica, un boleto para ir a ver fútbol, una radio, una camiseta. Fútbol y más fútbol. Pum, pum… De tanta golosina, y tanta pista y citas acá y allá, y personajes oscuros y no tan oscuros, me metí en la historia que ellos estaban inventando, organizando, y me creí el cuento del fútbol limpio, ese que salía en los diarios y por la radio y la televisión y que yo ayudaba a difundir.
En realidad, yo era un simple señor periodista que había cambiado viajes en primera, premios, regalos y comidas por decirle mentiras a la gente, por escribir lo que me ordenaban que escribiera, y así volverme importante, imprescindible para el sistema, uno de tantos sistemas, que era lo que necesitaban acá.
Creí que el mérito era mío. Dele. Que ellos sólo podían seguir con sus objetivos, con su expansión y dominio si yo publicaba mis notas, y luego, tal vez, un libro, qué inocente, pues lo que yo escribía, mis notas, eran las que ellos querían. Ellos investigaban lo que querían investigar y yo ponía mi nombre. A veces, hasta escribían algunos párrafos. Yo siempre lo supe, para qué nos decimos mentiras. Callaba porque cada día era más importante, claro. Sin mis textos, y los de otros incautos como yo, ellos no hubieran podido engañar a este país. Sin nuestras investigaciones, no habrían puesto a tantos en la Federación, en los clubes, en las instituciones oficiales, en los juzgados, señores encopetados que se vendían como yo, o que sucumbían ante las amenazas.
Una ley a cambio de un silencio, la firma de un traspaso para que no publicitemos los hechos oscuros de ese firmante, hechos oscuros que yo ayudaba a construir. ¿Ve cómo va esto? Todo a su favor. Todo mentira. Y yo, como el prohombre de la libertad, el adalid de la denuncia, el ejemplo a seguir. Más y más falsedades. Yo era de ellos, su hombre en la redacción, siempre dispuesto, siempre diligente. Si hasta llegué a pedirles que organizaran el arreglo de un partido de alto vuelo para tener la primicia. Y lo hicieron, con mucho gusto, y movieron hilos para que yo me ganara uno de sus premios de periodismo por la “chiva”, porque hasta eso lo manejaban al dedillo.
Hasta que un día me di el totazo del siglo, cuando me enviaron una nota escrita por ellos para que publicara la noticia de mi desaparición.
IGNACIO MEJÍAS
Si dormí aquella noche, no lo tuve muy en claro a la mañana siguiente. Recuerdo que sudé y di mil vueltas por mi habitación, que me tomé no sé cuántos vasos de agua y una especie de pócima de leche con tomillo y miel, que me cambié la camiseta con la que me había acostado y me cercioré de que la del Fluminense estuviera en el fondo del canasto de la ropa sucia, encendí velas y las apagué. Fumé. Revisé algunos periódicos que tenía sobre la mesa de noche y me perdí en viejos partidos de fóbal y en ídolos de otros tiempos. Leí. Decidí que a partir de ese día en la tarde leería todo lo que tenía pendiente. Hice muecas de fastidio conmigo y me mofé de la cara de seguridad que vi al reflejarme en un manchado espejo que Sofía había dejado en una pared, y claro, del espejo pasé a Sofía, y de Sofía al amor, y del amor al desamor, y del desamor al dolor y del dolor al hambre y preparé un sándwich de queso y seguí fumando.
La vida era como el fútbol, sin más, sin menos, como había dicho César Luis Mennotti. Para él, la vida era como el fútbol y viceversa. En una entrevista había hablado sobre su ídolo, el Gitano Juárez, y había contado que la tarde de su debut con la camiseta de Rosario Central, fines de los cincuenta, y a pocos minutos de que se terminara el primer tiempo, Juárez le dio un balón unos metros más delante de la mitad de la cancha.
