27 Feb 2021 - 4:42 p. m.

El día que el atleta Jaime Aparicio se consagró en el estadio de River Plate

El 28 de febrero de 1951, el atleta caleño Jaime Aparicio colgó sobre su pecho la primera medalla de oro que el deporte colombiano cosechó en el historial de los Juegos Panamericanos. Palmarés.

De las 145 medallas de oro que el deporte colombiano ha conquistado en el historial de los Juegos Panamericanos, desde 1951, la primera se la colgó en su pecho un veinteañero caleño que siempre corría con gafas: Jaime Ignacio Aparicio Rodewaldt.

Fue el 28 de febrero de 1951, en Buenos Aires (Argentina), hace 70 años. Era miércoles, y en el carril número uno de la pista de atletismo del estadio del Club Atlético River Plate, estaba ubicado un muchacho ansioso que venía de ser campeón nacional, bolivariano, suramericano y centroamericano de los 400 metros vallas.

“¡A sus puestos!”, grita el juez, y los atletas se acercan a la línea de salida… “El deporte...”, y se ríe. “Vengo de una niñez activa. No sé cómo me aguantaban en la casa. Donde existiera un balón que rebotara, una piscina, una bicicleta, ahí estaba. Jugué baloncesto, béisbol, pinbol, ¡hasta golf! Ese bagaje siguió en el colegio, donde pertenecía a todos los equipos, contra la voluntad de mi papá y los profesores, que pensaban que no estudiaba”, recordó Aparicio en una entrevista para El Espectador.

“¡Listos!”, grita una vez más el juez de partida… Aparicio y sus rivales se alzan inmediatamente a su posición definitiva de salida, manteniendo el contacto de sus manos y pies con el suelo de la pista de atletismo del estadio de River Plate…

“Hacía calor”, rememora. “Era el último día de febrero, y en Buenos Aires terminaba el verano”.

Con pistola en mano, el juez jala del gatillo y dispara para dar la orden de salida…

En ese preciso instante, Jaime Ignacio Aparicio Rodewaldt despega su humanidad del suelo y se impulsa con una potencia inusitada, explosiva, que lo lleva a protagonizar la primera gran proeza de la historia del atletismo colombiano.

Valla a valla, hasta superar el décimo obstáculo y rematar como una fiera los últimos 40 metros de la prueba, su vertiginosa y precoz carrera deportiva continuó en ascenso y en la primera edición de los Juegos Deportivos Panamericanos de Buenos Aires, logró una gesta histórica: traerse para Colombia la única medalla de oro al derrotar a los mejores del continente y, de paso, imponer su cuarta marca en los 400 metros vallas, esta vez continental, con tiempo de 53 segundos y 4 décimas. El registro para Suramérica de 54.6 la poseía el brasileño Vicente Maglahes Padilla.

Ese día, Aparicio fue escoltado por el brasileño Wilson Gomes Carneiro (53.7) y el estadounidense Donald Harderman (54.5).

“El triunfo en Buenos Aires me lo encontré porque yo pensaba pelear por el tercer puesto con el chileno Reinaldo Martin. Entonces, corrí lo más rápido posible para sacarle ventaja, y resulta que fui tan veloz, que gané la carrera por encima de un norteamericano y un brasileño”, rememora Aparicio con tono de humildad, en palabras que quedaron impresas en el libro La fabulosa historia del atletismo colombiano.

Así demostró su poderío y capacidad para la distancia y no dejó dudas sobre su progresión ante el cronómetro: cada vez que ganó mejoraba su récord personal, al pasar de 55.9 en 1947, a los 53.4 de 1951. En cuatro años, un progreso de dos segundos y cinco décimas.

Días después de su retorno a Cali, en marzo de 1951, Aparicio escribió de su puño y letra, en el respaldo de una de los fotografías que le tomaron a su llegada, que tuvo un recibimiento multitudinario de parte de los caleños: “(…) Había llovido y había llegado a casa en la máquina de bomberos”.

Aparicio fue el primer velocista (400 metros vallas) en ganar para Colombia las primeras medallas de oro en Juegos Panamericanos y Centroamericanos, y en lograr una marca suramericana e igualar otras tres antes de cumplir los 21 años. Llegó a tener 10 marcas nacionales en 1948, entre ellas el salto alto con 1,80 metros. Un auténtico fenómeno en las pistas.

Por ironías de la vida, Aparicio no nació en Colombia sino en Lima (Perú), el 17 de agosto de 1929, durante la fugaz estadía de sus padres (Abraham Aparicio y Ernestina Rodewaldt) en suelo inca, donde solo vivió sus primeros tres meses de existencia. “Es verdad que nací en Lima, pero desde que yo abrí estos ojos que algún día se los va a tragar la tierra, lo primero que vieron fue el cerro de las Tres Cruces, en Cali. Siempre he sido caleño y lo seré hasta que muera”.

