15 Dec 2019 - 2:36 a. m.

Valentina Acosta y el trance del tiro con arco

Valentina Acosta Giraldo tiene 19 años y ya es campeona mundial juvenil en su disciplina. Aquí habla del miedo al fracaso, el doble filo de la fama y la repetición que lleva a la grandeza.

Juan Carlos Rincón Escalante / @jkrincon

Para empezar a entender el arte de Valentina Acosta Giraldo, que consiste en disparar flechas que atraviesan el viento a velocidades intimidantes hasta estrellarse con precisión en un blanco, hay que pensar en la música electrónica.

Acosta la ama al punto que, además de bailarla cada que puede, la produce. La importancia de la electrónica no es casualidad: desde pequeña la está oyendo con devoción. Se trata de un tipo de música que se construye a través de la repetición y los ajustes milimétricos, ligeros cambios de frecuencia que hipnotizan de manera progresiva a quienes la escuchan. Conectarse de verdad con el hardstyle y el dubstep es, en medio de sonidos que colonizan todos los rincones de la mente, una especie de meditación; un trance que requiere absoluta concentración.

Lo mismo ocurre cuando Acosta está a punto de disparar una flecha. 

Antes de disputar la final del Campeonato Mundial Juvenil de Arquería, estaba secuestrada por los nervios. “No era capaz de comer, estaba desesperada por hacer cualquier cosa que no fuera estar ahí. Estuve a punto de decir que no quería pasar a disparar”.

Ya con el arco en la mano ocurrió una de esas transformaciones que solo pueden explicarse haciendo alusión a la grandeza de ciertos atletas. Su semblante era serio, su mirada estaba enfocada en un solo lugar. Todo su lenguaje corporal hablaba de certeza. “En el momento de la línea lo que se me pasa por la mente es... nada”. Ese vacío, esa capacidad de abstracción, se asemeja más a la conexión profunda con la electrónica. Apuntar el arco es también un ejercicio de cambios milimétricos. En ese momento solo están ella, sus flechas, el arco, el viento, el sol y el blanco.

Lea también: En Colombia los héroes sí existen

Acosta ganó ese encuentro 6-0. Un golpe de autoridad que convirtió a la pereirana en una de las arqueras más observadas en Colombia y el mundo. Llegar ahí ha sido un ejercicio de repetición y repetición, y más repetición.

Acosta entrena todos los días de la semana, incluyendo festivos, menos los domingos (“aunque sí entreno algunos domingos”, dice). Son cuatro horas por día y, cuando hay competencias, ese nivel de trabajo se duplica. El volumen de flechas por sesión va desde 150 hasta 380. Aquí hay algo importante para quienes nunca hemos tenido un arco: cada tiro implica desgaste físico. “Abrir” el arco, es decir, montar la flecha, es cargar el peso de unas 42 libras (19 kilos). En una competencia podemos estar hablando de hacer eso unas 100 veces. Me duelen los brazos de solo escribirlo.

El otro reto es el ambiente. “Todo el tiempo estamos bajo el sol, tenemos que aguantar el frío o el calor. Las manos te duelen. En (los Juegos Nacionales de) Cartagena la competencia fue durísima y por el sudor sentías que las flechas se te resbalaban de los dedos”.

Tampoco se pueden olvidar los nervios. El tiro con arco es un deporte solitario en el que cada arquera se enfrenta a sí misma. Si la mente se distrae, no hay manera de ganar. Acosta acaba de vivir una prueba de eso. Pero antes de contarles, permítanme devolverme un momento.

Con el Mundial estalló la fama de Acosta. La atención es bienvenida, por supuesto —cualquier deportista quiere ser admirado y reconocido por sus triunfos—. El problema es que los humanos tenemos muchas formas perversas de relacionarnos con las figuras públicas, más si son mujeres.

“Este año fue mi primer encontrón con la sexualización de mi imagen”, me dice. El video de la final del Campeonato Mundial se volvió viral: a la fecha tiene más de un millón y medio de reproducciones y más de 3.000 comentarios, los cuales son, en su mayoría, referencias a cómo se ve Acosta. En China, un artículo que la llamaba “La diosa de 19 años” hizo que se triplicara su número de seguidores en Instagram. El 90 % de sus “fans” en redes sociales son hombres, que aprovechan cualquier publicación para referirse a su físico. “Cuando van diciendo eso solo puedo pensar: parce, mirá más allá”.

Esa no es una experiencia aislada. El mundo parece ofrecerles a las mujeres famosas un pacto faustiano: tendrás reconocimiento, pero no vas a tener un solo día sin pensar en cómo te ves, sin ser morboseada y sin recibir todo tipo de propuestas. Un comentario sobre Acosta que resume todo lo que está mal con esta dinámica: hombres preguntando qué edad tiene y, cuando ven que acaba de pasar la mayoría de edad, vomitando sus “piropos”. (Acosta da un consejo: “No, no puedes pervertirme, sea mayor de edad o sea menor de edad. Si se te ocurre tu pensamiento raro, guárdatelo”).

Aparte de ese ruido (Acosta dice que es capaz de ignorarlo), el otro elefante que entra a la habitación cuando llega la fama son las expectativas, propias y externas. Apenas aterrizó en Colombia, sintió que las dudas la golpeaban. Llegó desarmada mentalmente a los Juegos Nacionales (“toqué fondo”, dice). No dejaba de pensar: y si no me merezco esto, y si todo fue un golpe de suerte, y si fallo en esta competencia, y si le compruebo a la gente que soy un fraude, y si todos están esperando a que pierda, y si... y si... y si... Eso se llama el Síndrome del Impostor, algo que, según BBC Mundo, siete de cada diez personas sufre en la vida, y consiste en creer que el éxito propio es inmerecido; que no se es tan capaz como el mundo parece creer.

El punto es que mientras la mente está sufriendo el Síndrome del Impostor, es imposible invocar la nada, esa que es esencial para los mejores tiros de Acosta. Por eso no solo perdió en los Juegos Nacionales, sino que es la primera vez que llora abiertamente en una competencia.

El bajonazo llegó en buen momento. Lo maravilloso de ese tipo de golpes es que, cuando se dan en personas disciplinadas, creativas y altamente competitivas, son un aprendizaje inmediato, una motivación sobre la mesa. “Me voy a recuperar”, dice Acosta. Le creo: en solo cuatro años llegó a la cima de un Campeonato Mundial y el año entrante tiene en la mira los Juegos Olímpicos de Tokio, a los que tiene la oportunidad de clasificar.

Sí, vienen tiempos complicados. Se mudó a Medellín para entrar en un ciclo intenso de la selección de mayores. Eso significa estar lejos de su familia, de sus amigos, entrenamientos y más entrenamientos, viajes largos, horas solitarias, enfrentamientos en partidos contra otras arqueras de la delegación colombiana (lo que no es fácil, incluso para atletas maduros), la tensión por estar compitiendo por un único puesto a los Olímpicos. “Nos espera un proceso muy largo de preparación mental”, dice, “sobre todo en mi caso”.

Pero Acosta está lista para volver a entrar en el trance, alzar el arco y soltar sus flechas. El blanco lo tiene clarísimo.

@jkrincon

jkrincon@gmail.com

Comparte: