Una de las imágenes más emblemáticas que ha dejado la historia de los Juegos Olímpicos es la de aquel maratonista que cruzó la línea de meta bajo el arco triunfal de Constantino descalzo. El 10 de septiembre de 1960, el hasta entonces desconocido corredor de maratón de Etiopía, Abebe Bikila, salió a la carrera de maratón. Precedió no solamente a batir un récord mundial de maratón, sino también a ser el primer atleta africano negro en ganar una medalla de oro olímpica.
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Hijo de un pastor, Bikila trabajó originalmente como guardaespaldas de la familia real etíope, época en la que exploró su potencial atlético durante sus sesiones de entrenamiento. Pero, a pesar de su promesa inicial, nunca fue el favorito para ganar en los Juegos Olímpicos de 1960; de hecho, estuvo a punto de no hacer parte de la delegación de Etiopía.
Bikila solamente encontró un lugar en las justas porque otro corredor, Wami Biratu, que iba a competir en Roma, resultó herido en un partido de fútbol. Días antes de la carrera, Bikila voló a la capital italiana para ocupar el lugar de Biratu.
Llegó con un par de zapatillas para correr en la mano, usadas del entrenamiento. Se intentó probar un par nuevo, pero le salieron ampollas. El día del maratón, Bikila decidió dejar esos zapatos que no le quedaban bien y hacer algo que era impensable para la mayoría de los atletas: correr descalzo.
La épica carrera comenzó por la tarde y continuó hasta la oscuridad, para combatir las altas temperaturas del verano en Roma. En los momentos finales del maratón, Bikila estaba empatado con uno de los grandes favoritos para ganar, el marroquí Rhadi Ben Abdesselam.
Cuando Bikila cruzó la línea de meta tenía 25 segundos de ventaja, terminando el maratón con un tiempo final impresionante y récord de dos horas, 15 minutos y 16,2 segundos. Su triunfo fue aún más significativo no solo por el hecho de hacerlo sin zapatos, sino porque ocurrió en la capital del antiguo ocupante militar de Etiopía. Cuenta la leyenda que hizo su movimiento decisivo en la carrera justo cuando pasaba por el Obelisco de Axum, un monumento que Benito Mussolini había traído del país africano como botín de guerra.
Cuando se le preguntó sobre su decisión de correr el maratón descalzo, afirmó: “Quería que el mundo supiera que mi país, Etiopía, siempre ha ganado con determinación y heroísmo”. Y por primera vez el mundo entero vio por televisión el heroico esfuerzo de Abebe Bikila que lo convirtió en leyenda.
Con una medalla de oro colgada en su cuello, Abebe regresó a Etiopía, como un héroe, y cuatro años más tarde, regresó a los Juegos Olímpicos de Tokio a defender su logro. En esas justas de 1964, se convirtió en el primer atleta olímpico en defender una medalla de oro. Como en Roma, impuso un récord mundial con un tiempo de 2 horas, 12 minutos y 11,2 segundos, tres minutos más rápido, pero esta vez lo hizo usando zapatos.
Puma, en ese entonces bajo la presidencia de Rudolf Dassler, le pagó un aproximado de un millón de dólares para que corriera el maratón usando el modelo Osaka. Para lograr que el gran Abebe Bikila aceptara la oferta de usar sus zapatillas en las justas de Tokio, estas fueron diseñadas para imitar la sensación de correr descalzo. Su diseño contó con una entresuela ligera y flexible con secciones recortadas para reducir aún más el peso y un cuello acolchado para que el calzado fuera lo más cómodo posible durante el maratón.
Sin embargo, tal vez su mayor triunfo no fue en las calles de Roma o Tokio, sino en el legado indiscutible que dejó, como lo revelan las décadas sin precedentes de dominio en las carreras de fondo por los deportistas de África Oriental.
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