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Nacional, una 'turbina' en la Copa

El segundo goleador en la historia del equipo verdolaga analiza el excelente presente de ese club en la Copa Libertadores. "Me recuerda el grupo del 89", dice.

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Juan Diego Ramírez Carvajal
22 de febrero de 2012 - 10:00 p. m.
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A los diez años su papá le dio una pela: sin permiso se había escapado a ver un torneo infantil de fútbol en su colegio de Turbo, en Antioquia. El niño John Jairo huyó, se sentó en las gradas y casualmente hacía falta un jugador en un equipo. Un tal Tito Guevara, dos años mayor, le dijo al técnico José Antonio. Sánchez que metiera a J.J., que él se responsabilizaba, que ya lo había visto jugar en los descansos y era bueno. Era el mejor: metió tantos goles que todos los equipos se lo pelearon. La porrista Diana, la más linda del barrio, le guardaba el uniforme por aquello del papá. Pero un día el señor Tréllez lo cogió in fraganti y lo reprendió. “Después el técnico casi se le arrodilla a mi papá para que me dejara volver. Y sí”. Así recuerda sus inicios en el balompié John Jairo La Turbina Tréllez, quien a los 16 años disputó un Mundial Sub-20 y después se convirtió en el segundo goleador en la historia del Nacional, con el que fue campeón de la Copa Libertadores en 1989.

El próximo 29 de abril cumplirá 44 años este otrora goleador de peinado rasta y aretes harlistas, que decidió despedirse del fútbol profesional en 2006 cuando jugaba para el Bajo Cauca de la B. Ahora está dedicado a su escuela de fútbol Panteras FC. Y, paradójicamente, a hacerle fuerza a su eterno equipo Nacional y a su hijo Santiago Tréllez, delantero del Medellín. Tras la histórica goleada 4-0 del verde paisa a Peñarol en Montevideo, La Turbina dice que ve cierta similitud entre el plantel actual y el que quedó campeón en el 89. “Es favorito cada vez más”, asegura.

¿Vio el partido de Nacional?

Claro, lo vi con un amigo por televisión, jugaron bastante bien. Siempre lo veo por TV, porque no es justo que yo le haya dado mucho a este equipo y tenga que pagar una boleta. Han descuidado un poco nuestros nombres.

Vuelve a ilusionar este club en Libertadores después de mucho tiempo…

Sí. Puede llegar a coger la forma del de nosotros. El equipo atacó bien, supo qué hacer con el balón y, sobre todo, quedé contento con la efectividad de los delanteros. Al correr de los partidos lo están viendo mucho más favorito en esta Copa.

¿Creyó que en tan poco tiempo engranaran tantas figuras?

Hay más individualidades que grupo. Pero con el pasar de los juegos seguramente se irán conociendo más y entonces se convertirán en una potencia del continente. Y acá en Colombia nadie les va a ganar. Ya es hora, pues un club tan grande no puede perder dos torneos en un año y estar tan alejado de la Libertadores.

¿Por qué fue tan exitoso aquel grupo campeón de América?

Desde el primer momento que nos juntamos los puros criollos, que al principio éramos resistidos, construimos una familia. Compartíamos mucho, íbamos a asados. Jugadores más grandes como Alexis García tenían mucha ascendencia, sobre todo en mí, porque me aconsejaba bastante. Había líderes como Leonel Álvarez, Luis Carlos Perea, León Villa. Muy unidos…

¿Hay similitudes entre el grupo del 89 y el actual?

Me recuerda al grupo del 89. Hace rato que no veía algo así, desde esa final contra Olimpia en El Campín. Eso fue de lo más lindo de mi carrera. Yo me asomaba al balcón del hotel en Bogotá, antes de la final y veía miles de personas con camisetas de otros equipos. Éramos Colombia.

Y qué sufrimiento en esa tanda de penaltis…

Claro. Y René que ataje, y nosotros que desperdicie. A Felipe Pérez le dijimos, antes de patear, que se tranquilizara y se enojó. Nos dijo que él sabía cómo era que se cobraba. Y lo botó (risas). Al final le tocó a Leonel. Me imagino que Maturana casi se muere. Pero cuando arrancó con esa seguridad y lo metió, corrimos a abrazarlo.

¿Y cómo fue su cobro?

Casi me infarto desde la mitad de la cancha hasta el punto penalti. Maturana me había dicho antes: “No quiero que cobrés como en el Mundial Sub-20 contra Alemania”. Allá le había pegado con desparpajo, muy agrandado. Entonces me puso toda la semana a practicar, y pude meterla. Pero qué susto.

