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Infantino, el ángel negro del fútbol

Este, más que un perfil del hombre más poderoso del deporte, es un perfil de la FIFA: un organismo vivo, contradictorio y complejo, moldeado por el capitalismo salvaje hasta convertir un juego de masas y una de las mayores expresiones de la cultura popular, en una industria global imposible de reconocer.

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Thomas Blanco
06 de junio de 2026 - 09:00 p. m.
Gianni Infantino, presidente de la FIFA desde 2026.
Gianni Infantino, presidente de la FIFA desde 2026.
Foto: EFE - CHRISTOPHER NEUNDORF
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«¿Si el cometa Halley viniera todos los años, lo seguirías mirando?», dice Michael Jackson en su película, una biografía vigilada por su familia, llena de calorías vacías y que reduce la complejidad de su ser a mucho azúcar, pero que contiene esta luminosa metáfora que nos sirve, a cuatro días del Mundial, para describir la nueva gramática de un deporte gobernado por un tipo desangelado, sin carisma y con apetito insaciable, como tonel de vino con agujeros que nunca logra llenarse. Porque la excepcionalidad de este cometa, que además podría pasar cada dos años y no cada cuatro, ha quedado hipotecada a la lógica de la sobreexposición.

El primer Mundial de 48 equipos —tal vez el único, si no sube a 64— repartidos en tres países, tendrá 72 partidos en la fase de grupos, 8 más de lo que se jugaba anteriormente en todo el torneo, sobredosis. Y de los 48, solo no clasificarán 16, ya que avanzarán los 8 mejores terceros de un universo de 12 grupos. Los derechos de televisión son la gallina de los huevos de oro de la FIFA. ¿Cómo llegamos aquí? Jorge Valdano siempre dio por sentado que el fútbol, a pesar de sus escándalos, iba a continuar vivo mientras el género humano estuviera respirando. «Tantas veces me mataron, tantas veces me morí. Sin embargo, estoy aquí, resucitando», dice Mercedes Sosa. Pero ya ni él, ni las nuevas generaciones, están tan seguros.

La FIFA tiene 122 años de vida y solo ha tenido 9 presidentes. Y los dos últimos nacieron a 9 kilómetros de distancia. Gianni Infantino, hijo de migrantes italianos, nació en el cantón suizo de Valais, cerca de la frontera con Italia, e hizo su carrera en la UEFA como la mano derecha de Michel Platini. Joseph Blatter, suizo también, fue hundido por el FIFA Gate el 27 de mayo de 2015, en medio del desayuno del Baur au Lac, el hotel más ilustre de Zúrich, en el marco de la votación que lo iba a reelegir. El día en el que el FBI entró en una redada cinematográfica, planificada, revanchista y destapó el escándalo de corrupción más grande del deporte.

Blatter recibía sobres debajo de la mesa, Infantino, su sucesor, los recibe por encima, a la luz, en la legalidad. Eso los distancia, pero como podemos ver, no todo lo legal es moral ni todo lo moral es legal.

Cuando Infantino asumió la presidencia de la FIFA en 2016, su remuneración anual era de 1,28 millones de euros. Para 2024, según documentos fiscales estadounidenses revelados por Le Monde, esta había ascendido a 5,27 millones de euros, un incremento de más del 300% y que obedece al cambio de un sistema de una organización “sin ánimo de lucro”. Un sistema al que Infantino entró para voltearlo y exprimirlo para monetizarlo a niveles dantescos.

“El dinero de la FIFA es su dinero”, fue el titular más contundente del discurso de Infantino antes de la votación que lo elegiría como presidente. Más que limpiar la imagen de la FIFA, Infantino se comprometió a incrementar a 5 millones de dólares el dinero que recibiría cada asociación de la FIFA, en un momento en el que pocas de ellas lograban superar la barrera del millón. El cómo: propuso un Mundial de 40 equipos (después alargó a 48) y un Mundial de Clubes de 32, que se disputó hace un año, cuyo trofeo tiene inscrito el nombre de Infantino, dos veces… y que, según él, generó 2 billones de dólares: “33 millones por partido”.

