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Noviembre 20, 1993
Exclusivo, excluyente, un apartheid de once, de trece si queremos, de cinco, de siete como en los picados, pero apartheid. Juega el que sabe, y punto mi señor. Juega el que nos hace ganar, el que quita, muerde, construye, dribla, el que hace goles o el que va al arco, gordito excluido del verdadero juego, con alma de delantero que no tuvo más remedio que obedecer y hacerse bajo el arco para que los cracks lo dejaran en el equipo. No, si después nos rasgamos las vestiduras porque Vivalda se le lanzó a un tren, o porque un anónimo tercer portero de cualquier equipo se botó de un octavo piso. Hipócritas. Todos somos responsables de sus tragedias. Es más, mi señor, todos somos responsables de todo, como decía un escritor ruso, y busque, porque acá no quiero dármelas de sabio cuando apenas soy un pobre sabihondo que repite lo que dijeron otros. En fin. Acá sigo, dándole al muro, con la izquierda, con la derecha, con la cabeza, parándola de pecho o con el muslo, ensayando hasta las vísceras una rabona o una bicicleta para descrestar a los cracks y que así me metan en el equipo y me permitan ser parte de su juego, genios, divinidades, decidores y decididores de quién juega y quién no.
Porque ellos deciden. Como las lindas de los bailes de 15, o de 18 o de siempre y aunque no haya baile, van con la cabeza erguida, en un envoltorio de luces de seguridad, y pisan fuerte, y miran por encima del hombro y se sientan en sus tronos y allí reciben las dádivas de sus súbditos y luego eligen a uno. Los demás, a la caneca. Rechazados. Todos rechazados. Todos humillados. En el fútbol como en el amor. La ley de la vida, la ley del más fuerte, dirán. Si usted no tuvo que pasar por las pisaditas de antes de los picados en los que los cracks iban pidiendo, uno usted, uno yo, del mejor al peor, y al final, los ripios, los troncazos, si no ha ido a una fiesta y se ha tenido que morder los labios para atravesar un salón repleto de gente que lo mira mientras le ofrece su mano en señal de “bailemos” a la mujer de sus sueños, y le han dicho que no y ha querido que se abra un hueco para meterse ahí e irse directo a la quinta paila del infierno, si usted no ha escuchado antes de un juego importante al capitán recitar la alineación para el partido de turno y no ha escuchado su nombre ni su apellido ni nada y ha tenido que sentarse a esperar en un montículo, y a odiar en ese montículo y tener que hacer cara de ‘el equipo somos todos, y todos vamos por la victoria’, cuando lo que queremos en realidad es que se muera el capitán y entrar por él y hacer el gol del triunfo en el minuto 90, y si es de chilena, bendito sea dios… Si usted no vivió esas cosas, mi hermano, no me venga con cuentos de que el fútbol incluye y a repetirme lo del comercial aquel del niño del ‘dejen jugar al negrito’, ni con adulcorados discursos de solidaridad y de amor y peace and love y que se vayan todos al demonio.
MEJÍAS JOVEN
¿Yo qué ahí, Frías, hable bien, hable claro, cómo así que ttttttodooooooo? ¿Tttttodo qué, carajo?
SARA
Nacho, Ignacio, cálmese, que no queremos más problemas.
MARCELA NOGUERA
Sí, necesitamos calma. Pensar, pensar, ¿bien?
MEJÍAS JOVEN
Pues por mí, yo estoy repodrido de ustedes con sus trampas y sus planes…
MARCELA NOGUERA
Veo que no se acuerda de nada de anoche, o se está haciendo el bobo.
MEJÍAS JOVEN
¿De qué, a ver, de qué me tengo que acordar?
SARA
¿Qué cree, que de dónde sacó esa camiseta del Flu que se le sale por ese cuellito? ¿Y quién lo trajo hasta la casa de papito y lo desnudó, ayyyy ayyyy ayyyy?
MARCELA NOGUERA
Bueno, ya, bastaaaaa… Metámonos a ese café y hablamos y le recordamos a este tipito lo que hizo.
IGNACIO MEJÍAS
Lo que había hecho, les recordé, fue meter aguardiente y cerveza y una cosa que había llevado un amigo de ellos. Apenas recordaba figuras borrosas, rostros y torsos desnudos, besos muy húmedos, ropa que caía, bailes. Todos con todos. Ya después, nada, y después de esa nada, mi cuarto y el uniforme del Flu y Usted abusó y el relato del negro que como que quería ser blanco, y que por el milagro de que se agotara la batería de las pilas había dejado de salir del fondo de mi maletín.
