
Juan Sebastián Manrique Pineda, nadador bogotano. Foto: Cortesía
Resume e infórmame rápido
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Permaneció inconsciente unos cinco minutos, pero cada segundo lo recuerda con viveza. Cuenta que se vio, como estando pero sin estar, paseándose por un lugar muy bonito, atiborrado con un césped harto verde, vivo en flores y rocío; de fondo, las montañas imponentes y un cielo azul muy azul, traveseado de nubes. Soplaba un aire fresco.
Le hubiera gustado quedarse más tiempo allá en ese sitio tan calmado, dice, pero algo muy importante lo forzó a despertarse: vio una foto de su hijo Lucas, quien entonces tenía pocos meses de nacido, al tiempo que una voz le susurraba al oído: “tú lo necesitas… él te necesita”. Ese momento, enfatiza, lo lleva tatuado en su memoria como si hubiese pasado ayer. “Él, mi hijo, fue quien me salvó la vida, a Lucas le debo todo”.
Despertó contorsionado sobre la acera, sacudido del trance, pasmado de dolor, tosiendo cuanta sangre le llegaba a la garganta y con apenas aire en los pulmones. Esperar la llegada de la ambulancia en esas condiciones se le hizo eterno.
Lo mataba un dolor insufrible en la espalda. Era el dolor de unas cuantas vertebras rotas y de un par de huesos cervicales pulverizados chillando de agonía. Él solo atinó a refugiarse en el impulso de zarandearse y de gritar, como pudo, hasta desmayarse de nuevo.
Trauma cerebral, lesión de médula y contusiones corporales severas. Vivió de milagro para contar el cuento.
Cuando volvió en sí, ya reposaba en una cama de hospital. Completamente quebrado. Pegado a tubos y máquinas por doquier y, todavía, —así drogado con toneladas de fármacos como estaba— sufriendo de un dolor indecible en todo su cuerpo que no le daba tiempo ni de pensar.
Los médicos lo habían enyesado enterito mientras esperaban que su espalda se desinflamase para que fuera posible operarlo. La espera duró 10 días. Diez durísimos días. Diez tenaces e inacabables días.
Durmió poco en esa primera etapa de su recuperación y comió todavía menos. No podía. Todo le costaba. Luego, supo que no podía mover las piernas cuando los doctores le explicaron que su lesión lo había dejado con secuelas moderadas de paraplejia espástica y que iba a tener que andar, desde entonces, con la ayuda de una silla de ruedas.
A partir de ese día estuvo más de siete meses de hospital en hospital y usó ese tiempo para recuperarse y para entender su condición, su accidente, cada vez con más perspectiva.
Para él, al principio el proceso estuvo marcado por una amargura total y completa: “¿por qué a mí?, ¿por qué a mí?, ¿por qué a mí?” Ese era su mantra. Con el tiempo, sin embargo, el propósito de todo lo que le había pasado empezó a hacerse más claro en su cabeza y la pregunta, el mantra, fue cambiando lenta pero radicalmente: “¿para qué a mí?, ¿para qué a mí?, ¿para qué a mí?”.
Un pez en el agua
Su recuperación empezó en Japón pero continuó en Estados Unidos. Fue allá, en el sitio en el que se hospedó, en donde encontró la primera y la más certera respuesta a su pregunta: una piscina.
Pronto descubrió que estar en el agua aliviaba el pertinaz e intenso dolor que las operaciones de su accidente le habían dejado como recuerdo en la espalda. Seis meses después regresó a Japón y, ya familiarizado con el agua, se animó a entrar a un centro deportivo exclusivo para personas con discapacidad con la idea de seguir con su proceso.
Poco imaginaba él entonces que en ese lugar iba a empezar su largo viaje por el mundo del deporte para discapacitados.
Empezó con el tenis en silla. Le gustaba echarse a flotar en la pileta del centro tras sus entrenamientos. Pero fue sabiendo que el agua lo relajaba y que, de todos los deportes que ofrecía el centro, nadar era el que más facilitaba recuperaciones como la suya, que decidió dejar el primero y empezar a intentar con el segundo.