¿Ese fue el mejor logro de su carrera?

Uno de los mejores. También ser campeón del Suramericano Sub-20 (1987) y clasificar a dos mundiales de esa categoría. Además tuve el Botín con Nacional (25 goles en 1992) y, bueno, jugué en Boca.

¿Por qué no tuvo tanta fortuna allá?

Cuando llegué allá no sabía para dónde iba. César Luis Menotti me buscó y me dijo que me quería en su equipo. Yo era el mejor del continente en ese entonces y me prefirió a mí por encima de Ronaldo. El Flaco me decía que no me dejara llevar del ‘huevo, huevo’ que pedía la tribuna, que yo hiciera la pausa, a mi ritmo. Y eso no cayó mucho en gracia.

¿Por qué ese equipo no dio tantos frutos si tenía buena nómina?

Teníamos muy buen equipo con Manteca Martínez y Claudio Canigia. Pero no respaldamos a Menotti, por políticas internas que se manejaron y de las que no quiero hablar. No éramos muy unidos.

Pero al fin y al cabo vistió la 9 de Boca…

Pues sí, pero ese número no me gustaba. Por hacer goles, en toda mi carrera, a mí me daban ése, o el 10 o el 11. Pero a mí siempre me gustó el 17, porque con ese jugaba el brasileño Eder, un zurdo muy exquisito a quien siempre quise emular.

El 17, la rasta y los aretes... ¿Siempre fue un jugador fuera del molde?

A mí me gustó mucho el tema del reggae y desde joven pensé en dejarme crecer el pelo como Bob Marley, pero en Nacional no me dejaban y era mal visto por la hinchada. Cuando fui a jugar a Suiza, lo hice y me puse aros. Volví a Nacional y entonces me miraban… La dirigencia me mandaba a decir con todo el mundo que cambiara de pinta. Entonces dije que si no respetaban eso, que me sacaran, y así dejaron de molestarme.

¿El grupo del Mundial Sub-20 de 1985 fue el inicio de una generación dorada?

Jugábamos muy bien. En ese torneo los de Brasil, entre ellos Romario, se sentaban a ver todos nuestros entrenamientos. Todo fue arte del técnico Luis Alfonso Marroquín, que se inspiró precisamente en el fútbol brasileño. Él nos enseñó a perderles el miedo a las camisetas y fue el más influyente en mi carrera. Era tan inteligente que a veces parecía un poco loco.

¿Por esa época lo bautizaron ‘La Turbina’?

En el Suramericano de Paraguay. Contra Uruguay corrí un balón y me esforcé tanto que fui rápido y anoté. Ese ha sido de los más bellos goles que marqué. Y un periodista de Cali me bautizó. Me gustó por el tema de Turbo también. Se me erizaba la piel cuando veía carteles: “Turbo, acá está tu hijo”. Era mi sueño hecho realidad.

¿Marroquín fue más que ‘El Bolillo’ y Maturana en su carrera?

Claro. Él me vio cuando yo tenía 16 años y jugaba con la selección Turbo. Me vine a Medellín como un pueblerino y él me enseñó modales en la mesa, me ordenó, me guio. Era muy niño. Por estar jugando fútbol no tuve adolescencia. A los 18 ya estaba en la selección de mayores.

¿Por qué su hijo salió hincha del DIM?

Porque uno es de quien lo quiere. En Nacional se presentó a prueba y no lo vieron viable. En Medellín, sí. Estoy muy orgulloso de Santiago, porque está rindiendo. Faltan cositas por pulir, pero sin duda está construyendo carrera.

Y ahora lo dirigirá ‘El Bolillo’, como a usted.

Es un honor. Siempre fue un buen DT y me alegró que haya regresado. En su tiempo por fuera le mandé mensajes, le envié saludos de ánimo. Y me alegró mucho que llegara al DIM. Además, su hijo es el mejor amigo de Santiago. Le deseo lo mejor.

¿Cuál fue el arquero al que más venció?

A todos les marqué.

¿El defensa que más lo amedrentó?

Uno del Quindío que me daba y me daba. Una vez respondí y le quebré los dientes.

¿Sería alguno de los Bermúdez?

No. Qué miedo el papá. Le apodaban El Hacha, imagínese. Y al hijo le pegaba unas bailadas. Prefiero no dar el nombre.

Por Juan Diego Ramírez Carvajal

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