¡La espera se le hacía eterna! Después del día en el que descubrió el voleibol, siendo apenas una niña de 12 años, María Alejandra Marín quería jugar todos los días. Fue a entrenar por primera vez gracias a una prima que les insistió, a ella y a su hermana María José, que la acompañaran a las canchas de la Liga de Bolívar. Y fue allá, entre las risas de las nuevas amigas, los balones al aire y los saltos a la red que quedó enamorada. Las clases eran solo los sábados, apenas dos horas, y para ella se volvió un acto de paciencia aguantar toda una semana para volver a meterse en la cancha. Quedó tan obsesionada, que le hizo a su mamá comprar una pelota y entonces calmaba la ansiedad practicando sus golpes y lanzándose por toda la casa.
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Hoy, con una carrera consagrada a su deporte, confiesa que le emociona recordar esas primeras veces, cuando todos los sueños alrededor del voleibol fueron cimas inesperadas. A comienzos de abril Mulhouse, el equipo de la cartagenera, se consagró campeón de la Copa de Francia, y ahora pelean por meterse en las semifinales de la Liga gala. Después de casi una década en Europa, y una buena trayectoria en la selección de Colombia, no es tan fácil para la voleibolista explicar cuáles son aquellas cumbres que todavía le faltan por alcanzar.
“Es curioso”, dice. Cuando empezó, el voleibol no se veía como un sueño, no era una aspiración. No había muchos referentes y la inspiración era su talento. “Como a las tres semanas de haber ido por primera vez a entrenar me llamaron de la selección de Bolívar. Empecé a los 12, y a los 13 ya jugaba en la selección colombiana. Hasta hoy nunca he dejado de representar a mi país”, le contó a este diario.
A pesar de sus capacidades para el deporte, no era lógico pensar un futuro jugando al vóley. En su casa siempre le pidieron rendir en los estudios y a nadie le pasaba por la cabeza que el oficio de su vida iba a ser ese. Sin embargo, todo cambió para María Alejandra Marín el día en el que le llegó una propuesta para ir a jugar a Argentina. Ya estaba en la universidad, cursando su carrera de administración de empresas, cuando se le presentó la encrucijada de si debía tirar todas las cartas a su primer amor. En medio de la duda recurrió a su mamá, Sayonara Verhelst, quien le dijo: “¡Arriésgate! Inténtalo, y si no te va bien, te devuelves. Acá te esperamos, pero no lo dudes, viaja que nosotros estaremos ahí”.
Su mamá fue la responsable de interesarlas, a ella y a su hermana, por el deporte. Las metió en cuanta disciplina se le ocurrió para enamorarlas de la actividad física, hasta que el voleibol fue el deporte que les quitó los suspiros. María José Marín, con el tiempo, se decantó por la ingeniería y se apartó de las canchas, pero para María Alejandra olvidar su pasión fue un reto imposible. “Fue amor a primera vista. Siempre fui habladora y entrenando hice amigas muy rápido. Cuando era niña admiraba los cuerpos de las voleibolistas y quería ser como ellas. Además, este deporte tenía algo que los demás no tenían: el contacto era nulo. También jugué fútbol y baloncesto, pero nunca me gustó eso del contacto, por eso me enamoré del vóley”.
De Argentina dio el salto a Europa para jugar en el que ahora es su equipo y ganar la Liga de Francia. Durante un largo tiempo también se fue a jugar a Brasil y terminó en Suiza, donde el nivel no era el que esperaba y por eso se decantó por volver a territorio francés. Allí vistió las camisetas del Marcq-en-Barœul y Cannes, antes de volver a Mulhouse, equipo con el que acaba de salir campeona.
Este año, después de que acabe la temporada, planea regresar a Colombia para descansar unos días antes de que empiece la preparación de la selección de cara al Mundial Femenino que se celebrará en Tailandia, entre agosto y septiembre. Tras la salida de Antonio Rizola y el entrenador que vino después, Hernán Osorio, el equipo femenino nacional, a cuatro meses del Mundial, todavía no tiene estratega. “Es una situación complicada, porque lo que pasa es que en Colombia la Federación tiene un convenio con la FIVB (Federación Internacional de Voleibol), que es la que paga el entrenador. En ese orden de ideas, se tiene que conseguir a un entrenador que esté notificado en la FIVB, es decir, que esté inscrito para que pueda ser contratado”, le explicó Marín a El Espectador.
En medio del panorama de incertidumbre, y mientras se resuelve el tema del entrenador, explicó la capitana, las jugadoras ya han hecho planes para reunirse a preparar la importante cita y los torneos previos en los que participarán antes de la competencia. El objetivo es superar la primera ronda y mejorar la participación en el último Mundial, que fue histórica para Colombia, al ser el primero al que el país logró cupo.
Después de ese torneo, reflexiona Marín, todavía habrá cimas por alcanzar. Seguir luchando para que en el país algún día logre organizarse la liga profesional, y también llevar a la selección femenina a los Juegos Olímpicos: “Estuvimos muy cera en Tokio, y para París fue más difícil, nuestro objetivo es lograrlo en Los Ángeles. Para ese entonces ya voy a estar en los últimos años de mi carrera y aspiro poder lograr ese sueño, que es el que falta. Cuando empecé nunca imaginé todo lo que logré, así que cumplir ese anhelo que me falta sería una verdadera maravilla”.
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