MARCELA NOGUERA
Bastante que gozó anoche, ¿no, don Sánscrito?
SARA
Sí, qué va, con lo que nos esforzamos y ahora sale con que no se acuerda. No viejo, nooooooo. Noche perdida, como dicen.
ALBERTO FRÍAS
Rrrrrrasssputttín, que se llamaaaaa estttte sssitioooo, ja
SARA
Apenas para que usted lo diga, Rrrrrrrrrrasssputttín…
MARCELA NOGUERA
Oiga, Sánscrito, el tipo que nos llevó la merca sabía cosas, lo nuestro, las apuestas, y más…
MEJÍAS JOVEN
Puessssss, no será el primero.
MARCELA NOGUERA
Fue uno de los que cayó. Nos reconoció. Nos amenazó, dijo algo como que trabajaba con los tiras.
MEJÍAS JOVEN
¿Nos? ¿Nos? ¿Nooooossssss?
MARCELA NOGUERA
Oiga, santurrón, ¿usted ya se miró el pecho?
MEJÍAS JOVEN
Con qué tiempo.
MARCELA NOGUERA
Pues hágale, hermano. Mírese
SARA
Yo le hago, hembrito, como anoche, ¿sí?
MEJÍAS JOVEN
Ufffff, no, ¿y esto? Pero ni lo siento.
MARCELA NOGUERA
Usted se agarró con el de la merca y lo dejó Tuqui tuquiiii. Buena esa, Kid Sánscrito.
MEJÍAS JOVEN
Ese no era yo. No me venga con cuentos.
SARA
Y volvemos con las mismas. Viejo, usted le dio al man y el man no se paró. Ahí de milagro respira. Tuvimos que guardarlo en el sótano, ¿bien? ¿Ya por fin se va enterando?
MARCELA NOGUERA
Hable a ver…
MEJÍAS JOVEN
Necesito un abogado.
ALBERTO FRÍAS
Diiiiga, mmmmmijo….
CARLOTA GUTIÉRREZ
Buenassss, ¿hay algún problema por acá?
MARCELA NOGUERA
No, linda, todo bien. Más bien, cuánto se le debe.
CARLOTA GUTIÉRREZ
Pero si no han pedido nada…
MEJÍAS JOVEN
Doña Carlota, no hay lío, para nada. Excuse el escándalo, por favor.
MARCELA NOGUERA
Ahhhh, doña Carlota. Bien, bien. ¿Será que nos puede regalar cuatro cervezas, pero para llevar, o sea, con envase? La verdad es que andamos con apuro.
IGNACIO MEJÍAS
A los estrujones, o como se diga, me llevaron al apartamento de la Macarena, y allá, en una especie de subsuelo, abrieron la puerta de un cuartucho y me mostraron al tipo de la merca, con una herida en la sien y otra en la cabeza, amarrado a una silla, vendados los ojos y con un esparadrapo en la boca… Gemía, se retorcía. Luego de mostrarme a mi supuesta víctima, la Noguera cerró con mil llaves y me botó al sofá de la sala. No había un solo indicio ni de rumba ni de pelea. Todo estaba impecable.
MARCELA NOGUERA
Por más vueltas que le hemos dado a esto, no nos queda más que llamar a la poli y contar lo que ocurrió, don Sánscrito.
MEJÍAS JOVEN
Pero si ustedes se están inventando una novela. No hay ninguna señal de que yo le haya dado a ese man. Mire mis manos, limpias. Mi cara, mis brazos, mis piernas, todo sano.
IGNACIO MEJÍAS
La Noguera sonrió con aquella sonrisa imposible que sabía manejar, miró a Frías, y Frías se puso unos guantes y sacó del cajón de un aparador un jarrón de cobre que parecía muy pesado, con tintes rojos en la base.
ALBERTO FRÍAS
Laaaaa sangrrrrrre de la evi-evi-evi-ddddencia.
MEJÍAS JOVEN
Obvio que esa sangre, si es sangre, no es mía. Creerán que soy idiota, pues.
MARCELA NOGUERA
No es su sangre, pero ahí están sus huellas, Sánscrito.
MEJÍAS JOVEN
A ver, díganme de una, qué es lo que de verdad quieren.
MARCELA NOGUERA
Es que no hay otra que llamar a los polis, lindoooooo. A menos…
MEJÍAS JOVEN
¿A menos de qué? Yo ya estoy podrido de todo esto. De ustedes, del fútbol, de las apuestas… de todo.
MARCELA NOGUERA
Oye, Sánscrito, muñeco. Nosotros estamos de tu lado, ¿cierto?