LOCUTOR, ACENTO ARGENTINO:
La pelota se desliza hacia Mennoti. Un paso, dos pasos, un toque. Ahora el balón, brillante como la tarde, vuelve a los pies del eterno Juárez, botines negros, mirada levantada, el bigote de moda que acentúa su rostro trascendental. Y otro toque. La bola pica en un montículo y se desvía de su destino. Mennoti la mira, pero se queda en su lugar, estático. No sabe si ir y dejar su espacio despoblado para una posible contra, o buscar un milagro. Sin embargo, ni Mennoti ni el milagro llegan, y la pelota acaba en los pies de un rival…
IGNACIO MEJÍAS
El juego no tenía pausas. Pasados unos momentos que fueron jugadas sin trascendencia, el árbitro pitó el final de los 45 minutos iniciales, y tanto Juárez como él y el resto de los jugadores de Rosario Central se dirigieron a los vestuarios. Cuando bajó los escalones, en un pasillo, el Gitano se le paró enfrente, lo llevó contra una descascarada pared y le dijo,
VOZ ARGENTINA, RONCA
Pibe, a los amigos no se los deja solos. Si te la dan, la buscás, siempre, y si te la dan larga, igual la buscás.
IGNACIO MEJÍAS
Cuando leí la frase del orsai de la carta que me enviaron, una de las primeras cosas en las que pensé fue en aquello de que el fútbol era como la vida. Yo había estado en orsai mil y más veces en mi vida, y lo seguía estando, porque el fútbol todo, absolutamente todo, estaba en orsai. Y yo hacía parte de ese podrido andamiaje. La carta, doña Carlota, el periódico en el que no tenía con quién hacer una pared, el amor con y por Sofía y el amor mismo en todos los posibles sentidos, eran algunos de mis recurrentes fueras de lugar, y en esos orsais iba pensando cuando me fui a encontrar con el personaje de la cita a las afueras de la Porciúncula, en punto de las seis. Agarré el bus a las cinco y cinco, y por supuesto, le rogué a todos los santos sin mácula de los tráficos y tránsitos bogotanos para que no se manifestaran esa tarde. O no con demasiada fuerza.
CARMENZA HIDALDO
Qué puntual, señor Mejías. Tenga usted buena tarde.
MEJÍAS JOVEN
Bueeeeenassss. (TONO DE acá vamos otra vez)
IGNACIO MEJÍAS
Sería por el frío o por los nervios o la señora, pero por más de que quise, no me salió más que aquel Bueeeeenasssss, hasta medio sórdido, diría. La señora Hidalgo de nuevo, incluso más señora en todo sentido que antes, me hizo señas para que la siguiera y me llevó a una especie de salón que los curas de la Porciúncula habían organizado, supuse, para momentos como aquel, y que el día en el que conocí a la señora Hidalgo estaba ocupado. Esta vez iba vestida de saco y de falda, un traje azul oscuro y zapatos negros de tacón alto.
CARMENZA HIDALGO
¿Café? ¿Té? ¿Una aromática? ¿Agua?
IGNACIO MEJÍAS
Su voz, su tono, su acento y la pronunciación parecían esa tarde salidos de una película doblada. Sin esperar mi respuesta, me hizo señas de que la aguardara un instante y retornó con una bandeja, dos jarras, una azucarera y tres vasos. Luego se sentó frente a mí.
CARMENZA HIDALGO
Yyyyy, cuénteme… ¿Se siente en orsai? Y más y mejor, ¿Ya supo lo suficiente de Marcela Noguera? (Tono sonriente)
IGNACIO MEJÍAS
Mi anfitriona, o lo que fuera, señaló los cuadros de santos, de pontífices y cardenales colgados al milímetro en aquella habitación, se sentó al borde de su sillón y se alisó la falda, en una suerte de gesto de pudor ante semejante catarata de santidades, o eso pensé yo, y me preguntó si era creyente.
CARMENZA HIDALGO
¿O algo así?
MEJÍAS JOVEN
No lo sé, no lo sé a ciencia cierta, mejor dicho, a cabalidad. Tampoco, qué puede ser eso de “algo así”.
