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Marcela Noguera, la apostadora favorita | Futbolear Capítulo III

Luego de varios días buscándola, palizas incluidas, Ignacio Mejías, el protagonista de esta audionovela, logró por fin hablar y citarse con Marcela Noguera, la mujer que lo introdujo en el mundo de las apuestas y que lo llevó a ser cómplice de un crimen, entre tantas otras cosas.

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Fernando Araújo Vélez
05 de julio de 2026 - 03:04 p. m.

Noviembre 14, 1993

Un día más entre estas cuatro paredes grises, altas, deterioradas, con miles de cruces y de nombres de quién sabrá cuántos otros encerrados como yo. Un día más, la pelota en una esquina, cuarteada ya de tantas patadas, un poco desinflada y opaca, bendita y maldita pelota que debe guardar infinidad de historias de fútbol, heredera de otras herederas de aquellas primeras que empacaron entre sus maletas los obreros de los trenes en el continente, allá por los años de mil ochocientos y tantos, y que marcaron la diferencia, la gran diferencia, porque para el fútbol sólo se necesitaba eso, una pelota, y para la pelota bien podían funcionar unos cuantos trapos y cuerdas o unos rectángulos de cuero que cubrieran una vejiga de cerdo para que se pudiera inflar. Nada más. El resto se podría amoldar a las circunstancias, o formarse según esas circunstancias. Si había espacio, una cancha grande, larga y ancha. Si no, un pedazo de pasto quebradizo y de cinco por cinco, o una terraza, o la playa, o una calle de barro y arena.

La pelota marcó la diferencia desde siempre, y con ella, por ella, surgieron los reglamentos y las asociaciones, las federaciones, los directivos, los torneos y también el atajo, la trampa, el chantaje, el arreglo por debajo del escritorio, y los apostadores, claro está. La pelota fue la clave y llevó y transportó el inglés y las normas del inglés, las palabras, las frases y las costumbres, y de paso, también, las tácticas y las estrategias, y con todo aquello, un poco de religión, de política, de monedas, de leyes y tradiciones. Y después, el negocio, y después del después, el gran negocio y el supremo poder. Hace años, en Bologna, Mundial de Italia 90, Villa Palavecini, vi una pelota manchada y a medio inflar, arrumada contra los rieles de una carrilera que se veía igual de manchada y desinflada. Esa tarde imaginé por vez primera la escena de un ferrocarril que se iba deteniendo y de unos obreros que lanzaban a un campo una pelota y que luego se lanzaban ellos tras aquella pelota. Entonces comenzaba el fútbol, en clave de pelota.

**

IGNACIO MEJÍAS

Solanas no me dijo mucho más de lo que me había insinuado. Solo me repitió una y mil veces que buscara, que lo importante era que buscara. Yo todavía le creía. A la mañana siguiente salí bien temprano hacia el café de doña Carlota, el Rasputín, para verme con Del Barril, que llegó bien puntual, muy a pesar de la fama con la que cargaba. Lo primero que hizo al verme fue sacar de su maletín el anuario de grado de Marcela Noguera. Lo deslizó sobre la mesa en la que yo me había hecho, con aires de protagonista de película de Hollywood.

JUAN DEL BARRIL

¿Yyyyyy? ¿Cómo va el señor de los Misterios? Cuánto tiempo, ¿no? Ahí tiene, para que se emocione un rato. Y pensar que es un soplo la vida, como decía el tango, ¿no? Diez años. Diez añooooooooos. Fiuuuuuuuu.

MEJÍAS JOVEN

Oiga, gracias por el anuario.

JUAN DEL BARRIL

¿Y qué con la Noguera?

MEJÍAS JOVEN

Este anuario me sirve mucho, supongo. ¿Será muy complicado hallarla?

JUAN DEL BARRIL

Pues hombre, eso depende de los contactos que usted tenga.

MEJÍAS JOVEN

¿Y usted me puede ayudar?

JUAN DEL BARRIL

Puesssssssss… De lo de ella, sólo recuerdo a Frías, ¿sabe quién era?

MEJÍAS JOVEN

Uyyyyyy, sí, claro.

