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¿Qué mejor sueño cumplido puede reclamarle a la vida un verdadero futbolista profesional que un estadio lleno y un gran oponente? Así pintaba la noche del martes en El Campín de Bogotá: 40 mil hinchas de Santa Fe que desde hacía muchos años no encontrábamos un motivo así para estar juntos y al frente de Vélez Sarsfield, ubicado esta semana por la FIFA en el cuarto lugar entre los clubes más importantes del mundo, después de Barcelona, Real Madrid y Manchester United.
El primer partido de los cuartos de final de la Copa Suramericana y la atmósfera perfecta para demostrar por qué dedicar la vida a ir detrás de un balón. Pero el miedo escénico y luego la falta de garra y jerarquía dejaron en evidencia por qué Santa Fe no es campeón de verdad en Colombia desde hace 36 años y por qué Vélez es el campeón reinante en Argentina, lo ha sido de la Copa Libertadores y hasta de la Intercontinental, ganándole al Milan.
Los de rojo y blanco vivieron primero 20 minutos de terror, en los que parecían un equipo aficionado de visita en la cancha de un grande. Después de salvarse de tres llegadas de gol de los azules, a los tumbos generó con Rodas dos tiros libres directos y en el segundo el único jugador santafereño que parecía profesional, el controvertido Gerardo Bedoya, se avivó, cobró a riesgo y el balón entró con ayuda de un jugador de Vélez. Un gol impensado, inmerecido, de arepa dirían otros. Entonces Santafé, “el primer campeón del fútbol colombiano”, el equipo de fútbol que convirtió a la garra en su bastión y adoptó a un león como mascota, empezó a darse cuenta de que era el local, que era un partido histórico para el club y para una de las hinchadas más sufridas del país.
Hubo dos pasajes de buen toque, pero resultaron un espejismo. Diez jugadores albirrojos nunca alcanzaron a comprender la oportunidad que tenían, ninguno se contagió de la garra que les quería transmitir Bedoya. Más allá de sus rayitos en el pelo, de sus imprudencias, de su gris pasado en Millonarios, de su irregularidad en la Selección Colombia, el martes les demostró a sus compañeros cómo se debe ejercer el fútbol como profesión y como pasión personal.
Creo que la garra en el fútbol, la que identifica con justicia a equipos como el Uruguay del Mundial de Sudáfrica, a jugadores como Pujol o Gattuso, incluso a conocidos como Leonel Álvarez, es el requisito indispensable previo a eso que los sabiondos del fútbol llaman jerarquía. Jerarquía en la cancha es la combinación de ganas, actitud y técnica. Escasa entre los futbolistas colombianos, aunque la hemos tocado con la yema de los dedos en el 4-4 contra Rusia en el mundial del 62, en el 1-1 a Alemania en Italia 90, en el 5-0 sobre Argentina en el Monumental de River en 1993. Luego se nos escapa como agua.
Reconozco que garra y jerarquía tienen que ver con experiencia. A más partidos y mayor roce nacional e internacional, un futbolista debe cumplir mejor la fórmula. Pero en el caso de Santa Fe contra Vélez, en el caso de Bedoya, eso resultó la excepción a la regla. En los demás la norma fue una mezcla de nervios, desconcentración, falta de actitud, falta de “huevos”, como dicen los argentinos. Ni siquiera el veterano Ómar Pérez, técnico por excelencia, el motor santafereño, pudo aprovechar una de las noches más importantes de su vida profesional. Con el defensor respirándole en la nuca o sin él, los grandes jugadores se notan en los grandes partidos y aquí demostró por qué un club grande como Boca Juniors lo dejó ir.
Claro que el que me indignó, el que me trae indignado desde hace rato, es el supuesto marcador derecho Alejandro Bernal, símbolo de displicencia. Los últimos tres partidos que le he visto, desde la platea baja, a diez metros de la línea que le encomiendan, han sido iguales: regalándole la espalda a los punteros.