En 1947 volvió a pisar esas tierras, cuando integró el equipo colombiano que intervino en los II Juegos Bolivarianos. Su primer título nacional lo consiguió en septiembre de 1946, en 200 metros llanos. Tres meses después debutó en los Juegos Centroamericanos de Barranquilla, donde fue eliminado. Cuando retornó a Cali, inició un intenso entrenamiento que en 1947 se tradujo en récord nacional y bolivariano de los 400 metros con vallas (55 segundos 09 décimas).

Olímpico a los 18

En el Nacional de Atletismo de Bucaramanga, a mediados de 1948, Aparicio arrasó en 100, 200 y 400 metros planos, en salto alto y 400 metros vallas. Con esos logros, representó a Colombia en los Juegos Olímpicos de Londres 1948, y allí, con solo 18 años, estuvo al lado de Mario Rosas y Alfonso Muñoz. Ninguno superó las eliminatorias.

“Londres representaba para mí un sueño que de acariciarlo me asustaba. Ni siquiera llegué a las finales, pero enriquecí mi corta experiencia viendo a los grandes maestros de las pistas. Mi ida a Londres fue un premio por mi título bolivariano en 1947, pero yo no tenía opción de nada”.

El 29 de septiembre de 1948, en Bogotá, impuso su primera marca suramericana: 24 segundos para los 200 metros con vallas. Superó los 24.7 del argentino Alberto Triulzi.

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Entre los mejores del mundo

Pasa el tiempo y la mejor noticia de 1954 para el atletismo colombiano se conoció en octubre cuando una revista soviética reseñó a Aparicio como el cuarto mejor corredor de vallas en la distancia de los 400 metros para esa temporada, gracias a los 52.2 segundos logrados en el Suramericano de São Paulo (Brasil).

Con su récord y victoria suramericana, Aparicio dimensionó aún más su condición de fenómeno en las pistas, ya que en una carrera exitosa acumulaba una serie de títulos reservados para un genio como él: campeón colombiano, suramericano, bolivariano, centroamericano y panamericano.

En marzo de 1955, el diario El Espectador publicó una nueva clasificación (extraoficial) en la que el atleta vallecaucano figuraba entre los mejores vallistas del universo en ese año, según Mike Forero Nougués, el emblemático editor deportiva de esa época.

Culbreath y Guardiola, primeros verdugos

En los II Juegos Panamericanos de 1955 en México, el estadounidense Josh Culbreath derrotó a Aparicio, quien gracias a lo exigencia de su rival impuso marca suramericana en los 400 metros vallas, con 51.8 segundos (su mejor marca personal, que el 6 de noviembre de 1961 fue batida por el argentino Juan Carlos Dyrzka, con registro de 51.2).

“Esa carrera la perdí tontamente. Resulta que yo suponía que tenía gripa, pero la verdad fue que mi nariz estaba tapada debido a que yo entrenaba en pistas de arena aquí en Colombia. Por ese malestar yo corrí las 400 vallas pensando en que iba a agotarme rápidamente. Entonces corrí suavemente los primeros 200 metros y en la otra mitad de la prueba aceleré para alcanzar a Culbreath, pero no pude. Si yo hubiera tenido cinco metros más, lo alcanzo. Pero bueno, se trataba de ganar o de perder, y esa vez hice la mejor marca personal de mi carrera deportiva”.

Pero no lo derrotó una estrella fugaz. Culbreath, a sus 24 años, dio una nueva muestra de su potencial en esa especialidad al finalizar tercero en los Juegos Olímpicos de Melbourne 56, con tiempo de 51.6 segundos, y escoltó a sus compatriotas Eddie Southern (50.8) y Gleen Davis (50.1).

Fue en noviembre de 1956, en Melbourne, ciudad que señaló la despedida olímpica de Jaime Aparicio. Una medalla en el máximo certamen deportivo del mundo fue lo único que le faltó. Esa vez terminó tercero en su serie eliminatoria, con 52 segundos en 400 metros vallas. Mientras que en los 400 metros planos ocupó la quinta posición, con 49 segundos. En ninguna de los dos pruebas avanzó a semifinales.

Tras su derrota ante Culbreath, en octubre de 1955 Aparicio fue vencido por segunda vez. En esta oportunidad el turno fue para el samario Zadoc Guardiola, quien lo doblegó en los 400 metros planos en el Nacional Atlético de Cali. En su propio terruño, el vallecaucano tuvo que ceder ante la potencia de quien se creía ocuparía un lugar estelar en el atletismo colombiano. Guardiola no solo ganó, sino que impuso nueva marca local de 48.7.