JUAN DEL BARRIL

La Noguera, La Noguerota… Todos los caminos conducen a la misma mujer.

MEJÍAS JOVEN

¿Pero es para taaaaanto?

JUAN DEL BARRIL

Para taaaaanto y más. La verdad es que si yo volví a ver a Frías fue para verla a ella. Uffffffff, no mi hermano. Y con cada año se ponía mejoooor. Mejor en todo, le digo, en todo.

MEJÍAS JOVEN

¿Y hace cuánto no la ve o qué?

JUAN DEL BARRIL

Más de buenas… Hace como dos semanas iba hacia Unicentro, y ella salía. Nos vimos así, pam pam, de frente… Qué imagen, Nachín, para no olvidarla…

MEJÍAS JOVEN

Sí bueno, del putas, pero qué, ¿hablaron? ¿quedaron de verse?

JUAN DEL BARRIL

Estaba como a las carreras. Me dijo que me buscaba, pero apenas se metió en un carro que la esperaba, bah, eso creo, ahí no más pensé que no tiene ni idea de dónde encontrarme.

MEJÍAS JOVEN

Si dijo que lo buscaba, será. ¿Pero y qué ha hecho ella?

JUAN DEL BARRIL

Un amigo de un amigo y así me contó hace como un año que tenía una empresa de los mil carajos. Algo con el fútbol, pero ni él sabía bien.

MEJÍAS JOVEN

Bueno, en los tiempos de Frías le gustaba ir a los partidos, y no era como las otras, que iban a chismosear. Ella, a full con el juego y con los árbitros.

JUAN DEL BARRIL

Sí, ja. Cómo gritaba.

MEJÍAS JOVEN

Yo creo que se aprovechaba de que era mujer y estaba mmmm y todo eso y hacía lo que le daba la gana. Pobres árbitros. Imagine que uno es juez y entre tanto tipo y con la sangre caliente, llega una mujer a gritarle que no era offside, o que fue foul, o lo que sea… ¿Qué hace?

JUAN DEL BARRIL

Uy sí, no podían hacer nada. Sólo seguir, digo. Como la tarde del aguacero y del penalti y las luces.

MEJÍAS JOVEN

Pero cómo se me va a olvidar, Juancho, hermano. Si ese día comenzó… Bah, iba a decir mi verdadera pasión, pero me sonó medio iluso y dulzarrón en la cabeza.

JUAN DEL BARRIL

No es para apenarse, Mejías, suena bien eso, lindo, grande, digno. Ja. Mi verdadera pasión, pero su pasión comenzó antes de que naciera, viejo.

MEJÍAS JOVEN

Oiga, ¿y no hay forma de encontrarla? A mí me gustaría recordar aquellos tiempos y decirle lo que significó por lo menos para mí.

JUAN DEL BARRIL

Frías, Frías es la clave de encontrarla

IGNACIO MEJÍAS

Del Barril miró su reloj, me pidió que cuidara el anuario y se fue. Yo me quedé un rato, dizque pensando. Anoté lo de la clave del carnaval, y en esas se me apareció por detrás doña Carlota Gutiérrez, la dueña del Rasputín, el café de siempre y desde hacía años.

CARLOTA GUTIÉRREZ

Ja… Con que lo de la clave del carnaval, ¿no?

MEJÍAS JOVEN

¿Pero usted es que me anda vigilando, doña Carlota?

CARLOTA GUTIÉRREZ

Hombre, don Ignacio, usted no es tan importante todavía. Oiga, mire, acá le dejaron un paquete ayer.

MEJÍAS JOVEN

¿Y eso?

CARLOTA GUTIÉRREZ

Yo no estaba y lo dejaron con el mensajero nuevo.

MEJÍAS JOVEN

A ver el paquete…

CARLOTA GUTIÉRREZ

¿O estaba esperando que fuera una rubia con los ojos rubios y los diente rubios, como la canción de Rubén Blades?

