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9 Dec 2022 - 12:20 a. m.

El fútbol de ensayo (En orsai)

Con el comienzo de las definiciones de los cuartos de final, el Mundial de Catar ha dejado claro que el fútbol cada vez es menos “jogo bonito”, superchería, cábala o individualismo, y cada día más, un mecanismo que busca minimizar el factor suerte.
Fernando Araújo Vélez

Fernando Araújo Vélez

Editor de Cultura
Wim Suurbier (izq.) y Johan Cruyff (der.) fueron dos de los pilares de la "Naranja Mecánica".
Wim Suurbier (izq.) y Johan Cruyff (der.) fueron dos de los pilares de la "Naranja Mecánica".
Foto: onsoranje

“Ya sé que estoy ‘piantao’”, decía el titulo de la portada de aquella revista, con una vieja carga de lunfardo y tango barrio bajo en sus palabras, y una imagen muy de los 90 de Marcelo Bielsa mirando hacia el cielo, como si el cielo fuera el futuro y él encarnara los años por venir de la Selección Argentina de fútbol. En español lo llamaban loco, y lo siguieron llamando así, a veces peyorativamente, a veces como si le colgaran un halago que pocos sabían en qué consistía. Bielsa era la gran revolución del fútbol en los 90, por lo menos en la Argentina, en parte porque le apostaba a una rigurosa planificación y a una constante búsqueda de nuevas maneras de jugar a la pelota, en parte por sus valores Siglo XIX. Pocos lo comprendían, pero casi todos hablaban de él.

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El Gráfico lo clavó en su portada porque acababa de hacerse cargo de la Selección que había dejado Daniel Pasarela. Su curriculum decía que había ganado dos títulos nacionales con Newell’s All Boys de Rosario, su equipo de toda la vida, y uno con Vélez Sarsfield, pero más allá de sus logros, lo que gritaba por Bielsa era su estilo, su forma de entender o de plantear el fútbol, porque hablaba de lo que nadie había hablado hasta entonces, y sostenía la locura de que las tácticas y las estrategias debían planearse, estudiarse y llevarse a la práctica para que el fútbol fuera más ofensivo. Creía en el ataque desde cualquier lugar de la cancha y trabajaba para que ese ataque fuera cada vez más veloz, más preciso, menos previsible y controlable para los rivales, y sobre todo, incisivo.

Bielsa siempre estuvo seguro de que el fútbol iba más allá de los famosos números del 4-4-2, del 4-3-3-, del 5-3-2 o del que le pintaran. Veía el fútbol más allá de las imposiciones y de los lugares comunes que marcaban algunos periodistas, e incluso, la mayoría de jugadores y entrenadores de aquellos años. Estaba convencido de que para crear un nuevo fútbol, debía romper con los paradigmas del viejo fútbol. Romper con todo lo establecido y derribar los muros. Cuando empezó a trabajar con Argentina, les envió a sus primeros jugadores convocados un mensaje de trabajo, de grupo, de rebelión innovación, y en tiempos en los que el internet apenas era una utopía, entrenaba a la distancia, sector por sector, a punta de fax, de teléfono y en algunos casos, de cartas repletas de diagramas, y de dibujos explicativos.

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Con los años, uno que otro partido de preparación, infinidad de cartas y de videos y de estudios, un reguero de conversaciones con sus asistentes y múltiples ensayos, el fútbol que pretendía comenzó a aparecer. Argentina era veloz y preciso, y estaba casi perfectamente sincronizada tanto con pelota como sin ella. Sin embargo, los resultados no fueron los que Bielsa esperaba, y un día, luego de la eliminación de la Copa del Mundo del 2002, de una final de Copa América perdida ante Brasil por penales y una medalla de oro olímpica, dijo que renunciaba. “Me quedé sin energía”, fueron sus palabras. Se marchó con su fútbol a otra parte y archivó por unas cuantas semanas sus videos, sus libretas y sus apuntes. Fue por ese entonces cuando tuvo una charla de 11 horas con Joseph Guardiola en su casa finca de Rosario.

Y cuando fue sabiendo que algunos otros entrenadores pensaban que era urgente recrear el fútbol, en la perfecta acepción de la palabra. Él apostaba por la ciencia, por el método aplicado a la pelota, y se nutría de algunos tratados de filosofía, de física, de psicología, de las estrategias y los esquemas que veía en otros deportes, y de la Historia. Veía, aprehendía, ensayaba y volvía a empezar. Él mismo, aunque no estuviera dirigiendo un equipo, era el mejor ejemplo de aquello que pregonaba. El fútbol había pasado por un largo proceso de evolución. Había sido potrero, y también, un simple juego más de las altas clases británicas. Había sido engaño y decencia absoluta, misterio, táctica y técnica, suma de individualidades y multiplicación de personalidades, juguete de los políticos y botín de los negociantes, invento y ciencia, repetición y locura, magia y orden, azar, victoria, derrota y condena.

