Estas semanas, en medio del Mundial de Clubes que paralizó la atención de los futboleros de todo el planeta, en redes sociales hubo algunas burlas. Principalmente de los hinchas europeos, que calificaron el nuevo torneo de la FIFA como una “copa de galleta”. El mismísimo presidente de LaLiga de España, Javier Tebas, calificó el evento como si fuera “cualquier torneo de pretemporada” y alertó que haría todo lo posible para que esta competición no volviera a ver la luz.
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Mientras el debate giró en torno a si los grandes del Viejo Continente se tomaron el torneo en serio, equipos como Fluminense y Al-Hilal dieron batacazos que sacudieron el tablero: el primero eliminó al Inter de Milán; el segundo, al Manchester City.
Al final, eso sí, los europeos volvieron a imponer su hegemonía. Porque más allá del talento y la garra, hay un abismo: la diferencia entre continentes es organizativa, estructural… y económica. Esa es la verdadera brecha y pesa como un yunque. La copa no es tan de galleta, después de todo.
El PSG, que goleó al Real Madrid y llegó a la final, ya ha embolsado 92,23 millones de euros en premios. Si levanta el trofeo hoy, llegará a 126,53 millones. Chelsea, su rival en la final que se jugará este domingo, suma 76,63 y podría alcanzar los 110,93. Real Madrid cerró su participación con 72,89. Fluminense, el que más sorprendió, se llevó 52,32 millones. El Bayern, eliminado en cuartos, ganó 48,97. ¿Por qué tanto dinero? Porque el nuevo Mundial de Clubes firmó contratos astronómicos de patrocinios y, sobre todo, de derechos de televisión Ese es el verdadero negocio del deporte moderno: la transmisión deportiva.
El mapa global del negocio deportivo: mapa interactivo
Los derechos de televisión son un negocio global. Y aunque el fútbol es el epicentro emocional del deporte, no es la disciplina que más dinero genera. Ese lugar lo ocupa la NFL, la liga de fútbol americano en Estados Unidos, que firmó un contrato de derechos televisivos por USD $100 mil millones entre 2023 y 2033. Eso equivale a USD $10 mil millones al año, con ESPN/ABC, CBS, Fox, NBC y Amazon como operadores. Esa cifra convierte a la NFL en la liga más rica del mundo, muy por encima del resto. Para ponerlo en contexto: solo los Dallas Cowboys, su franquicia más valiosa, están tasados por Forbes como el equipo deportivo con mayor valor a nivel global.
Los deportes en Estados Unidos mueven mucho dinero. Por ejemplo, está la MLB, el béisbol estadounidense, que también depende en gran parte de sus contratos de televisión. Su acuerdo actual, vigente hasta 2025, suma USD $1.8 mil millones anuales, repartidos entre cadenas como FOX, TBS, ESPN, Apple TV+ y Roku. La NBA tampoco se queda atrás. A partir de 2025 y hasta 2036, su nuevo contrato de transmisión con Disney (ESPN/ABC), NBC Universal (NBC/Peacock) y Amazon Prime Video le garantizará USD $6.9 mil millones al año. Una cifra justificada por su penetración global, el atractivo de sus estrellas y su capacidad para generar contenido constante.
En otras disciplinas, el negocio también es gigantesco. La Fórmula 1, ahora bajo el control de Liberty Media, tiene un contrato por 100 años desde 2021, con ingresos que rondan los USD $1.000 millones anuales. La MotoGP, también propiedad de Liberty Media, firmó con la FIM hasta 2060 y en 2023 generó USD $193 millones. El Tour de Francia produce USD $150 millones al año. Y en los Juegos Olímpicos, el reparto también es claro: NBC pagó USD $7.750 millones por los derechos en Estados Unidos hasta 2032.
El impacto de estos contratos no es solo económico: es estructural. La televisión transformó al deporte en un espectáculo global, permanente y multimillonario. Modificó calendarios, formatos y reglas. Hizo que las ligas se diseñaran pensando en franjas horarias y audiencias transcontinentales. La industria no vive solo de taquillas o patrocinios: la televisión se volvió su principal fuente de ingreso y, en muchos casos, su tabla de salvación. Por eso, el tema en Colombia se ha vuelto tema central de debate y de disputa.