IGNACIO MEJÍAS

De la intriga pasé a la calma y al humor. Supuse que doña Carlota estaba jugando. Abrí el paquete, ella a mi lado. Luego de sacar papeles arrugados y confetis, me encontré con una cajita que dentro tenía varios boletos de apuestas de las carreras de caballos del hipódromo de Techo, el 5 y 6.

CARLOTA GUTIÉRREZ

¿Y qué? ¿Misterios tiene la vida?

MEJÍAS JOVEN

Ja, como que sí. Ya ahora regreso, o mañana. Gracias, doña Carlota.

CARLOTA GUTIÉRREZ

Cuando salí del Rasputín hacia El diario, me sentía medio helado, medio confundido. Toda una canción. Me bajé del bus en la mitad del camino, por la 34 con séptima, y caminé dándole vueltas a la nada, tocando con mis dedos los boletos del 5 y 6, que en el fondo y la superficie, eran un ten cuidado, que acá vamos nosotros. Y del juego de palabras, del todo y la nada, me sentí como una marioneta a la que llevaban de un sitio al otro, de una pista a la otra, y de un nombre a otro nombre. Era nada. O tal vez era todo. Cuando llegué a la oficina, llamé a Carmenza Hidalgo. Luego de varios intentos, y del maldito tuuuuuu, tuuuuuuu, tuuuuuuuu, me respondió un tipo que me sonó a Frías.

MEJÍAS JOVEN

¿Frías? ¿Frías? ¿En serio es usted? Oiga, antes que nada, necesito verlo.

ALBERTO FRÍAS

Ssssí, ¿Mejííías? Cóóóómo estáááá. Herrrrmaniiito.

MEJÍAS JOVEN

Bien, bien, pero en serio, necesito hablar con usted.

ALBERTO FRÍAS

Bueno, ennnnn una hora, Parque de los hippieeeees

IGNACIO MEJÍAS

Colgó. Como un poseso, agarré mi abrigo y mis chiros y salí. Otra vez, la marioneta, que en esa ocasión llegó cinco minutos tarde. Frías no estaba por ningún lado. Aguardé media hora, y me metí en una tienducha que acababan de abrir. Me senté ante una ventana, de perfil al parque. Otro tinto, más cigarrillos. Marioneta que fuma, marioneta que espera, marioneta que llega tarde. A lo lejos vi a un tipo de espaldas que se me pareció a Frías. Salí a las carreras, haciéndole señas de que ya volvía al señor de la tienda. Me acerqué al personaje, pero no, no era Frías. Y pasaron los minutos y más de una hora. Gente, gente y más gente, hasta que me fui con un nuevo revés a cuestas. Ya que estaba más o menos cerca, decidí volver al Rasputín.

CARLOTA GUTIÉRREZ

Uyuyuyuyyyyyyyy… ¿De nuevo por acá? ¿Y ahora qué se le olvidó?

MEJÍAS JOVEN

Ay, sí, para mal de mis males, doña Carlota. No me sale una, ni una, ni una solitaaaaaaa… Si hasta llamé a una señora y me contestó un tipejo al que estaba buscando. Mejor dicho, andan juntos.

CARLOTA GUTIÉRREZ

¿Y entonces? Espere, espere un ratico y le preparo algo bien reconfortante.

MEJÍAS JOVEN

Un Rasputín, será, je… Oiga, y a propósito, por qué le dio por ponerle ese nombre a este café, o a esta tienda, o lo que sea, que no me ha contado…

CARLOTA GUTIÉRREZ

Era de mis abuelos…

MEJÍAS JOVEN

Bueno, sí, ¿y qué?

CARLOTA GUTIÉRREZ

Que mi abuela era rusa

MEJIAS JOVEN

¿Rusaaaaaa?

CARLOTA GUTIÉRREZ

Shiiiitooooo… Pasito, que acá nadie sabe.

MEJÍAS JOVEN

Nadie sabe y el café, su café, se llama Rasputín, y usted, toda blanca y de ojos claros.

CARLOTA GUTIÉRREZ

Pero no saben, a veces creen que soy hija de ingleses, o de italianos, y ya. La gente no es tan inteligente.

MEJÍAS JOVEN

¿Y qué, por qué se vino hasta este moridero su abuela?