“El Mundial de selecciones es la vaca lechera de la FIFA. Es la principal fuente de ingresos de la organización en un ciclo de cuatro años”, destacó Simon Chadwick, profesor de EM Lyon Business School y autor de The Business of the FIFA World Cup, en entrevista con Newsweek. “A mucha gente puede no gustarle la forma en la que Infantino ha gestionado el fútbol, pero las confederaciones y las federaciones nacionales están más satisfechas que nunca porque la FIFA está produciendo cantidades de dinero sin precedentes bajo su liderazgo”.

Se estima que la Copa del Mundo generará más de 11 billones de dólares, Infantino ha prometido que “cada dólar” será reinvertido en cada una de las 211 asociaciones miembro de la FIFA. Los cuerpos técnicos de las selecciones prepararon el torneo entendiendo que habrá cuatro tiempos, debido a que al minuto 22’ de ambas partes habrá una pausa de “hidratación”, que en realidad serán tres minutos de comerciales ininterrumpidos en las pantallas de los estadios.

Y el precio exorbitante de las entradas tiene que ver con un cambio de lógica en la economía a la que se ha montado la FIFA. La clase media se ha erosionado y los ingresos de los más ricos, que siguen en aumento, son ahora el foco estratégico de las multinacionales. La FIFA, reitero, es una organización sin ánimo de lucro en los papeles, pero una multinacional en el mundo real. “Tenemos que mirar el mercado, estamos en un mercado en el que el entretenimiento es el más desarrollado del mundo”, argumentó Infantino en la Conferencia Global del Instituto Milken, en mayo pasado.“En Estados Unidos, además, está permitido revender entradas, así que si vendes entradas a un precio demasiado bajo, esas entradas serán revendidas a un precio mucho más alto”.

Ante esta sobrecarga de partidos, no solo para los futbolistas, sino para los hinchas, que desvaloriza el fútbol en su dimensión espiritual al tiempo que lo monetiza, al analizar el fútbol como producto, cada vez menos accesible para esa clase media, es paradójico que su calidad y espectáculo han caído dramáticamente en los últimos diez años. El día de su presentación como seleccionador de Uruguay, Marcelo Bielsa hizo una endoscopia del fútbol contemporáneo.

“El fútbol es de la gente y los jugadores. Y después están los que mediamos entre ellos: los entrenadores, los periodistas y los dirigentes. Nosotros tres somos lo peor del fútbol. El fútbol cada vez se parece menos a lo que permite que un hincha se enamore del juego. Los resúmenes de tres minutos no son el fútbol. Es como si uno viviera con la esposa solo los sábados en la noche. Ahí sí no hay matrimonio que fracase. ¿Si uno ve el fútbol con highlights a quién no le va a gustar? Pero eso es ser espectador, pero ser hincha es otra cosa. Al fútbol lo salvan los hinchas. Y para que el fútbol tenga vigencia hay que evitar destruirlo y yo creo que los entrenadores, dirigentes y periodistas hacemos todo lo posible para que el fútbol sea peor. Y lo estamos consiguiendo. ¿Cuál es la expresión que reafirma eso? Que cada vez hay menos jugadores que valen la pena ver”.

El fútbol, silenciosamente, se mantiene vigente por la conexión emocional y nostálgica de sus hinchas, pero se está divorciado de manera sostenida de las nuevas generaciones. ¿Está el fútbol transitando un camino para convertirse en un deporte de nicho y está entrando en su propio invierno demográfico?