Comenzó flotando y mirando tímidamente desde la orilla cómo nadaba el equipo de los pacientes del centro. Hasta que en uno de esos días de voyeur lo sorprendió un profesor animándolo a nadar: “vamos, intenta hacer una piscina completa en mariposa”, le dijo, “quiero ver qué tienes para ofrecer, chico”.
En sus primeros acercamientos, él había podido enterarse que mariposa era quizá el estilo más exigente de los cuatro que son formalmente competidos, —los otros tres: libre, pecho y espalda— así que lo que le presentaron ese día era todo un desafío. Quiso ver cómo le iba y nadó para el profesor. Esa primera vez solo aguantó 15 metros, la piscina tenía 25.
Con todo y que le faltaron 10 centavos para el peso, su esfuerzo no fue en vano, el profesor le dijo que tenía potencial: buena forma, buen estilo. Futuro.
A Sebastián, sin embargo, la idea de entrenar con el equipo del centro no le gustó mucho, así que declinó la propuesta de formarse bajo el ala del profesor. Pese a eso la vida, terca como es, luego le presentó a otra maestra que le insistió con la idea de que entrenara. Esa segunda vez, aceptó solo porque ella le prometió que lo dejaría competir solo.
Un par de meses después, ya estaba participando de su primera competencia: 25 metros en mariposa, su mejor estilo. Ganó su primer oro y entonces empezó a darse cuenta de que era bueno en eso de nadar. De pronto, se vio entrenando con arrojo para más y más competiciones y llegó a ser el mejor del Estado en su categoría. Luego llegó el oro que ganó en su región y el salto hacia los juegos intercontinentales de Asia —el nivel deportivo que precede a los Paralímpicos— en los que clasificó. Supo entonces que había encontrado su camino.
De regreso a casa
Cuando eso pasó —rondando 2013— Sebastián recuerda que le presentaron una encrucijada. Tenía dos opciones: o cambiaba su pasaporte colombiano por uno japonés y se sumaba a la selección nacional de ese país de ahí en más. O se iba a probar suerte en Colombia, su país de nacimiento, para nadar en las ligas locales de allá. Le dieron unas cuantas semanas para pensarlo.
Su madre, en busca de ayudarlo a tomar la decisión, viajó a Colombia y movió cielo y tierra para hablarle de su hijo a cuanto directivo del Instituto Distrital de Recreación y Deporte (IDRD) se encontró por el camino. Para convencerlos, llevaba consigo apenas unos cuantos vídeos de las competencias en las que Sebastián había participado. Dos meses después, Sebastián ya estaba desempacando sus maletas en la casa de sus tíos en Bogotá.
Agarrar el ritmo de sus compañeros en el Complejo Acuático de Bogotá no le resultó sencillo. Mientras él calentaba haciendo dos piscinas completas, su grupo (nutrido de nombres grandes y de talentos fuertes: Fabián Vargas, Naiver Ome, Alexander Sierra…) lo hacía mínimo con 12 o 15.
Fue siempre el último del equipo al menos en los primeros cinco meses de entrenamiento. En todo menos en mariposa, claro. Ese era su reino y de nadie más.
Una vez afianzada su confianza, empezó a ser convocado a varias competencias de la Liga hasta que llegó —tras altos y rigurosos esfuerzos— a ocupar los puestos que hoy ostenta con orgullo: el primero en Bogotá y el tercero en Colombia en mariposa y en estilo combinado, respectivamente.
Ahora, Sebastián apunta hacia cosas grandes. Hace poco dio sus primeros pinitos con la para-triatlón y le gustó la experiencia. Dice que quiere llegar, algún día, a ser un campeón paralímpico de la talla de Moisés Fuentes. “Quisiera tener una historia que contar cuando esté viejo y creo que no hay mejor historia que la de haber sido el mejor en algo”, apunta.
Sus enormes ganas, sumadas al amor de su familia y al orgullo que quiere inspirar en su hijo son lo que lo guía hoy en su carrera.
Hoy lo único que Sebastián sabe con certeza es que hasta que no cumpla el sueño de ir a unos Paralímpicos —y de ganarlos— no se va a quedar tranquilo. Y que hasta que no tenga esa medalla en sus manos, no va a dar por cumplido el sueño, otrora frustrado, de su infancia: saber que vive de y para deporte, saber que se nada la vida.
Por Nicolás Torres, Especial para El Espectador*
Temas recomendados:
Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación