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Tenía que ser en un café, el lugar donde por antonomasia se suelen adoptar decisiones que sacuden el devenir de los pueblos, donde se dio vida al Bayern Múnich Fútbol Club. En efecto, fue en el Café Gisela, en su época ubicado en el Barrio Schwabing, el más muniqués de los distritos bávaros, donde Franz John, un entusiasta y aguerrido futbolista, convenció durante un invernal martes, para más señas 20 de febrero del año 1900, a once jóvenes varones en la idea de darle entidad civil a la institución deportiva más emblemática de Alemania.
Conforme a los archivos fundacionales, la verdad oficial es que el nacimiento del Bayern Múnich fue precipitado por la displicencia con la que el club Münchner TurnVerein 1879 reaccionó a petición interpuesta por Franz, su socio, en el sentido de crear una división de fútbol. De suyo, éste, fiel a su obstinada personalidad, perseveró en su pretensión y se lanzó abiertamente en rebelde disidencia con fructífero resultado.
Desde su nacimiento, el despuntar institucional del Bayern Múnich se ha ofrecido como un grupo con un objeto social plurideportivo, distinguido por su diversidad societaria y administrativa, a cargo de sus propios exjugadores. Quizás es esta característica, connatural con su origen, y en la que fue pionero Franz John como jugador fundador y primer presidente, la determinante del indisoluble vínculo emocional y afectivo que desde siempre une a sus futbolistas y socios aficionados con el equipo que a estas alturas ostenta resplandor legendario.
No obstante su gloria, en los anales del Bayern Múnich también ha hecho presencia el calvario. Así lo enseña la implacable persecución a la que sistemáticamente fue sometido por el nazismo en cabeza del propio Adolfo Hitler. A juicio de éste, la presencia de ciudadanos judíos en su dirigencia le resultaba insoportable de forma tal que, además de su defenestración, se imponía la estrategia de utilizar el poderoso ascendiente popular del conjunto bávaro como vehículo propagandístico del tenebroso discurso del führer. Como si lo expuesto tuviese peso de poca monta, en el fragor de la segunda guerra mundial, más exactamente durante el verano de 1944, un bombardeo de los aliados destruyó su sede, causando la muerte de cincuenta y seis personas, entre ellos varios de sus jugadores, técnicos y directivos.
Con antecedentes existenciales como los rotulados, resulta fácil inferir por qué el Bayern Múnich donde quiera que vaya asiste y juega con personalidad, recio coraje, disciplina ejemplar, jerarquía competitiva y espíritu ofensivo, digno de la tradición teutona en materia de fútbol.
A pesar de las cruentas circunstancias, el equipo rojo —como también se le conoce al Bayern Múnich— se sobrepuso a ellas con ejemplar estoicismo, y hoy, a escasas horas de jugar acá en Múnich el partido de vuelta por la semifinal de la Champions League 2025/2026 contra el PSG, se insinúa de luminoso aspirante a obtener su séptimo título como campeón del torneo continental más emocionante, frenético e importante del fútbol orbital.
En preludio de la fiesta que se vivirá este miércoles en el “bote inflado”, esto es, el Allianz Arena —el bello estadio del Bayern Múnich—, una muchedumbre de aficionados parisinos, en su gran mayoría de ancestros argelinos nativos de la Ciudad Luz, desde ayer lunes, se arremolina con inusual algarabía en Marienplatz, Karlplatz y Odeonplatz, los puntos de encuentro más representativos de Múnich. El ambiente citadino, al menos para los visitantes, está desatado, y en ellos late con euforia la esperanza de que su portentoso equipo alcanzará la segunda orejona de manera consecutiva, toda vez que en esta ciudad y en el mismo escenario, el 31 de mayo del año pasado por primera vez se coronaron como campeones de la Champions League luego de derrotar estruendosamente al Inter de Milán por 5 a 0.
Mientras tanto, Múnich, que como espacio urbano goza de fama global por ser una ciudad apacible, tanto que aquí en su momento se acuartelaron para la elaboración de parte de sus maravillosas obras pintores y escritores como Vasili Kandiski, Paul Klee, Rainer María Rilke y Thomas Mann, espera a que sobre las nueve de la noche el árbitro central designado active el pitazo de comienzo del juego entre el Bayern Múnich y el PSG, dos colosos del fútbol, de los cuales, según pronóstico de la mayoría de los especialistas, emergerá uno como nuevo campeón de la codiciada Champions League.
El Bayern Múnich, que en su haber registra como activo seis títulos como campeón de la Champions League, entre los que sobresale el último, por haber sido conquistado en el cenit de la pandemia del Covid 19, justo frente al PSG, al que derrotó 1 por 0 el 23 de agosto de 2020, en el Estadio de la Luz de Lisboa, dispone hoy de un equipo sensacional en el que brilla sin excepción todo el conjunto, en especial su tridente ofensivo integrado por el inglés Harry Kane (atacante central), el francés Michael Olise (extremo derecho) y nuestro coterráneo Lucho Díaz (extremo izquierdo).
Si bien es cierto la fiesta ya empezó, también es cierto que a esta apenas se empiezan a sumar los correligionarios del Bayern Múnich, quienes en sempiterna multitud abarrotan sin falta las instalaciones del Allianz Arena, desplegando miles de rojizas banderas que al ser ondeadas agitan vientos que en armónica fusión establecen acordes con cánticos contagiosos inspirados en la fuerza de sus raíces germánicas.
Los muniqueses con sobrados méritos apuestan por un nuevo laurel y tras él está un director técnico diestro en el manejo de la batuta: Vincent Company, un belga de ascendencia congoleña, quien además de ser una revelación en calidad de tal, se destaca por su formidable formación cultural como administrador de empresas y políglota.
Company dirige con idoneidad, ética y estética. Su presencia al frente del Bayern Múnich ha sido fundamental para que desde el primer día Luis Díaz haya brillado. De Lucho, en el propósito de exaltar sus cualidades, Company afirma que es la creatividad hecha caos.
A Múnich y particularmente a su cara institución ha llegado el realismo mágico vestido de Lucho Díaz.
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