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Del todos al ataque, siglo XIX, había mutado a un comienzo de orden, en los primeros años del siglo XX, con dos defensas, tres mediocampistas y cinco delanteros. Del todos tras el balón de los comienzos del fútbol organizado, a cada quien con un espacio y unas características especiales de los años 20. De la negación del espacio, a su descubrimiento y su utilización, con todas las implicaciones que surgieron de allí, empezando por las tácticas defensivas, que crearon en los delanteros distintas necesidades y diferentes recursos. En los tiempos del primer campeonato del mundo, Uruguay, 1930, ya no les alcanzaba con pegarle duro al balón, con cabecear y ser rápidos y fuertes. Debían ser y tener algo más para perforar aquellas murallas de gigantes engominados que entrenaban mañana y tardes para detenerlos. En un parangón de las tesis, las antítesis y las síntesis hegelianas, el fútbol iba evolucionando.

Los defensores creaban formas de detener a los delanteros, y los delanteros, por su parte, inventaban y ensayaban distintas modalidades para superarlos. La más eficiente fue la asociación. Yo juego contigo y para ti, y tú conmigo y para mí. Por eso Alfredo Dí Stéfano dijo que el mejor jugador de su equipo era el equipo, y por eso, en los años 60, tiempos de ensayos en los entrenamientos con pelotas detenidas para vencer a los rivales, y de entrenamientos a mañana y tarde, físico y laboratorio, César Luis Menotti acuñó una anécdota que reflejaba ese fútbol de asociación, de todos para uno y uno para todos, un domingo de 1960 en la tarde cuando jugó en la primera de Rosario Central con su ídolo de infancia, el Gitano Juárez, quien le dio una pelota en la mitad de la cancha y él se la devolvió. Juárez se la entregó de nuevo, larga, para que corriera, pero Menotti se quedó quieto.

Cuando se acabó el partido, Juárez lo agarró del cuello y le dijo, “Pibe, si te la doy larga, corrés, corrés siempre, porque a los amigos no se los deja solos”. Hacía ya algunos años que los compañeros de equipo eran amigos del fútbol. No era un asunto de sentimientos. Era cuestión de actitud y de efectividad. De profesionalismo. De responsabilidad. El negocio de la pelota se había afianzado. Había dinero para todos, pero para que hubiera dinero, había que ganar, y para ganar, había que trabajar, como cualquier trabajador que hubiera en el mundo. “Quien no trabaja, no hace el amor”, como decía una canción. Los liricos, al jardín de sus casas. Los talentosos y los figurines de todos los firmamentos, a las funciones de teatro o a las pantallas de cine. En el juego de las tesis, las antítesis y las síntesis, el esfuerzo no se negociaba, ni en los días de ensayo y de preparación, ni los domingos en el estadio.

Por aquellos principios, se formó a finales de los 60 y comienzos de los 70 una escuela que partió el fútbol en dos, y que explotó en el Mundial de 1974: la del fútbol total de Holanda. Lo que había impactado a los futboleros con el Feyenord y el Ajax, acabó por maravillar al mundo con la Holanda que dirigía Rinus Michel, y que dentro de la cancha seguía las órdenes de Johan Cruyff. Con Holanda, por Holanda, el fútbol comenzó a dejar a un lado para siempre el lirismo, el “jogo bonito”, el individualismo, para transformarse en un juego mecánico, en el que cada jugador tenía múltiples obligaciones, tanto defensivas como ofensivas, y cuya premisa esencial era la conquista de los espacios. La trascendencia de Cruyff en aquel equipo, y cuatro años más tarde, de Peter Robert Rensenbrink, fue mucho más allá de lo que hacían o no con la pelota, y de los goles que marcaron o que ayudaron a construir.

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Ellos eran los organizadores de un juego planeado y mil veces ensayado. Decidían qué jugada hacer, cuándo y por dónde, muy al estilo de los bases en el baloncesto, o de los querterbacks en el fútbol americano. Se habían aprendido el manual del ensayo ofensivo de memoria y lo ponían en práctica en los partidos, según las circunstancias de los mismos, y de acuerdo con los movimientos de los rivales. Con aquel bombazo, el fútbol jamás volvería a ser el de antes. Más allá de que Holanda hubiera perdido las finales del mundo ante Alemania y Argentina (1974 y 1978), su manera de jugar fue estudiada, copiada y multiplicada en Europa y en Suramérica, y más tarde, en Asia, África y el resto del mundo futbolero. Con los años y el pasar de los torneos y los partidos, fueron surgiendo los Bielsa, Guardiola, Van Gaal y Klopp que entendieron que el fútbol, en ataque, también se ensayaba.

Cada uno le puso su toque a ese ataque, y a la defensa, a las pelotas quietas, al manejo de los tiempos, pero en esencia, tomaron de Michels, Cruyff y compañía la idea de los movimientos y la socialización, y cada quien con sus armas y conceptos, llevaron al fútbol a este final de 2022 y a una Copa del Mundo que ha sido el escenario ideal para mostrar que un partido ya no se gana con un solo “genio”, que los cambios de jugadores la mayoría de las veces se hacen por razones tácticas, no por cuestiones técnicas. Que quien no trabaja para el equipo, con el equipo, no tiene cabida allí, que la magia y la superchería no inciden en los resultados, que el individualismo futbolero pasó de moda, y fundamentalmente, que el fútbol es un mecanismo que busca minimizar el factor suerte, y por ello, el todo es mucho más que la suma de las partes-piezas-trabajadores.

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Fernando Araújo Vélez

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual es editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas.Faraujo@elespectador.com
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