CARMENZA HIDALGO
Algo así viene siendo místico, esotérico, pasional… Algo así, ja.
IGNACIO MEJÍAS
Si de alguna cosa estaba seguro en aquel momento, era de eso: todo variaba para mí. Mis gustos, razones, mis pensamientos. La señora Hidalgo no me hizo ninguna pregunta más y a mí no se me borraba su beso de judas de la otra noche. Tampoco musitó palabra. Con cada segundo que transcurría, yo me sentía más inseguro. Tal vez con aquel silencio lo que aquella mujer pretendía era eso. Cuando la miraba a los ojos, como para ver si algo iba a ocurrir, ella sonreía. Pasados unos minutos, dos o tres que parecieron cien, le señalé los tres vasos que había dispuesto en la bandeja, pero sonrió de nuevo con el mismo gesto de diplomacia y paciencia de antes. Debían ser las seis y cuarto cuando decidí que contaría hasta 30 para largarme de allí, y lo hice en una voz baja pero lo suficientemente alta como para que fuera audible por la señora Hidalgo. Volvió a sonreír y trató de aclararse la garganta.
CARMENZA HIDALGO
Ya, ya está por llegar la tercera persona en cuestión. Excúsenos la pequeña demora.
IGNACIO MEJÍAS
Escuché unos pasos, y un segundo más tarde, di media vuelta y me sorprendí una vez más: la tercera persona era otra mujer, vestida de traje gris oscuro y como la señora Hidalgo, ni alta ni baja ni delgada ni pasada de kilos. Se sentó en una pequeña silla de brazos al lado mío, se inclinó para servirse agua, y me llamó por el nombre, con un don que lo precedía y que lo hacía exclusivo. En realidad, todo lo que dijo e hizo esa tarde noche aquella señora, Hortensia la Fayette, me pareció exclusivo. Nada más de entrada, y luego de tomar un poco de agua, me preguntó si estaba bien, si me habían tratado como correspondía, mirando de soslayo a su compañera y sonriendo.
MEJÍAS JOVEN
Digamos que sí, aunque aún no tengo ni idea de qué hago acá.
HORTENSIA LA FAYETTE
Es muy sencillo… Ya le vamos a contar.
IGNACIO MEJÍAS
Luego de sus palabras, la señora La Fayette se levantó, fue a una esquina y tocó una campanita que colgaba del techo.
HORTENSIA LA FAYETTE
Ya sabemos que le gusta mucho el fútbol, o el fóóóóbal. Mucho gusto, a propósito, mi nombre es Hortensia la Fayette, y a su servicio.
IGNACIO MEJÍAS
Me tendió su mano, y tanto ella como la señora Hidalgo sonrieron, y mientras sonreían, dos señores vestidos de paño oscuro, camisa blanca y corbata ingresaron a la sala con tres cajas plateadas que dejaron en el piso.
CARGADOR UNO
Usted dirá, señora la Fayette.
IGNACIO MEJÍAS
Ante una seña suya, el señor que había hablado hizo una leve venia y se llevó consigo a su compañero. Ante tanta solemnidad, yo me enderezaba en mi asiento y trataba de arreglarme el saco, el pantalón, y lamentaba no haberme vestido al menos de paño. Apenas los dos trasteadores se retiraron, tanto la señora la Fayette como Carmenza Hidalgo se inclinaron hacia las cajas y empezaron a abrirlas. Sin tanta venia y tanto don, empecé a sentirme un poco más relajado. Eran las seis y cuarenta y cinco. Ya había oscurecido y el ruido de la calle se había diluido. Aquellas dos mujeres cortaban cintas y pedazos de cartón, y a lo lejos, un perro ladraba. Hasta imaginé que estaba del otro lado de la puerta, pero mi película se cortó de repente cuando Carmenza Hidalgo sacó un paquete envuelto en papel celofán, amarrado por cuatro cuerdas de distintos colores y grosores, y lo depositó frente a la señora la Fayette.
HORTENSIA LA FAYETTE
Aquí está nuestro asunto, o el primer paso de nuestro asunto, señor Mejías.
