Mucho James

En ocho meses con el Real Madrid, el colombiano ha despejado las suspicacias que despertó su fichaje.

Hay goles ilusorios que mejor recordarlos como uno quiera que asumir la cruda realidad. Ningún no gol como el de Pelé ante el portero uruguayo Ladislao Mazurkiewicz en el Mundial de 1970. Gerson filtró un pase y el Rey brasileño, sin tocar la pelota, hizo un regate sublime a aquel arquero de tan consonante fonética. Su remate se fue por un dedo. Con Pelé y otros genios, el fútbol es ensoñación.

Por supuesto, nunca alcanzará la celebridad de Pelé, la de sus goles francos y los otros, pero en estos tiempos tan prosaicos y materialistas, James hizo su modesto golazo imaginario en el primer asalto del derbi madrileño por Europa. Pasada la media hora, tras un córner, la pelota le cayó al colombiano en el balcón del área. Le pilló hacia su perfil tuerto, el derecho, el de patapalo, y como un zaguero se le vino encima tiró de un recurso fabuloso. Ajustó la mirilla entre una Amazonia de 28 piernas —las de los 14 futbolistas contados que en ese momento abarrotaban la periferia de Oblak— y con el empeine exterior disparó junto al palo izquierdo del esloveno. La parada fue estupenda, por cegata. Solo James había visto despegar el balón.

A nadie pudo extrañar la utopía de James. Este chico de Cúcuta tiene la portería entre ceja y ceja, a oscuras incluso, como certificó en su obra maestra a otro meta uruguayo, Muslera, en Brasil 2014. Entonces, vio la portería de espaldas, con lentes en la nuca. Ante el Atlético, por un rabillo de botas. El flirteo de James con el gol es innato. No importa que fuera un segundo delantero y ahora sea volante. James es un futbolista de doble-doble, cualidad de la que en su equipo solo pueden presumir Cristiano (50 goles y 16 asistencias), Benzema (21-12) y Bale (15-10). 
 
Precisamente, por culpa de ellos, James, que llegó como un intruso con vocación ofensiva al precio de 80 millones de euros, tuvo que mutar y ser lo que no era, Di María. Con 61 días de baja, hoy suma 14 goles y 13 asistencias en 38 partidos. Ha sellado golazos como al Granada en Los Cármenes y ha hecho de mensajero de chistera en pases a CR. Como el que hizo, ante el Granada, pero en Chamartín, con un tobillo izquierdo de plastilina. En este James hay de todo. Muchos James en uno.
 
En ocho meses, el colombiano ha despejado las suspicacias que despertó su fichaje. Cabía pensar que llegaba demasiado joven (23 años recién cumplidos), con los humos de su gran Mundial a cuestas, con un recorrido sospechoso para su acné (tres clubes en seis años)... Los más escépticos también rebobinaban para acentuar la dispersión táctica tradicional del futbolista colombiano, aquellos espíritus libres que jugaban como bailaban, de Asprilla a Rincón.
 
Para colmo, James, que no fue una ganga, tenía que casar en un club tan deportivo como mercantil. Tenía que empotrarse en un equipo donde le tapaban su campo natural de acción tres tenores como CR, Benzema y Bale. Uno es el póster planetario de la institución y los otros dos tienen guiño presidencial. Sobre el cafetero también caía otra presión añadida. El Madrid había conquistado la Décima con Di María al mástil. Es decir, James fue fichado a precio de megaestrella pero no podía ejercer de tal en su zona habitual porque no había cupo. A cambio, debía justificarse sin dejar ser quien era supliendo a quien en casi nada se le parecía. Un galimatías. También para James, máxime cuando Isco apareció como otro cerco en su trance.
 
Paso a paso, sin otra demora que la de su lesión, el chico ha saltado todas las vallas y hoy luce como el mejor. El Madrid le necesita tanto como al que más. Desde su posición de volante no desdeña del todo la faena de Di María, tiene el arte de Isco, descodifica el ataque como Benzema y discute el gol con Bale. Porque si algo no ha perdido James es su vocación para golear. El gol no se le ha alejado por replegarse, conoce los atajos como su palma.
 
Cristiano al margen, llegado el momento culminante, más aún en este Madrid constipado por las bajas, no hay mejor gancho que James, que ahora también tendrá que ser un poco Modric. Lo que le faltaba. Valla a valla se lo ha ganado con creces. Y con una sonrisa espontánea. Porque este precoz aventurero colombiano madura como un pretoriano del fútbol y solo su gesto jovial en cada travesura en el campo delata su tierna edad.
 
Por ahora, su única mala jugada, por indiscreción ajena, le llegó como asesor musical del cumpleañero Cristiano. Pecado de juventud.
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