“Al rival que más le temía en toda América era a Guardiola, porque tenía todas las condiciones. Lo que pasaba con él era que no entrenaba. Lamentablemente fue un talento que se desperdició” .

Este pescador samario confiaba tanto en su talento, que después de sumergirse en hectolitros de aguardiente y ron, amanecido y con tufo inconfundible, se presentaba a la línea de partida para correr, poner en aprietos a sus contendores y transmitir ráfagas de emoción a la tribuna. Fue una especie de “atleta maldito” que incorporó a su talento el desorden de sus sentidos. Como los poetas malditos, fue un transgresor y provocador, pero sucumbió ante un vicio que no lo dejó salir de un profundo sopor que con el paso del tiempo lo ahogó hasta la muerte, ocurrida el 16 de julio de 1980, en medio de una pobreza extrema que lo acompañó desde su niñez.

Tricampeonato suramericano

El reinado suramericano de Aparicio continuó en abril de 1956 en Santiago de Chile, al coronarse tricampeón: ganó en los 400 metros llanos (47.7), 400 con vallas (52.0) -con sendos subcampeonatos de Zadoc Guardiola- y posta 4x400 (Aparicio, Guardiola, Sierra y Vanegas), con tiempo de 3:14.7, nueva marca para Suramérica.

Con la pierna derecha

Los cánones universales dicen que un atleta siempre debe pasar la valla primero con la pierna izquierda. Pero este mandato no lo cumplió nunca Aparicio. Él hacía todo lo contrario, atacar la valla con la pierna derecha.

“Este defecto se debió, precisamente, a la carencia de entrenadores y de orientadores en mis comienzos. Yo, por intuición, pasaba primero la valla con la pierna derecha, que en mi caso era más hábil que la pierna izquierda. Y por eso desde el comienzo lo hice así y nadie me dijo nada. Por ese error los contrarios siempre me tomaban dos metros de ventaja y alguna vez, haciendo cálculos, esa distancia se traducía en tres o cuatro décimas más, porque al atacar la valla con la pierna equivocada, la fuerza centrífuga jugaba en contra mía en las curvas. Por eso, cuando estudié arquitectura en la Universidad de Gansville, en Estados Unidos, el entrenador me aconsejó que corriera 200 metros”.

La despedida de Aparicio se registró el 26 de abril de 1958, durante el Suramericano de Montevideo. Allí fue segundo en su especialidad y cuarto en los 400 metros planos. Así terminaron 12 años de la era Aparicio, un hombre que reinó y marcó la sexta década del siglo XX en Colombia y en el continente entero. Un fuera de serie que lo ganó todo, menos la medalla olímpica, que fue esquiva para el atletismo colombiano durante 60 años.

Atletas autodidactas

El período que simboliza a Aparicio como su máxima figura fue un momento en el que los atletas colombianos tenían que hacerse solos. Los mejores entrenadores eran los libros, todavía no llegaba a nuestro país el hombre capaz de dirigir la formación de practicantes de la pista y el campo.

“En mi época nadie me entrenaba, aunque al principio Pionono González trató de hacer este trabajo. Él era una persona que ni siquiera había salido de la frontera con el Ecuador, entonces su experiencia era poca, pero animaba a todo el mundo para que entrenara. Nos enseñaba la manera de colocarnos adecuadamente para la salida. Él nunca hizo curso de entrenador, lo que sabía lo aprendió a través de los libros. Y con el paso de los días todos nos convertimos en autodidactas”.

Mientras corría, Aparicio sacó tiempo para estudiar arquitectura en la Universidad del Valle, de donde se graduó en 1954. Luego hizo un Master en Estados Unidos, en 1956.

Al borde de los 92 años, el arquitecto Aparicio sigue contemplando el cerro de las Tres Cruces, en Cali. Ninguno de sus cuatro hijos buscó fortuna en el deporte. Sus ratos de ocio los ha dedicado a la astronomía y a cuestiones de índole científica. También sabe de antropología y, además del español, aprendió inglés, portugués y japonés.

El primer colombiano que triunfó en el Monumental de Núñez, en Buenos Aires, no fue un futbolista, fue un atleta. ¡Qué viva el atletismo! ¡Qué viva Aparicio¡ (ravila@elespectador.com)

* Ricardo Ávila es autor del libro La fabulosa historia del atletismo colombiano

Palmarés de Jaime Aparicio

En competencias internacionales, Jaime Aparicio obtuvo 16 medallas: 9 oros-6 platas-1 bronce.

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