CARLOTA GUTIÉRREZ

Perseguida, vigilada, o eso decía mi mamá.

MEJÍAS JOVEN

¿Por los comunistas?

CARLOTA GUTIÉRREZ

Sí, no. Mejor dicho, no era tan política la cosa.

MEJÍAS JOVEN

¿Entonces qué era?

CARLOTA GUTIÉRREZ

Mi abuela era muy, muy espiritual… Decían que debía ser descendiente de Rasputín, que dejó miles de hijos regados por Rusia.

MEJÍAS JOVEN

¿En serio? ¿Y lo podía comprobar?, o qué, cómo, explíqueme.

CARLOTA GUTIÉRREZ

No, qué va a poder explicar nadie nada que haya tenido que ver con ese sujeto.

MEJÍAS JOVEN

Era como demente, ¿no?, y excuse si la ofendo, pero esa es la idea que uno tiene.

CARLOTA GUTIÉRREZ

Era místico, sabio, jaja… Mi sangre.

MEJÍAS JOVEN

¿Acaso usted que sabe de eso?

CARLOTA GUTIÉRREZ

Oiga…

MEJÍAS JOVEN

Uy, Frías, allá va el maldito Frías que andaba buscando. Perdón, perdón. Ya vuelvo, ahora le pago.

IGNACIO MEJÍAS

Salí a las carreras por la 57 hacia El Campín, jadeando, hasta que logré alcanzar a Alberto Frías, que andaba como ensimismado. Lo toqué en el hombro y se dio media vuelta, medio asustado, o eso percibí.

MEJÍAS JOVEN

Oiga, oiga, estuve tres horas en el parque.

ALBERTO FRÍAS

Sí, sííí, venga, veeeeennnneeega, a otro lado. Ahí, llllla buseta, ¿tiennnne suel-to?

MEJÍAS JOVEN

Eso va para la Estrada y luego hacia Fontibón.

ALBERTO FRÍAS

Párrrrrela, ahí adelaaante ba-ja-mos, salgamos acá.

IGNACIO MEJÍAS

Por un momento había olvidado que Frías hablaba a los trompicones, qué desesperación, pero qué carajos. Nos subimos a la buseta, con dirección hacia la nada. A los empujones y empellones, llegamos hasta atrás. Le pasé un billete de 20 a una señora, y ella se lo pasó a un muchacho, y así. Frías timbró y gritó y se pegó del timbre.

ALBERTO FRÍAS

Puerrrta… Pare, señooooor, pareeeeee.

MEJÍAS JOVEN

Pero qué, las vueltas…

ALBERTO FRÍAS

No, no, nada de vuuuuuueltas, caaaamine…

IGNACIO MEJÍAS

Me haló por el brazo y en un dos por tres acabamos los dos en la calle, frente al estadio, por la tribuna Oriental. Luego tomamos hacia el norte y empezó a llover. Nos metimos bajo un techito. Frías sacó un cigarrillo. Me ofreció uno, y les dimos dos caladas, dos pitadas, ya ni me acuerdo cómo decíamos.

ALBERTO FRÍAS

Oiiiiga, Mejííías, el otro día suuuupe toooodo lo de Gayán… y essssos.

MEJÍAS JOVEN

Y qué me dice, si usted hizo parte de esa treta

ALBERTO FRÍAS

Peeeerrooooo no cuuuuentoooo, jajaja.

MEJÍAS JOVEN

Oiga, perdón, ¿Usted no puede hablar un poco más claroooooo?

ALBERTO FRÍAS

Coooomoooo hablo no tiene importaaaaaaa, sinooooo lo que sssséeeeeee.

MEJÍAS JOVEN

¿Y qué sabe más allá de lo que sabe y de lo que hizo?

ALBERTO FRÍAS

Loooos channnntajes, las amenazaaaas, palizasssss… todoooo, toddddito, toddddddooooo.