Contra América ve que van a centrarle a su marca y la deja ir, le da 15 metros, después va a “hacerle sombra”, pero el delantero ya está acomodado para centrar. Perdimos por ese gol. Contra Botafogo fue lo mismo y los atacantes suplentes del equipo brasileño desperdiciaron seis jugadas de gol creadas desde la abandonada punta de Bernal. Contra Vélez se repitió y nos habíamos salvado hasta el minuto 76 cuando ve pasar a Papa por su lado, la figura del partido, y no lo sigue, ve pasar el centro y cuando reacciona apenas se acerca a tres metros para ver cómo centra para que Ramírez anote el empate. Si no sabe marcar que no lo haga, si no quiere hacerlo que se retire de la cancha y no perjudique al equipo. Así se lo he gritado cuando el estadio está en silencio porque Santa Fe no juega bien. Él me oye y le da lo mismo. No le importa que un hincha le reclame profesionalismo. No le parece que la presencia de 40 mil hinchas de su equipo exija entrega. Dicen en las cabinas de prensa que desde hace tiempo él no quiere jugar de marcador sino de volante. ¿Se justifica que salga a hacer la parodia? ¿El técnico por qué lo permite?
El segundo culpable del empate de Vélez es Quintero, un volante, ex Millonarios como Bedoya, pero pesado, lento. Frena al equipo cada vez que le llega el balón y no marca con rigor como debió hacerlo con Ramírez. Tan miedoso ante el reto como Rodas, ¡un centro delantero que no encaró a la defensa! Por su físico débil no debió jugar un partido tan fuerte e intenso. Por devolver todos los balones que tocó debió ser relevado por alguien que quisiera atacar. Más actitud demostró el puntero Copete, que no se amedrenta e intenta profundizar así no haya logrado nada.
También hay que hablar de Anchico, que sufre del mismo mal de Bernal. Se creció con su llamado a la Selección Colombia y con su transferencia a México, y como en los dos retos hasta ahora fracasó, se devolvió a escampar en Santa Fe como “figurita”. Debió apoyar al asediado Ómar Pérez, echarse el equipo al hombro en creación, mostrar garra de santafereño y jerarquía de jugador internacional. Demasiado pedir. Anchico y Bernal se creen figuras, caminan como figuras, paran el balón como figuras, pero son figurines de futbolistas. Pueden tener garra y jerarquía pero las sacan cuando les da la gana, de pronto contra los suplentes del Cúcuta. Les falla el cerebro. Sin madurez mental la garra y la jerarquía no sirven para nada.
A estos factores se suma un técnico como Wilson Gutiérrez. Verlo dirigir es darse cuenta de que tienen más don de mando los asesores técnicos, Centurión cuando manda en el campo o Pérez. Le quedó grande el partido por inexperiencia. Se le apareció la virgen cuando se dio el milagro del 1-0, cuando Vélez no pudo concretar las opciones que tuvo y llegó a la mitad del segundo tiempo casi resignado. Era el momento de sacar a Rodas, de buscar un segundo gol para marcar diferencia pensando en el partido de vuelta en Buenos Aires, de “poner huevos”. No. Sólo movió a la suplencia después del empate y de la expulsión de Bedoya, a esa altura ya sobreactuado. ¡Incluyó al gordo Preciado, faltando siete minutos! ¿Para hacerle un entierro de tercera a un jugador al que siempre la garra y la jerarquía se le refundió entre las neuronas?
Garra, jerarquía, experiencia, también se aplican a los directores técnicos: se le notan a leguas a un exgoleador de postín como Gareca, campeón vigente del fútbol argentino; no se advierten en Gutiérrez, un exdefensa del montón sin la coherencia para admitir la verdad al final del partido y, en cambio, decir ante la prensa nacional e internacional que quedó tranquilo porque el equipo jugó bien.
Este partido me hizo recordar el amistoso Real Madrid-Santa Fe, en agosto de 2008. Pudimos ganarlo pero la falta de lo que aquí se ha escrito desde el título permitió que los galácticos lograran el 2-1. Aquella vez un detalle antes del juego resultó premonitorio: Pacho Delgado se preocupó más por pedirle a Robinho y a Baptista que se tomaran una foto con él que por jugar. Debo reconocer que el único gol fue gracias a un desborde y centro de Alejandro Bernal, un Bernal que todavía tenía hambre de futbolista raso.
Santafereños: estamos lejos de recuperar la convicción que tenía el equipo que ganó el primer campeonato profesional colombiano en 1948, que llevó a Eduardo Zalamea Borda a escribir el emocionante “Loor a los valientes campeones”.