Mauricio Valencia, en su máximo esplendor

El atleta colombiano, que obtuvo una medalla de oro y otra de bronce en los pasados Juegos Paralímpicos de Río de Janeiro, es un ejemplo, junto con su familia, de que el amor lo puede todo.

El atleta Mauricio Valencia fue el segundo mejor deportista paralímpico. / El Espectador
El atleta Mauricio Valencia fue el segundo mejor deportista paralímpico. / El Espectador

Mauricio Valencia cierra los ojos, se queda en silencio por unos instantes y una sonrisa se dibuja en su rostro paulatinamente.

“Mirá, la ventaja frente a los demás niños de la cuadra con los que salíamos a pedir dulces cada 31 de octubre era que me llevaba los mejores caramelos y chupetas. Eso era gracias a la silla de ruedas en la que iba y el disfraz de Supermán que siempre me ponía”, dice Valencia, quien puede llegar a intimidar a quien lo conoce por primera vez por su contextura física fornida y su cara de rasgos fuertes.

Luego suelta una carcajada y agrega: “Llenaba rápido mi calabaza e incluso podía salir otra vez y volvía a hacerlo. Yo no sé si hoy en día, con 28 años, tenga el mismo éxito”.

Ese es el primer recuerdo que viene a la mente a Mauricio de los 22 años que vivió entre los barrios Antonio Villavicencio y el Morichal de Villavicencio. Lugares donde forjó varias amistades, duraderas hasta el día de hoy, y donde también tuvo que dejar hace seis años a Miriam Barreiro Molina, encargada de su crianza, pues fue la compañera de Dagoberto Valencia, su papá fallecido.

Freiman Arias y Alonso Mina invitaron a este llanero a entrenar atletismo en el Valle del Cauca en 2010. La dupla de entrenadores se dio cuenta de que tenía las condiciones físicas para los lanzamientos de bala, jabalina y disco. Era momento de empezar a formarlo para la alta competencia.

Mauricio Valencia aprendió a lanzar la jabalina con la misma precisión con la que habla. Así se convirtió en el número uno del mundo en la categoría F34, destinada a los atletas en silla de ruedas que tienen mínimas limitaciones en sus brazos y tronco, pues antes de cada competencia se dice a sí mismo, a su cuerpo técnico y a los rivales —si tiene oportunidad— que su único objetivo es subirse a lo más alto del podio.

El caleño por adopción se hizo imbatible. Primero ganó en el ámbito nacional. Luego empezó a competir internacionalmente, y aunque no fue el número uno en esas primeras incursiones fuera de Colombia, sí “peleó” contra los mejores. De ellos aprendió a perfeccionar sus lanzamientos para luego derrotarlos.

El resto son los frutos del esfuerzo y dedicación de él y de su cuerpo técnico: subcampeón mundial en la pasada cita orbital de Doha y medalla de oro en lanzamiento de jabalina y bronce en bala de los más recientes Juegos Paralímpicos que se llevaron a cabo en Río de Janeiro. En suelo carioca se convirtió en uno de los atletas más destacados de la delegación nacional, no sólo por sus triunfos sino por su alegría y carisma.

Detrás del éxito y la buena energía de Mauricio Valencia está Ángel Máximo Mauricio Valencia, el pequeño hijo que nació de la unión con Jenny Paola Caicedo, quien además de ser su compañera, ejerce como cómplice de sus aventuras.

“Cuando llegamos a la registraduría para darle el nombre al niño, la funcionaria nos dijo que el límite eran siete. Yo le dije que estuviera tranquila porque con tres sería suficiente. Ángel, porque así lo llamaba Jenny durante el embarazo; Máximo porque es mi todo, y Mauricio como su papá. Punto final”, cuenta el campeón olímpico sobre el curioso nombre de su primogénito.

A pesar de su contextura física, Mauricio es tierno. Basta verlo junto a su hijo, que en la mayoría de ocasiones viste como él, para darse cuenta de que ni la diplejía que tuvo al nacer por hipoxia —falta de oxígeno—, y que le afectó el movimiento en sus extremidades inferiores, le impide disfrutar al máximo la vida, su familia y el deporte.