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“Esto no se acaba hasta que se acaba”, era una de las frases más reconocidas de Lorenzo Pietro ‘Yogi’ Berra, quien en la noche del martes falleció en Nueva Jersey a los 90 años de edad. Fue una de las figuras indiscutibles de los Yankees de Nueva York, novena con la que jugó desde 1946 hasta 1963, donde ganó el Jugador Más Valioso (MVP) en tres ocasiones, además de 10 anillos de Serie Mundial y fue 15 veces nombrado para el Juego de Estrellas.
Toda su historia como pelotero puede resumirse con una fotografía: aquel abrazo en el juego cinco de la Serie Mundial de 1956 con Don Larsen. Ese instante que hizo retumbar el Yankee Stadium después que el lanzador completara el primero y el único juego perfecto (hasta el momento) en la historia de un Clásico de Otoño, se convirtió con el pasar del tiempo en una de las imágenes más icónicas de las mayores.
Su carrera se basó en la perseverancia, honestidad, integridad y lealtad, gracias a esto además de convertirse en una estrella fue un ídolo en todos los Estados Unidos. Nunca fue un hombre pretensioso, aunque tuvo un gran talento con el que logró finalizar cuatro temporadas consecutivas con 100 carreras impulsadas o más, nunca tuvo un pago mayor a los U$65.000 por temporada (1957 el año que más cobró) y tampoco firmó un contrato por más de un año.
No obstante este hombre, que terminó brillando como receptor de los Yankees, fue inicialmente firmado por los Cardenales de San Luis, la novena que seguía desde niño, sin embargo nunca pudo llegar a la gran carpa con este equipo y en 1943 como agente libre firmó con los Bombarderos del Bronx y es puesto en el equipo Norfolk Tras de ligas menores.
Presente en el Día D
No obstante su debut con los Yankees se aplazaría hasta 1946 debido a la Segunda Guerra Mundial. Yogi Berra se alistó en la Marina y estuvo en el desembarco de Normandía. “me ofrecí de voluntario para estar en los barcos. Nunca pensé que fuera peligroso, sólo quería colaborar en algo”, afirmó el exbeisbolista quien además resaltó “nunca me asusté, estaba muy ocupado recargando las armas”.
Pero su gusto por el béisbol continuó. En su regreso a Estados Unidos jugó con el equipo de la naval, Jim Glison, exjugador de los Rojos de Cincinnati, era el comandante en jefe y fue quien lo metió allí, aunque al comienzo Glison no sabía quién era Berra ni para quien jugaba (incluso llegó a confundirlo con un boxeador), un cuadrangular en la primera entrada del primer partido que jugó con aquella novena convenció al exjardinero.
Una vez quedó libre de la naval, Yogi fue puesto en AAA Newark por los Yankees y aunque tampoco creían en él, a punta de batazos convenció al manager y a los Bombarderos del Bronx, que a finales de 1946 lo llaman al equipo mayor y en el segundo turno al bate dio una demostración de lo que sería su carrera en las Grandes Ligas: cuadrangular solitario contra los Atléticos de Oakland.
Su infancia
Yogi provenía de una familia humilde de inmigrantes italianos que llegó a América en 1909 y más adelante se estableció en The Hills, en San Luis, fue el cuarto de cinco hermanos, quienes siempre demostraron pasión por los deportes, en especial por el béisbol. “En el barrio jugábamos béisbol, softbol y fútbol, pero fueron los primeras dos los que me ayudaron en mi mecánica, el primero porque lo practicamos con pelotas pequeñas, que eran muy difíciles de golpear, lo que me hizo ser selectivo, mientras que el segundo porque no hay deporte en el que puedas batera con más fuerza una pelota como el softbol”, dijo en alguna oportunidad el receptor.
Fue un joven siempre respetuoso con su papá, Prieto Berra, aunque la mayor parte del tiempo se la pasaba con sus amigos de cuadra practicando algún deporte, nunca faltó a las reglas impuestas por su padre, “en ese tiempo no había teléfono y cuando él me preguntaba a qué hora llegarás, yo le respondía: 10:00 p.m., y me respondía más vale que sea así. Tenía mucho respeto por él, nunca dejé la mesa si él no la dejaba primero”, recordó con una sonrisa el exbeisbolista en una entrevista concedida para el museo que lleva su nombre.
Últimos años
Aunque como manager afirmó que no volvería al Yankee Stadium después de un rifi-rafe con George Steinbrener, dueño de los Yankees hasta 2010 (que falleció), en 1999, el Estadio de los Yankees le rindió un homenaje que The New York Times recogió en una crónica inevitablemente titulada “Un déjà vu que se repite todo el rato. El día más feliz de Yogi”.
Cuando cumplió los 80 años, relataba en una entrevista: “No quiero saber lo viejo que soy. Prefiero pensar que avanzo hacia atrás. Además, nada se acaba hasta que se acaba. Como tengo un rostro difícil de olvidar, la gente me reconoce por la calle y me para. Me pregunta por los yogismos y siempre les digo que me salían así, que no los pensaba”.
Berra, que jugaba como catcher, comenzó su carrera en esa época en la que el béisbol centraba la vida del país y nunca abandonó la vida pública. Es imposible saber cuáles de sus frases son ciertas y cuáles son un invento; pero como dijo un personaje del filme de John Ford al final del Hombre que mató a Liberty Valance: “En caso de duda, imprime la leyenda”. Y Berra es sin duda se va siendo un inmortal.