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Un quinto lugar en los Juegos Paralímpicos de Londres 2012 fue la motivación que necesitó Mauricio Valencia para cambiar su manera de entrenar. Ese día se dio cuenta de que no estaba muy lejos de los mejores en el lanzamiento de bala y jabalina, pero entendió que para superarlos sería necesario entrenar mucho más duro, prepararse de una manera diferente y ser más profesional. Con el apoyo de Indervalle, se grabó en su mente la posibilidad de ser campeón paralímpico cuatro años más adelante y comenzó su sueño dorado. En Río 2016 no falló y se colgó un oro y un bronce, se metió en la historia del país como el primer paraatleta en hacer esta gesta y su motivación creció aún más porque entonces todo consistiría en seguir preparándose para mantener ese desempeño superior.
Mauricio tuvo una lesión llamada diplejía, que impide el movimientos de sus piernas. Sin embargo, esto nunca afectó su vida ni las intenciones de querer salir adelante, pese a las adversidades. Su subsistencia fue normal, a pesar de tener que moverse en una silla de ruedas o de caminar con dificultad. Creció en Villavicencio y cuando terminó el colegio estudió ingeniería de sistemas; pero a la hora de conseguir trabajo no fue fácil, porque a causa de su condición le cerraron las puertas en el mundo laboral y fue el deporte el que apareció como salvación. Pero sin su fuerza nada hubiera sido posible.
Fuerza para hacer caso omiso a las críticas, para que las burlas no lo afectaran. El no sentirse diferente sino especial. También tuvo la fuerza de siempre sonreírles a las adversidades y se acostumbró a gozar de la vida sin importar cuáles fueran las circunstancias por las que estuviera pasando. El inicio fue casual: en un gimnasio se cruzó con un entrenador de levantamiento de pesas, quien lo invitó a dejarse guiar por él. Su cuerpo comenzó a cambiar, se volvió más musculoso y fuerte. A los cinco meses de seguir esta rutina ya alzaba 105 kilos sin sufrir.
Decidió comenzar a participar en competencias y en la primera oportunidad obtuvo un meritorio quinto puesto. Un mes más tarde viajó a Bogotá y un entrenador cubano quedó sorprendido por su potencia y fuerza; no obstante, al ver que también era ágil, le recomendó que intentara con los lanzamientos, de jabalina, bala y disco.
Pocos días después conoció a Marcela Ramón, quien le dijo que se clasificara para hacer parte del sistema paralímpico en Colombia, pues por su parálisis podría participar. En el Meta no lo apoyaron mucho, así que en 2010 se fue al Valle, en donde le han dado todo. A los seis meses ya estaba ganando oros en jabalina, bala y disco. Ahí confirmaron que era un buen lanzador. En el segundo torneo ganó tres oros, en el tercero logró un récord nacional. Al año siguiente salió del país, hizo dos platas y récord americano. En los Panamericanos ganó y en Londres 2012 fue quinto. Siguió por ese camino y su consagración fue en Río 2016, cuando ganó un oro y una plata.
Los éxitos y la fama no lo han cambiado. Sigue siendo el mismo joven que evadió el bullying por su forma de caminar, en Meta, y que ahora es el orgulloso padre de Máximo, su más grande motivación a la hora de competir. En los Parapanamericanos de Lima cumplió su meta de dos oros en sus especialidades, pero sus sueños son más grandes y lo que más quiere es revalidar el oro paralímpico en Tokio, pero que no sea uno sino dos.