SARA
Síííí…
ALBERTO FRÍAS
Porrrrr suppues-toooo
MARCELA NOGUERA
Cómo no vamos a cuidarte, con esos ojitos de ensueño, y esa nariz respingadita, y esos rulitos de dios griego, boquita de corazón… Tú estás con nosotros, y nosotros contigo, así que relájate. Relax y amor.
IGNACIO MEJÍAS
Y yo hasta le creía. Una mujer así, que me decía esas cosas. Qué digo, que me hablaba y delineaba con sus dedos, finos, ágiles, que me desarmaba con su mirada de promesa. Yo hubiera ido hasta el infierno con ella y por ella si me lo pedía. Cuando dijo amor, se me acercó y quedó pegada a mí, o yo a ella. Encaramó una pierna sobre las mías, recorriéndola con sus manos, al derecho y al revés, subiendo centímetro a centímetro su larga falda de tela india hasta la mitad de su muslo, y acercó su boca a mi oído. Me sopló, suave, penetrante, convencida.
MARCELA NOGUERA
Ese tipito al que usted noqueó con ese jarrón, Sánscrito, se llama Julio Camino. Tiene un hijo de cuatro años, Stéfano. Aunque no lo parezca, es un padre con todas las mayúsculas, y un esposo, también, y seguro, un hijo modelo, ja. En fin. La mujer, Anabell, trabaja de sol a sol en dos peluquerías distintas, y él, pues ya sabe, colabora con la merca y con alguna platica que a veces es más y a veces menos como informante. ¿Vamos bien?
MEJÍAS JOVEN
Mmmmmmm
MARCELA NOGUERA
¿Vamos bien, muñequito? Quiero oír tu linda voz.
MEJÍAS JOVEN
Sí, bien, vamos bien, o sea, entiendo lo que dice. Siga
MARCELA NOGUERA
(Trala lalala lalalala. Tararea la música de Misión Imposible o algo así). Su misión, si decide aceptarla, adivine.
MEJÍAS JOVEN
Yo no voy a hacer nada de lo que están pensando.
MARCELA NOGUERA
Es que no tienes opción, mi muñeco.
MEJÍAS JOVEN
Prefiero muerto.
MARCELA NOGUERA
¿Muerto? ¿Muerto? Ja…Oigamos a este, pues, que ni siquiera ha escuchado lo que tiene que hacer y ya se está matando.
MEJÍAS JOVEN
Hablen, entonces
MARCELA NOGUERA
Esto tiene dos partes, como mínimo. La primera, averiguar dónde estudia el crío, sacarle fotos, y a la mujer, Anabell. Y rápido que ese tipo se nos puede morir allá abajo. Y la segunda, ir a chantajearlo con las fotos para que se calle pero bien calladito. Sólo es que se las muestre y listo. Él entiende, ni bobo que fuera.
MEJÍAS JOVEN
¿Y luego, ya? ¿En paz y para siempre?
MARCELA NOGUERA
Luego hacemos una fiestica como la de anoche para celebrar, mi muñecoteeee, que quedamos muy como en la mitad.
SARA
Y menos de la mitad, qué penaaaaaa… Y con las ganas que tengo.
MEJÍAS JOVEN
¿Cuándo es el plazo?
MARCELA NOGUERA
Veinticuatro horas, papito. Acá tiene el teléfono del tipejo. Dependemos de usted, todos dependemos de usted.
IGNACIO MEJÍAS
Me fui como un robot, con mi maletín y la grabadora a cuestas. Caminaba, pero era otro el que le daba las órdenes a mis piernas. Y era otro el que pensaba. Y era otro el que iba desechando alternativas, y era otro el que creía que su única opción era matar a la Noguera, y de paso a Frías y a Sara, o irse a uno de los puentes de la 26 y lanzarse al vacío. O no, el de esas posibilidades sí era yo. Un hombre sin rumbo, sin destino, atrapado por estúpido, por ingenuo, por yo. Enredado desde el principio por las argucias de una mujer, una mujer así, y un idiota como yo, que en medio de la situación, sacaba tiempo para pensar en que tenía que llegar rápido a la casa para ver un partido de los azules, y que luego recordaba que el televisor estaba dañado y se iba al café de la 57, el Rasputín, a ver si allá lo podía ver.
CARLOTA GUTIÉRREZ
¿Y los amiguitos? ¿Estaban como alzaditos, no?
MEJÍAS JOVEN
Ni amigos ni itos ni nada
CARLOTA GUTIÉRREZ
Café y bien cargado, supongo.
MEJÍAS JOVEN
¿Acá van a ver el partido?
