Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
—No es algo nuevo para mí —dice—. En el Mundial Sub-17, hace dos años, me metí un gol.
La confesión suena dura, franca, áspera. Y, sin embargo, José Antonio Rodríguez (o Toño, como es infinitamente mejor conocido) sonríe. Habla con gracia, pronunciando las palabras en la amplitud de cada gesto. No hay asomo de pudor. Por el contrario, el arquero mexicano exhibe cierto orgullo. Adiestrado por el tiempo, Rodríguez se expresa con la tranquilidad del error aprendido.
—La experiencia en ese Mundial me forjó, me curtió —comenta—. Veo los partidos y siento alegría, porque había más presión.
El torneo se jugaba en Nigeria. México compartía el Grupo B con Brasil, Japón y Suiza. En el debut, frente a los europeos, el equipo cayó 2 a 0. El reporte del partido señala que, a los 22 minutos del primer tiempo, Pajtim Kasami abrió el marcador. El segundo gol fue de José Rodríguez. El tiro de esquina, cobrado desde la derecha, venía cerrado. Rodríguez salió, sacó la mano para puñetear y la metió dentro de su propio arco.
“¿De qué te vas a disfrazar, mi queridísimo Rodríguez?”, preguntó un narrador.
De sonrisa, probablemente de sonrisa.
Como un libro
De pie ante los periodistas, Rodríguez ensaya una metáfora. México acaba de eliminar a Colombia, el anfitrión, del Mundial Sub-20. La victoria fue clara, categórica.
—Es es como un libro —afirma—. Vamos pasando las páginas. Ya pasamos la de Colombia. Ahora sólo nos faltan dos.
Con parsimonia, el arquero voltea las hojas de un libro imaginario. Sonríe, claro. El gesto de la cara tiene tanto que ver con la victoria como con un estado natural, casi inconsciente. Para el mexicano, cada respuesta es una forma de camaradería, de compadrazgo.
—Yo sé que es normal y todos queremos hacer las cosas perfectas, y nadie es perfecto, pero te digo algo, ese balón está endiablado, puedes ver el tercer gol a Cristian Bonilla como se le mueve.
No, nadie es perfecto. Ya bien entrado el segundo tiempo, su equipo les ganaba por la mínima diferencia a los colombianos. El local buscaba la igualdad con fuerza, atropelladamente: la torpeza como forma de ceguera. La naturaleza del empate terminó siendo esa: un gol raro, con vocación de accidente. El remate bajo pasó por entre las piernas de Rodríguez, que miró a todos lados.
—En lo personal, creo que sé manejar ese tipo de situaciones, porque gracias a Dios tengo un carácter bárbaro. Sentí esa culpa porque, caray, le íbamos ganando 1-0 al local, nos metía un gol y se nos venía encima y se levantaba el estadio, y era imposible pararlos.
Sin embargo, el gol fue un paréntesis, un rodeo: Colombia no llegó más y México marcaría otra vez. Inmediatamente después de la segunda anotación mexicana, Rodríguez se acercó a sus compañeros de zaga.
—¿Saben qué? —les dijo—. Me conocen, los conozco: no va a entrar otro gol colombiano.
No se equivocó. Acorde con la ingrata lógica de su puesto tuvo varias atajadas. Mantuvo el temperamento, la jerarquía, la seguridad: esa otra manera de nombrar la confianza. Y, desde luego, celebró sin reservas. Al margen de la clasificación, había otras razones para hacerlo.
Como parte del complejo Grupo F, México había empezado su participación ante Argentina. Tras la derrota vendrían una victoria ante Corea del Norte y un empate frente a Inglaterra. Rodríguez no fue titular en los primeros dos encuentros, pues era suplente de Carlos López, que hasta ese momento era el dueño del arco mexicano. Contra lo esperado, el partido ante los coreanos le dejó a López una lesión en la mano derecha.
“Si no está listo Carlos para jugar”, dijo en aquel momento Juan Carlos Chávez, técnico mexicano, “están los otros dos arqueros, que son porteros confiables”.
Rodríguez era confiable: dejó la portería en cero ante los ingleses y fue fundamental ante Camerún, en los calurosos octavos de Cali, con paradas en el partido y el penal que le detuvo a Franck Ohandza (el primero de la serie). La historia frente a los colombianos ya es conocida: corrección, acierto, coraje, prudencia.
—Estamos conscientes de que esto es para el país y que, caray, podemos mover a mucha gente. La sub-17 lo hizo y estuvimos presentes, y es una alegría poderlo hacer nosotros.
Ir de menos a más
Rodríguez siente que México no lo ha entregado todo. No todavía. La figura del libro funciona para ilustrarlo: un cuento que aún no ha dado su mejor golpe. El equipo de Juan Carlos Chávez ha venido de menos a más, pero su mejor partido no es lo que se podría esperar como su mejor partido.
—Se levantó en comparación a los juegos anteriores —apunta—. Pero seguimos debiendo, sabemos de la capacidad que tenemos. Esperamos que en semifinales hagamos nuestro mejor fútbol para llevar el título a nuestra gente.
Y sonríe. La gloria parece estar a la vuelta.