IGNACIO MEJÍAS
Sin mirarme, retiró las cuerdas que ataban el bloque con sus dedos delgados, y una marca blanca en el anular de la derecha me llevó a imaginar su pasado, o parte de él. Su vida de casada, sus primeros amoríos, el amor, y luego la dicha de un matrimonio y la boda, y tal vez uno o dos hijos, y tal vez, también, un amante por ahí, y la desidia, la monotonía, ver a su marido y no querer ni hablarle, y menos, escucharlo, y las discusiones y los conflictos, las peleas, los insultos, el adiós, un divorcio, los papeles, las firmas y las formas, los abogados, quién se había quedado con qué, y los hijos, que habían llorado por la ruptura y porque se sentían culpables de esa ruptura, los hijos, que querían quedarse con el papá aunque la norma fuera que se quedaran con la madre.
Esa madre que terminaba de abrir un paquete y de doblar en cuatro el papel celofán que había sobrado, esa madre que al inclinarse había permitido que se le subiera la falda una cuarta arriba de la rodilla, esa madre que en un momento de sofoco se había quitado la chaqueta, tal vez para que yo mirara su blusa de seda y quisiera ver algo más, esa madre, en fin, que se descuidaba de tanto en tanto y dejaba que su escote se abriera o que lo hacía a propósito, y que sacó del paquete desenvuelto un arrume de revistas de Orsai, diez o quince, dos balones del tiempo de upa, un banderín, una camiseta vieja de Brasil, y que colocó todo sobre la mesa de centro y luego se levantó para ir a lavarse las manos en un aguamanil muy de iglesia que estaba ubicado bajo un crucifijo, en la primera pared a la izquierda de la puerta. Esa madre, o esa posible madre y esposa que quizá ni siquiera se llamaba Hortensia la Fayette.
HORTENSIA LA FAYETTE
Esta es la primera tarea.
MEJÍAS JOVEN
¿Puedo ver?
IGNACIO MEJÍAS
Las dos asintieron. Yo tomé aquel primer grupo de revistas y empecé a hojearlas. En la primera estaban en la portada Aldo Poy, Héctor Chazarreta y Mario Kempes, con una camiseta de la selección Argentina, los tres, muy jóvenes y a la moda de aquellos primeros años 70. El pelo largo, bigote, en el caso de Poy, y una mirada que buscaba atravesar a quien se interpusiera en sus caminos. Adentro, un periodista que firmaba como Pedro Rosas contaban la historia de la selección que fue a jugar un solo partido en La Paz, Bolivia, a 3.600 metros sobre el nivel del mar, durante el mes de agosto de 1973, para buscar la clasificación a la Copa del Mundo del 74. La idea había sido prepararla para enfrentar los efectos de la altura con jugadores alternativos.
Era una especie de Argentina B, que venció uno por cero a los bolivianos con un gol de Óscar Fornari, y que fue llamada por los periodistas como los fantasmas. Con los meses se fue sabiendo que aquel gran gesto de organización fue en la realidad una pesadilla para los futbolistas elegidos. Dijeron que los habían llevado hasta Santa Cruz de la Sierra y que los habían dejado allí, a su suerte, con unos cuantos baúles repletos de uniformes, un directivo que sacaba dinero de las piedras y que les prometía que todo estaba por solucionarse, y casi nada más. A veces entrenaban, a veces tenían que saltarse una comida, y acabaron por inventarse partidos contra equipos semiprofesionales de Santa Cruz o de La Paz a cambio de una cena, de un desayuno o de unos devaluados pesos bolivianos.
HORTENSIA LA FAYETTE
Parte de la historia.
HORTENSIA LA FAYETTE
Estas cajas están llenas de revistas. Acá hay 37, para ser exactos. La cuestión, ahora, es que las vaya viendo, mejor dicho, o que se las aprenda de memoria, si es posible, para ver si descubre en alguna parte un código que se han enviado a través de estas Orsais algunos apostadores. Esta es la selección que hemos hecho con un grupo muy cuidadoso. Mejor dicho, estas 37 revistas solamente llegaron a 37 personas acá en Colombia.