CARLOTA GUTIÉRREZ
Cuál partido, mi señor. Ni idea, si hay juego, seguro ahora pasan por acá los hinchas hacia abajo, con sus banderas azules y sus cartelitos. La romería de los eternos perdedores.
MEJÍAS JOVEN
Úpaleeee
CARLOTA GUTIÉRREZ
¿Le dolió?
MEJÍAS JOVEN
Ayyyy, entre tantas cosas, ya ni sé qué es el dolor.
CARLOTA GUTIÉRREZ
¿Tantas cosas?
MEJÍAS JOVEN
Sí, tantas. Ni se imagina.
CARLOTA GUTIÉRREZ
Cuénteme.
MEJÍAS JOVEN
Pero si ni yo mismo sé cómo salir de este embrollo.
CARLOTA GUTIÉRREZ
Precisamente por eso soy una mejor oyente. O sea, imparcial.
MEJÍAS JOVEN
Mmmmmm… Y si supiera que todos mis líos comenzaron por confiar… Y en una mujer, precisamente.
CARLOTA GUTIÉRREZ
¿Adivino? La morenita de ojos negros e inquietos con la que estaba esta mañana.
MEJÍAS JOVEN
Ajá
CARLOTA GUTIÉRREZ
¿Sí ve que tengo poderes?
MEJÍAS JOVEN
Pero no es por el lado que usted cree.
CARLOTA GUTIÉRREZ
Con las mujeres y ustedes, todo, todo, siempre es por el lado que yo creo o por ahí. Oiga, ahora que lo pienso, ¿no quiere que le lea las cartas? Son de un pueblito de la Rusia eslava.
MEJÍAS JOVEN
No le entiendo nada, de verdad. Y como que tampoco importa, y ahora viene con cuentos de leerme cartas. ¿Usted cree que yo estoy para eso? Pero dele, léame lo que quiera que más perdido no voy a estar. Oiga, una pregunta, ¿tiene pilas grandes?
CARLOTA GUTIÉRREZ
Acá no vendemos pilas, como puede ver, mi señor. Ya traigo las cartas.
MEJÍAS JOVEN
Prestadas, por lo menos. Cinco minutos, por favor.
CARLOTA GUTIÉRREZ
Pero prestadas. Voy, voy, voy. ¿Y es que ahí carga con una de esas grabadoras de playa?
MEJÍAS JOVEN
De negro, diga.
CARLOTA GUTIÉRREZ
Acá tiene, mi señor. Y las cartassssss.
LOCUTOR BRASILEÑO
Estos son los instantes en los que toca encomendársele a todos los santos y el espíritu, santo él también, y a Dios, que nos ha traído hasta este partido para ver la mutación, la transformación de un futbolista en otro, y a plena cancha y rodeado de sus compañeros del Flu. Entre piernas y siluetas, uno ve cómo la piel blanca de Carlos Alberto se va decolorando y decolorando sin que nadie puede hacer nada, y lo que era blanco se ha vuelto oscuro, negro, y lo negro no ha sido del gusto del público, que silba como truenos y que pide, exige, que saquen a ese hombre al que hace dos minutos adoraban y que lo echen a la calle, de donde jamás debió haber salido. Esta fecha, este momento, quedará reteñida para siempre en la historia del fútbol brasileño, aunque no sea precisamente por el fútbol…
CARLOTA GUTIÉRREZ
¿Pero eso qué es?
MEJÍAS JOVEN
Señora, señora…
CARLOTA GUTIÉRREZ
Carlota Gutiérrez, mucho gusto
MEJÍAS JOVEN
Ni yo lo sé, es una magia rara.
CARLOTA GUTIÉRREZ
Para los incrédulos como parece ser usted, todas las magias son raras.
MEJÍAS JOVEN
Pero esta… Mire, oiga que sigue y sigue sonando. Y mire, le muevo todos los botones y sigue esa voz, y eso que no ha empezado a cantar. Solo se calló un rato cuando las otras pilas se agotaron. ¿Usted sabe de esto o conoce a alguien que sepa?
CARLOTA GUTIÉRREZ
Larala… Sí, esto sí está como raro. El otro día oí que había un aparatico que le metían a esas grabadoras y como que les bloqueaban las señales para dejar solo una grabación. Cosas del demonio de ahora, digo yo… ¿Macumba, es que la llaman?
Créditos:
Este capítulo contó con las actuaciones de
Fernando Araújo Vélez en el papel de Ignacio Mejías
Joseph Casañas es Ignacio Mejías joven
Marcela Noguera es Laura Camila Arévalo
Alberto Frías fue interpretado por Santiago La Rotta
Sara fue interpretado por Paulina Mesa
El locutor brasileño fue interpretado por Henry Osorio