El jardín del Edén de la FIFA

El discurso obligado, tan oxidado de João Havelange: una declaración que se convirtió en su firma, pero que carga también las sombras de los pormenores de cómo se convirtió en el chef del horno de corrupción de la FIFA. Cuando el brasileño fue elegido el 11 de julio de 1974 como el primer presidente no europeo del ente rector del fútbol mundial, cargo que ejerció por 24 años hasta 1998, la FIFA, dice él, tenía poco más de 30 dólares en su cuenta bancaria. No llegaba ni a diez empleados a tiempo completo. Y los recursos que había llegaban provenientes de aquellos hinchas que pagaban por entradas para ver a sus equipos. Nada más.

Los excesos, lujos y excentricidades que se vislumbran en la actualidad eran un espejismo, el fútbol vivía, todavía, en su Jardín del Edén. Havelange, viejo zorro, vocero de los países menos desarrollados que querían participar en una Copa del Mundo, se trepó al poder con una promesa: aumentar el número de países que participaban en el torneo de selecciones más importante del planeta. Cuando sucedió en el cargo a Stanley Rous, un inglés de maneras arcaicas, románticas y obsoletas para ese terreno fértil al que pronto iba sucumbir la FIFA, solo le hacía falta una cosa para trabajar, la misma que Infantino: cash, en grandes cantidades. Marketing.

Un par de jóvenes le mostraron el cómo. Horst Dassler, hijo de Adi Dassler, fundador de Adidas, y sobrino de Rudolf Dassler, creador de Puma; y Patrick Nally, un publicista con pensamientos frescos. Querían que grandes marcas invirtieran grandes capitales a cambio de patrocinios exclusivos en los eventos de la FIFA. Una idea revolucionaria por esos días. “Dassler y Nally se dieron cuenta de que, en el fondo, la FIFA y todas las organizaciones de fútbol que esta controlaba eran las verdaderas entidades con el activo y no los propietarios de los estadios. Ese activo era el fútbol. El fútbol era el motivo por lo que la gente iba al estadio; el fútbol era la gallina de los huevos de oro”, agrega Ken Bensinger.

Ambos crearon un nuevo modelo de negocio llamado mercadotecnia deportiva, que consistía en comprar los derechos comerciales de la FIFA al por mayor para luego revenderlos por partes a los patrocinadores con ganancias astronómicas. Y así llegó la inversión de $8 millones de dólares de Coca Cola para convertirse en la primera marca que se convertía en socio de la FIFA y en el primer patrocinador mundial exclusivo en la historia del deporte.

Pero la compañía de gaseosas, ante el riesgo de un negocio sin precedentes, pidieron un funcionario que velara por sus intereses al interior de la FIFA. El elegido fue un administrador y experto en relaciones públicas que quiso ser jugador de hockey sobre hielo, pero que por su corta estatura no pudo: Joseph Blatter.

El suizo, perro guardián de Havelange, se convirtió en el primer funcionario de desarrollo de la FIFA. La inyección de capital de Coca Cola fue el pasaporte para por fin hacer un mundial con equipos de Asia, África y Oceanía. También para esos “bonos de desarrollo”, tan claves hoy para sostener a Infantino, que le entregaban, sin falta, sin burocracia, a las asociaciones miembro de la FIFA. Billetes que se traducían en votos que perpetuaban al brasileño en el poder cada cuatro años hasta 1998, cuando su ahijado, el pequeño Blatter, lo reemplazó en su cargo.

Aunque no era el favorito para quedarse con la presidencia, pues el sueco Lennart Johansson, mandamás de la UEFA, tenía, según reportes de la prensa de la época, un favoritismo de 20 votos, quien ante la mirada de sorpresa del mundo fue derrotado en París a vísperas del Mundial de Francia 1998. La noche anterior a las elecciones, en el prestigioso hotel Le Méridien, el equipo de trabajo de Blatter le ofreció $100.000 dólares, la mitad en efectivo, a los países africanos para votar en bloque por el suizo, 18 aceptaron el soborno, según reveló Farra Ado, presidente de la Federación Somalí de Fútbol, cuatro años después.

