19 Aug 2014 - 2:00 a. m.

Leyenda viva del atletismo

Fue el primer colombiano en ganar medallas de oro en Centroamericanos y Panamericanos. Llegó a ser el cuarto vallista del mundo.

Ricardo Ávila Palacios

La leyenda rodea a Jaime Ignacio Aparicio Rodewaldt. Este hombre se encargó, quizá sin saberlo, de entreabrir las puertas para que el atletismo colombiano comenzara a brillar en las pistas del continente americano en momentos en que las zancadas de los nuestros no inquietaban a rival alguno. Oteando el pasado, no es exagerado afirmar que Aparicio trazó una línea divisoria entre el fracaso y el éxito, y que fue a partir de sus flamantes actuaciones que comenzó a conjugarse el verbo ganar.

Y lo hizo en una época tempestuosa, por allá a finales de los años 40 del siglo pasado, cuando la difícil situación económica  y la ola de violencia partidista desangraban el país y las movidas políticas entre conservadores y liberales estaban más pendientes de aniquilar al contradictor que de pensar en el bien común de los colombianos. Un contexto que muchas veces obligó a nuestros deportistas a hacer colectas públicas para representar a Colombia e el exterior.

Aparicio, quien nunca se quitaba las gafas para correr, fue el primer velocista colombiano (en 200 y 400 metros planos y 400 metros vallas) en ganar medallas de oro en Juegos Panamericanos y Centroamericanos, y en lograr una marca suramericana e igualar otras tres antes de cumplir los 21 años. “Llegó a tener 10 marcas nacionales en 1948, entre ellas el salto alto con 1,80 metros, era muy elástico. Muchas veces hablé con él. En diciembre de 1964 me lo encontré en el centro de Cali y me invitó a un cafecito. Era impresionante caminar con Aparicio en el centro de Cali, todo el mundo lo saludaba: Adiós, doctor Aparicio, y él muy amablemente respondía”, recuerda el ingeniero José Briceño, atleta de la época y periodista radicado en Canadá, donde ha sido distinguido como un colombiano ejemplar. Es fundador de Colombiaenlondon.com.

Pero por ironías de la vida, Aparicio no nació en Colombia sino en Lima (Perú), el 17 de agosto de 1929, durante la fugaz estadía de sus padres (Abraham Aparicio y Ernestina Rodewaldt) en suelo inca, donde solo vivió sus primeros tres meses de existencia. En 1946 volvió a pisar esas tierras, cuando integró el equipo colombiano que intervino en los II Juegos Bolivarianos. Su primer título nacional lo consiguió en septiembre de 1946, en 200 metros llanos. El debut internacional ocurrió tres meses después en los Juegos Centroamericanos de Barranquilla, donde fue eliminado. Cuando retornó a Cali, inició un intenso entrenamiento que en 1947 se tradujo en récord nacional y bolivariano de los 400 metros con vallas (55 segundos 09 décimas).

Olímpico a los 18

En el Nacional de Atletismo de Bucaramanga, a mediados de 1948, Aparicio arrasó en 100, 200 y 400 metros planos, en salto alto y 400 metros  vallas. Con esos logros, representó a Colombia en los Juegos Olímpicos de Londres 1948, y allí, con solo 18 años, estuvo al lado de Mario Rosas y Alfonso Muñoz. Ninguno superó las eliminatorias.

“Londres representaba para mí un sueño que de acariciarlo me asustaba. Ni siquiera llegué a las finales, pero enriquecí mi corta experiencia viendo a los grandes maestros de las pistas. Mi ida a Londres fue un premio por mi título bolivariano en 1947, pero yo no tenía opción de nada”, dice. El 29 de septiembre de 1948, en Bogotá, impuso su primera marca suramericana ( 24 segundos para los 200 metros con vallas. Superó los 24.7 del argentino Alberto Triulzi).

Rey en América

En Guatemala, tuvo su tercera cita internacional, los VI Juegos Centroamericanos y del Caribe (1950), donde logró su tercera marca personal, que lo confirmó como el mejor exponente latinoamericano en los 400 metros vallas. Allí triunfó con tiempo de 54.9 segundos, nuevo registro centroamericano. Su carrera continuó en ascenso y en los I Juegos Deportivos Panamericanos de Buenos Aires, en 1951, logró una auténtica proeza: medalla de oro (la primera para Colombia en esas justas) al derrotar a los mejores del continente y de paso imponer su cuarta marca, esta vez continental, con tiempo de 53 segundos y 04 décimas. El registro para Suramérica de 54.6 laposeía el brasileño Vicente Maglahes Padilla. Aparicio fue escoltado por el brasileño Wilson Gómez Carneiro (53.7) y el estadounidense Donald Harderman (54.5).

También triunfó en los III Juegos Bolivarianos imponiendo nueva marca para el certamen, con 55.4. En 1954, durante los VII Juegos Centroamericanos de México, retuvo el título del área en los 400 vallas con guarismo de 53.3 segundos (nuevo registro centroamericano y nacional). Una décima más que la marca suramericana del chileno Yoma Amed. Sin embargo, este récord también sería suyo meses después con 53.2 durante el Suramericano de São Paulo, en abril, que le significó al finalizar el año ubicarse como el cuarto vallista del mundo para la distancia.

En los II Juegos Panamericanos de 1955 en México, el estadounidense Josh Culbreath despojó del título a Aparicio, quien pese a todo impuso marca suramericana con 51.8 segundos  (su mejor marca personal, que el 6 de noviembre de 1961 fue batida por el argentino Juan Carlos Dyrzka, con registro de 51.2). Ese mismo año, en octubre, Aparicio fue vencido por segunda vez. En esta oportunidad el turno fue para el samario Zadoc Guardiola, quien lo derrotó en los 400 metros planos en el Nacional Atlético de Cali. En su propio terruño, el vallecaucano tuvo que ceder ante la potencia del nuevo fenómeno del atletismo colombiano. Guardiola no solo ganó, sino que impuso nueva marca local de 48.7.

“Al rival que más le temía en toda América era a Guardiola,  porque tenía todas las condiciones. Lo que pasaba con él era que no entrenaba.  Lamentablemente fue un talento que se desperdició”.

ravila@elespectador.com

@ricardoavilapalacios

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