MEJÍAS JOVEN
¿Y se comunican por acá? ¿No sería más fácil que hablaran o algo así?
HORTENSIA LA FAYETTE
Jaja… Son apostadores, señor Mejías. Trabajan a la sombra de las autoridades y del engranaje del fútbol. Por ahora se comunican así, pero pretenden extender el sistema. Acá les dicen quién va a ganar y quién va a perder, y otros detalles sobre los que también corren las apuestas, y nadie puede detectarlos.
MEJÍAS JOVEN
Pero esto es como buscar una aguja en un pajar.
HOTENSIA LA FAYETTE
Un camino de mil millas se inicia con un paso, decían los sabios chinos miles de años atrás, para seguir con los dichos.
MEJÍAS JOVEN
O sea… ¿Y esto para cuándo y a cambio de qué? ¿Y las pelotas y la camiseta son también códigos?
HORTENSIA LA FAYETTE
Esas son regalos para usted, si nos permite. Los balones de las finales de los Mundiales del 50 y del 62, y la franela de los campeones del mundo del 58. Y su tarea, para cuanto antes. Ahora le digo a cambio de qué. El hecho es que… ¿A qué día estamos hoy?
CARMENZA HIDALGO
A 30 de agosto, 1993.
HORTENSIA LA FAYETTE
Bien, bien, gracias. El asunto es que usted va a viajar el viernes a Buenos Aires para cubrir el partido de Colombia y Argentina, y allá también tendrá otra pequeña misión.
MEJÍAS JOVEN
Pero cómo, si nadie me ha dicho nada.
HOTENSIA LA FAYETTE
Tranquilo, que ya le dirán y le entregarán los pasajes y todo lo que necesitamos.
IGNACIO MEJÍAS
Yo pasaba las hojas amarillas de aquella edición de Orsai en automático, y tocaba los balones y la camiseta y pensaba que sería imposible verificar qué tan genuinas serían. Estaba a punto de explotar, como si hubiera hecho un gol en el último minuto.
MEJÍAS JOVEN
¿Ne-ce-si-ta-mos?
HORTENSIA LA FAYETTE
Sí, claro que sí, somos varios los que estamos en esto, ya los irá conociendo, o no, dependerá, y tendremos tiempo de conversar todos sobre las investigaciones que usted irá haciendo.
MEJÍAS JOVEN
Ah, pero qué bien, muy bien, es decir que ya decidieron que les voy a contestar que sí.
HORTENSIA LA FAYETTE
Es que usted no va a poder negarse.
MEJÍAS JOVEN
Todo eso suena a películas de mafia. ¿Y si me voy en este preciso momento que van a hacer, a ver?
HORTENSIA LA FAYETTE
Póngale el nombre que usted prefiera, señor Mejías, pero a propósito de mafias y de todo este asunto, y para darle más esa idea, le pido muy encarecidamente que no comente lo que ha visto ni lo que hemos charlado con nadie.
CARMENZA HIDALGO
Es hora.
MEJÍAS JOVEN
No, no es ninguna hora, nada de Es hora, o sí, es hora de que me aclaren.
CARMENZA HIDALGO
Con envalentonarse no va a sacar nada.
MEJÍAS JOVEN
¿Pero en serio ustedes creen que yo soy su marioneta?
CARMENZA HIDALGO
Es hora.
IGNACIO MEJÍAS
La señora Hidalgo le dio dos golpes a su reloj con el dedo índice de su mano derecha, se levantó y se esforzó en regalarme una sonrisa. Yo levanté mis manos, me puse de pie, resoplé, dije cosas que ni recuerdo.
MEJÍAS JOVEN
Y así sin más se largan y me dejan acá con todo esto, y aparte, me amenazan…
LA FAYETTE
Si usted considera que su pasado es una amenaza, es asunto suyo. Pero yo creo que sí, que es una amenaza, y latente, late, está latiendo en este instante y usted lo sabe.