En ligas como la NFL o la Premier League, el reparto de estos derechos asegura sostenibilidad, permite inversiones millonarias en fichajes, tecnología e infraestructura, y mantiene la competitividad interna. El deporte dejó de ser local o estacional. Hoy es una industria de entretenimiento que opera todo el año, las 24 horas, en todos los idiomas y pantallas posibles. La televisión —y ahora las plataformas digitales— no solo transmiten el juego: lo financian, lo moldean y, en muchos casos, lo deciden.
El fútbol: el corazón del espectáculo
En el fútbol, el negocio también ha explotado y, en la última década, ha revolucionado el mercado. La Premier League lidera este fenómeno y, hoy en día, es la competición que más factura en este rubro. Hace poco firmó un nuevo contrato por USD $ 8.450 millones en derechos de televisión entre 2025 y 2029. Cada año se reparten más de 3.400 millones entre los equipos. Solo por participar, cada club gana alrededor de 120 millones. Luego vienen bonos por resultados y por el impacto que tienen en pantalla.
LaLiga española, por ejemplo, distribuye USD $ 1.620 millones al año. En Alemania, la Bundesliga reparte 1.303. En Italia, la Serie A se acerca a los 1.100 millones. En Francia, la Ligue 1, donde el tema ha abierto todo un debate por el valor del contrato y la cantidad de televisores que se prenden, factura 581 millones anuales.
En el fútbol de selecciones, por supuestos, los torneos también son gigantes. Anualmente, la Champions League es la que más genera, pues mueve USD $ 2.300 millones por temporada. No obstante, solo en Catar 2022, el Mundial de la FIFA facturó por TV casi USD $ 3.000 millones. A la Eurocopa, por ejemplo, no le fue nada mal con ganancias por TV de USD $ 1.500.
En otro apartado habría que meter al Mundial de Clubes, en nuevo torneo de la FIFA, que firmó un contrato de transmisión global con DAZN de mil millones de dólares. Y eso sin tener en cuenta otros acuerdos regionales y específicos.
La gran brecha: entre continentes, entre ligas, entre clubes
PSG, Chelsea, Real Madrid, tres de los finalistas de la Copa Mundial de la FIFA que se ha celebrado las últimas semanas en Estados Unidos, son entidades multimillonarias. Compiten en ligas que reparten más que el PIB de algunos países. Tienen contratos de televisión, acuerdos con plataformas digitales, merchandising y presencia global. En cambio, otros clubes que les compitieron, como Palmeiras, Fluminense o Al-Hilal, no juegan con las mismas reglas. Por eso, sus triunfos son una proeza.
Pasa lo mismo en Sudamérica, cuando clubes colombianos, tan lejos de igualar el mercado brasileño, logran una victoria. Son gestas. Para entender el panorama, desde el reparto televisivo. Brasil es el líder. Reparte USD $ 580 millones anuales en derechos locales. Flamengo recibe hasta 83 millones por temporada. Su nómina vale más de 210 millones. Palmeiras, aún más: 270,5. Y eso se nota: son los que más ganan, los que más invierten, los que más compiten.
Colombia, en cambio, se queda corto. Su contrato anual por TV es de apenas USD $ 50 millones. Alto para la región, insuficiente para competir. Y más teniendo en cuenta la repartición del dinero. En la mayoría de países del mundo influye el rendimiento deportivo y la cantidad de pantallas que prende cada equipo. En Colombia, no. El reparto es totalmente democrático. Cada club de categoría A recibe cerca de un millon de dólares por este concepto. Ni Nacional, ni América, ni Millonarios, que prenden más televisores que nadie, ganan más que Boyacá Chicó, por ejemplo. Suena justo, pero en la práctica perjudica la competitividad. El modelo colombiano es igualitario dentro de dos categorías (A y B), pero ignora impacto, audiencia o rendimiento.
Mientras un equipo inglés gana 120 millones solo por estar en Premier, uno colombiano pelea por uno. La brecha es demasiado amplia.
En 2026 se renegociará ese contrato de televisión del FPC. Aunque el acuerdo actual con Win Sports va hasta diciembre de ese año, hay interés de otros actores. Lo que está en juego no es solo quién transmite. Es cómo se reparte y cómo se financia el sistema. Más allá del nuevo valor al que se llegue también hay que debatir cómo se distribuirá. El impacto de en la economía de los derechos televisivos en el mundo es un hecho comprobable, una realidad. Ahora, es necesario replantear cómo aprovechar esa circunstancia.
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