A medida que las pantallas y la globalización iban cogiendo fuerza, los derechos de televisión en el fútbol se convirtieron en la mayor mina de oro de la FIFA. Darssler, ya desmarcándose de la sociedad con Nally, otra vez a la vanguardia, con el mismo modelo de antes, fundó la International Sport and Leisure (ISL) y fue la compañía, que, a punta de sobornos, mantuvo el monopolio comercial de la FIFA. Un reinado que duró hasta mayo 21 de 2001, pues la ISL se declaró en bancarrota: se había extralimitado en la compra de derechos para luego venderlos. Uno de los primeros síntomas del tufillo de corrupción de la FIFA, del que se hablaba de manera subterránea y extendida en los pasillos de los gobiernos del mundo, pero que nadie se atrevía a tocar.

Cuando la FIFA enfureció a Estados Unidos

Esta votación, la más polémica en la historia del fútbol, que se llevó a cabo el 2 de diciembre de 2010 en Zúrich, en la que Estados Unidos fue el gran perdedor al quedarse con las manos vacías para ser el anfitrión del Mundial, el torneo más comercial del mundo del deporte, fue la que cavó la tumba de la FIFA y labró la ruta de. Infantino, seis años después. No alcanzó el lobby de la delegación norteamericana compuesta por la estrella de la selección, Landon Donovan, el actor Morgan Freeman, el fiscal general adjunto Eric Holder y el expresidente Bill Clinton. Ni siquiera la llamada de Barack Obama pudo torcer el timón. “Cómo están nuestras posibilidades para 2022”, le preguntó el hombre más poderoso del planeta a Blatter, quien le respondió con un modesto “será difícil”. “Entiendo”. Nunca más volvieron a hablar.

Un fenómeno de dineros bajo la mesa que explica cómo Rusia, un país de poca tradición futbolística, con un mandatario sin idea del fútbol, más bien fanático del hockey sobre hielo, pero consciente del sportwashing que podía obtener, y Catar, otra nación que no tenía nada que ofrecer, donde las temperaturas en junio y julio, meses en los que se celebra el Mundial, llegan a los 46 °C, pero que es el principal exportador de gas natural del mundo, se quedaron con las designaciones para albergar la Copa del Mundo de 2018 y 2022, respectivamente. Algo se rompió dentro del Tío Sam.

El 16 de agosto de 2011, cuando el agente del Servicio de Recaudación de Impuestos de Estados Unidos (IRS, por sus siglas en inglés), Steve Berryman, leyó en la agencia Reuters el titular: “El FBI examina los registros financieros de los jefes del fútbol”, encontró la pista que el gobierno estadounidense tanto estaba buscando.

En el contenido se hablaba de que el exótico, pero renombrado funcionario del fútbol de Estados Unidos, Chuck Blazer, amigo íntimo de Donald Trump, habría recibido más de 500 mil dólares en pagos sospechosos en un período de 15 años, tal cual lo detalla Ken Bensinger en el libro Tarjeta Roja. Berryman examinó la declaración de impuestos de Blazer y se encontró con una sorpresa: el dirigente no había hecho declaraciones en los últimos 17 años. A partir de ahí todo fue un efecto dominó.

Hoy, Estados Unidos, ya otra vez parado como hegemón del orden geopolítico del fútbol, está listo para celebrar su segundo Mundial y tiene, en el presidente de la FIFA, a un amigo íntimo y de Donald Trump. Infantino tiene oficina propia en la Trump Tower de Nueva York, y además le entregó en diciembre pasado, en el sorteo del torneo, el “Premio de la Paz” como consolación tras el frustrado triunfo de Trump con el Nobel de Paz.

Y este es el fútbol que tenemos, con el caucho de su integridad y pureza, extendido hasta máximos históricos. Con cometas pasando casi todas las noches y con un próximo Mundial, el de 2030, el del centenario de la primera Copa del Mundo, disputada en Uruguay, expatriado para Sudamérica, programado para llevarse a cabo en seis países y tres continentes, y muy probablemente… con 64 equipos y casi 200 partidos.

Solo hay una pregunta : cuándo va a romperse.

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