IGNACIO MEJÍAS
La Fayette me observó de los pies a la cabeza, me hizo un gesto de Ya sabe, o de No juegue con nosotros, y se fue detrás de su amiga, o de su compañera. Yo supuse que era tiempo de marcharme. Agarré las 37 Orsais, las guardé en un maletín de cuero que había desempolvado y brillado para aquella reunión, y empecé a caminar hacia la salida. Por unos segundos, me quedé estático en la mitad de aquella sala, sólo para tratar de recordarla después.
MEJÍAS JOVEN
No, no, esto no se acaba acá, mis distinguidas señoras (EN VOZ MUY BAJA).
IGNACIO MEJÍAS
No supe si persignarme al salir o si irme como el viento, sin más, pero por si acaso, me di la bendición a toda velocidad frente a un crucifijo de casi un metro que habían clavado al lado de la puerta por la que habían salido mis jefas, por llamarlas así. Cuando llegué a la calle ya estaba oscuro y la gente terminaba de irse de sus trabajos hacia sus casas. Habían cerrado el café del Palomar, y apenas había luz a la entrada del Granahorrar, así que me desparramé en las escaleras y fui sacando una tras otra las revistas que había guardado. Quería leerlas todas de una vez. Atragantarme de fóbal y de orsais, de petisos y pibes y fiacas y de ese mundo que era mucho más que un mundo de letras y de fotografías. Leía, miraba lejos, pensaba, recordaba, se me atravesaban las señoras Hidalgo y La Fayette, las mafias, El Padrino, Marcela Noguera, la foto del hijo del tipo de la merca. Me mordía los labios. Miré el reloj. Eran ya las diez de la noche. Cuando empecé a guardar todo, de unas páginas salieron tres fotos. Un niño en el colegio, en su casa y de la mano de su mamá, seguramente. Stéfano, Stéfano, y Anabell y Stéfano, decían por detrás, en letra muy pareja.
Enseguida saqué de un bolsillo el papelito con la dirección del tipejo de la merca y decidí pasarme por ahí. Era relativamente cerca de mi casa. Aún me quedaban seis horas para que se cumpliera el plazo que me había dado la Noguera, pero se había dado el milagro de que ya tenía las fotos, alguien había hecho el milagro y sabía. Guardé los Orsais a toda prisa, recogí el maletín y me fui caminando por la Once. Desemboqué en la Trece, pendiente de que pasara alguno de aquellos buses nocturnos y piratas que hacían las rutas de la ciudad después de las ocho de la noche, aparatos grises de líneas rojas o verdes, repletos de polvo y barro, con la cojinería hecha pedazos, que viajaban casi de medio lado a lo que diera el motor. Sobre la 63, se detuvo uno luego de chirriar sus llantas y de que el asistente del conductor me gritara por la ventanilla lateral que corriera. Y corrí, con mi maletín bien pegado al brazo, y me subí por la puerta de atrás cuando el bus empezaba a retomar su ritmo vertiginoso. Pagué a los bamboleos con un billete de diez y recibí las vueltas mientras trataba de agarrarme de un tubo que alguna vez debía haber sido plateado.
Créditos capítulo VII
Futbolear, esta audionovela de El Espectador, fue creada y escrita por Fernando Araújo Vélez
La producción y la dirección actoral estuvieron a cargo de Andrés Osorio Guillot y Joseph Casañas
La captura de audio fue responsabilidad de la unidad audiovisual de El Espectador
La edición y el montaje sonoro estuvieron a cargo de Jessica Angulo
Este capítulo contó con las actuaciones de
Fernando Araújo Vélez en el papel de Ignacio Mejías
Joseph Casañas como Ignacio Mejías joven
Antonia Villalba como Carmenza Hidalgo
Hortencia La Fayette como Cindy Morales
El Locutor argentino fue interpretado por Victor Pintos
Los invitamos a escuchar el siguiente capítulo