IGNACIO MEJÍAS

Dos días después de aquel partido de semifinales entre La Duna y San Alejo, y a la salida de una práctica, Gayán, el famosísimo Gayán, y Orlando Mesa, se me acercaron y me invitaron a una panadería que quedaba como a cinco cuadras de donde entrenábamos. Casi nunca íbamos allá. Era como para esnobistas, o esa era la voz que corría siempre. En el camino, Gayán hizo señas de que mejor fuéramos a otro sitio que acababan de abrir, por el caño de La María. A la media cuadra, en medio de unos lotes vacíos en los que había hasta vacas que pastaban, salieron de atrás nuestro Hugo Pérez, Juan León y Esteban Rialto. Uno me tapó la boca, y entre los otros cuatro me amarraron las piernas y las manos. Me echaron al potrero y se me fueron encima entre los pastizales, que lo tapaban todo. Trompadas, patadas, bofetones.

GAYÁN

(Jadeando y con sonido de golpes y de viento detrás)

Por traicionero y mal nacido.

ORLANDO MESA

Por sapo y vendido.

GAYÁN

¿Y qué? ¿Cuánto le dieron, hijueputa, cuánto le dieron?

IGNACIO MEJÍAS

Yo intentaba hacerles gestos de que no y mil veces no, pero en la medida en que me daban con todo, más me daban con todo. Cada golpe multiplicaba sus rabias. Yo no entendía qué era lo que pasaba ni de qué me acusaban, sólo intentaba medio protegerme, rogándole a quien fuera que la pesadilla terminara pronto. Mis huesos crujían y en algunos lugares sentía la piel como hierro al fuego.

GAYÁN

Y si dice una palabra, malparido, una sola palabra, esto de hoy solo habrá sido una fiesta, ¿me oyó?

MEJÍAS JOVEN

Mmmmmmm (de sí)

IGNACIO MEJÍAS

De pronto empecé a oír voces muy a lo lejos. Voces opacas que no entendía. Luego me desamarraron las manos, me quitaron un esparadrapo naranja con el que me habían tapado la boca y salieron a toda prisa, brincando sobre los mojones de pasto. Después se separaron, o eso fue lo que alcancé a divisar. Dos días más tarde salimos a un receso del equipo. Por más de que traté de averiguar por qué me habían reventado, no logré saber nada. Gayán y sus amigotes se comportaban como si nada hubiera ocurrido. Incluso, al día siguiente en el entrenamiento me dieron palmadas en la espalda y se regaron con un montón insufrible de frases hechas para hacerle ver a todo el mundo que se solidarizaban conmigo. A mi padre tuve que decirle que me habían atracado, pero que como no tenía nada para darles, los hampones se habían ensañado contra mí. Con los días, apenas logré saber que alguien había regado el rumor de que yo había hablado muy seriamente con Gayán la mañana del juego entre La Duna y San Alejo, y de ahí surgieron múltiples versiones de versiones.

MEJÍAS JOVEN

Usted ya sabía todo eso, ¿no?

FRÍAS

Parrrrrrteeeee

MEJÍAS JOVEN

Oiga Frías, ¿Y qué ha habido de la Noguera?

ALBERTO FRÍAS

Puesssss qué casssssualiiiidad. Eeeeella lo annnnnda buscando.

MEJÍAS JOVEN

Deme un número o algo, ¿sí?

ALBERTO FRÍAS

Ttttomeeeee… Lláaaamellllla en mmmmediiia horrra

MEJÍAS JOVEN

Listo, claro, yo le marco a ver. Gracias.

IGNACIO MEJÍAS

Me fui a toda prisa a mi apartamento, en parte para analizar la situación y esperar un poco. En esas, timbró el teléfono. Conté hasta diez, respondí.

MARCELA NOGUERA

Mejías, qué bueno que lo encuentro.

MEJÍAS JOVEN

Sí, bueno, gracias, ¿con quién?

MARCELA NOGUERA

Con su apostadora preferida, a quien sé que está ansioso por ver.

MEJÍAS JOVEN

¿La de… la de… ¿Qué quiere?

MARCELA NOGUERA

Tal cual… La mismísima. Ya sabrá para qué lo llamo. ¿Mejor dicho, cuándo nos vemos?

Fernando Araújo Vélez

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas.fernando.araujo.velez@gmail.com

 

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