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Esa responsabilidad le impidió dedicarse más seriamente a su gran pasión, el atletismo. Aunque entrenaba de lunes a viernes, los fines de semana, cuando había competencias, él no podía descuidar su trabajo.
Pasó después a Lámparas Baccarat y durante 23 años corrió 120 kilómetros semanales. En 2001, cuando se realizó la primera versión de la Media Maratón de Bogotá, él fue uno de los primeros en inscribirse.
Dos años después le diagnosticaron un cáncer gástrico, del que fue operado en marzo de 2004. Un grupo de médicos, encabezado por Camilo Ortiz, le salvó la vida con una cirugía de más de 11 horas en el hospital de El Tunal.
“Perdí el estómago, el duodeno, el píloro, el epiplón y 21 ganglios. Me dijeron que no podía volver al atletismo. Ni correr, ni saltar, ni subir escaleras o hacer abdominales”, explica Becerra.
Pasó de pesar 74 a 38 kilogramos y ni siquiera podía caminar. A su esposa María Teresa y sus hijos Luis Alejandro, Carlos Andrés y Ana Lucía logró convencerlos de que era una úlcera, pero cuando se miraba al espejo se ponía a llorar.
Pero su fe y las ganas de vivir le devolvieron las fuerzas. En lo que los especialistas califican como “un milagro”, Luis Carlos se recuperó y corrió la Media Maratón tres meses después.
“El atletismo, Dios y la ciencia médica me mantienen vivo”, admite antes de explicar que se somete a una endoscopia cada cuatro meses y a una biopsia si es necesario, aunque por fortuna el cáncer no ha reaparecido.
Ahora, ya pensionado, vive en Paipa, en donde sigue corriendo a diario. Y viene a Bogotá a competir. En la Media Maratón de hoy, espera hacer un tiempo cercano a la hora y 34 minutos.
“Esta carrera es muy especial, la disfruto desde que paso la línea de partida y siempre que cruzo la meta me arrodillo y le doy gracias a Dios”, cuenta Luis Carlos, un ejemplo de lucha y perseverancia, quien tiene claro que “el atletismo es como la vida: lágrimas, sudor y gloria”.