La Alemania Nazi, donde se llevaron a cabo los Juegos Olímpicos de 1936, no tiene comparación alguna con el país que se conoce hoy en día. En 1933, con su don para la oratoria y el convencimiento, Adolf Hitler tomó las riendas de la nación bajo sus ideales nacionalsocialistas y la tornó en una dictadura. Las calles estaban llenas de carteles y banderas del partido nazi: el Führer tenía toda Alemania en la palma de su mano.
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La cultura, educación y hasta el deporte estaban bajo el poder nazi. Con la falsa imagen de una nación pacífica y tolerante, se asignó a Berlín como sede de las undécimas Olimpiadas agendadas para el verano de 1936. Para Hitler, era la perfecta oportunidad para promover su imagen del deportista íntegro y superior; una figura aria.
De manera inmediata, las políticas de todas las organizaciones deportivas alemanas cambiaron: judíos, gitanos y negros estaban automáticamente fuera de instalaciones y asociaciones dedicadas a todos los deportes. La estrategia propagandística de Hitler no lograba convencer a la mayoría de los países y se planteó un boicot entre varias naciones que se negaban a participar.
Sin embargo, esto se quedó solo en amenazas y terminaron participando 49 delegaciones, exceptuando la española, que nunca llegó a la capital alemana para participar de estas justas. Con lo que no contaba Hitler era que entre 359 atletas que representaron a Estados Unidos, habría uno que iba a dañar todos sus planes.
De Alabama para las pistas
El 12 de septiembre de 1913, la comunidad de Oakville (Alabama, Estados Unidos) vio nacer a James Cleveland Owens. A Jesse, como se le conocería años después, la vida le puso varios obstáculos que siempre supo superar. A la corta edad de nueve años, junto a sus padres y nueve hermanos, se mudó tres estados más al norte hasta llegar a Cleveland (Ohio) en búsqueda de una mejor oportunidad de vida.
Owens debía repartir su tiempo entre la escuela y trabajos de medio tiempo que conseguía para ayudar a la economía de su hogar. Fue en la East Technical High School donde Charles Riley, su futuro entrenador, descubrió cierta empatía y talento que años más tarde le otorgarían un gran lugar en la historia del deporte.
Riley encontró en Jesse capacidades únicas que sabía que lo harían llegar lejos y apostó a formarlo como atleta. Desde el momento que puso un pie en la pista empezó a arrasar con todo: de 79 carreras corridas ganó 74. Los récords se iniciaron a batir en Michigan en 1935, la pista de 100 yardas y el salto ya tenían la huella del Antílope de Ébano.
Estaba en el momento más alto de su carrera deportiva, tanto así que a sus 23 años había logrado un cupo para los Juegos Olímpicos de 1936. A pesar de que tenía toda la disposición y talento del mundo, había un factor que jugaba en su contra: Owens era de raza negra.
El mundo a sus pies
Owens hizo lo que mejor sabía hacer en las pistas del Estadio Olímpico de Berlín. Se llevó las medallas de oro en los 100 metros, 200 metros, salto y relevos 4x100 metros. Por si fuera poco, el estadounidense impuso dos nuevos récords: en los 200 metros con un tiempo de 20,7 segundos y salto largo con una distancia de 8,06 metros. Pero además de sus cuatro medallas, Jesse logró entablar una buena amistad con su rival Luz Long.
Carl Ludwing Long, un alemán y el gran favorito de Hitler, se convirtió no solo en rival de Owens, sino también en su amigo y consejero. El atleta germano de 23 años ya había tenido su turno e impuso un nuevo récord que, prácticamente, le aseguraba la medalla de oro. Esto también dejó a sus rivales sin esperanza alguna de superarlo. Sin embargo, aconsejó a Owens como explotar al máximo su talento y saltar de una manera casi perfecta.
El estadounidense terminó por romper el récord de Long, lo que dejó al alemán con la medalla de plata. Después de su salto, Long abrazó a Owens, lo que era un gran gesto de desafío al régimen alemán con el cual no se identificaba. Todo ese sentimiento de amistad y compañerismo le dio un empujón para la prueba reina de los Olímpicos: los 100 metros planos. Y como era de esperarse, Jesse superó a Ralph Metcalfe y Tinus Osendarp, y se subió a lo más alto del podio.
Es cierto que Hitler abandonó el estadio cuando Owens ganó la prueba. Antes de la entrega de medallas, no apretó su mano, pero este acto tiene dos posibles teorías. La primera, la que puede tener sentido debido al contexto histórico, es que se negó a hacerlo como un acto de racismo, ya apretar la mano de un negro sería caer muy bajo para él. La otra era que el Führer solamente saludaba a los campeones nacionales.
Sin embargo, los choques entre el atleta y los mandatarios no terminan en Alemania. Una vez finalizados los juegos, todos los deportistas volvieron a casa y siguiendo la tradición, los 56 medallistas se encontraron con el presidente Franklin Roosevelt para su condecoración. Todos la recibieron, menos Owens. Este acto del presidente es tan polémico como incierto. La insignia de reconocimiento que le corresponde a todos los medallistas olímpicos solo le sería entregada en 1976, 40 años después, por el entonces presidente Gerald Ford.
El plan de adoctrinar y empurecer a los deportistas de Hitler cae con la imagen de Jesse Owens. Se llevó cuatro medallas de oro, rompió dos récords olímpicos y se convirtió en el mejor de amigo de uno de los más destacados atletas alemanes de la época. Owens murió en 1980 por un cáncer de pulmón con el cual venía lidiando hace varios años. Cuatro años después de su muerte, una calle de Berlín fue renombrada en su honor, al igual que una escuela en el municipio de Lichtenberg.
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