No me dan ganas de retirarme

Yo todo lo tengo controlado, pero esa sensación de miedo nunca la he dejado de sentir. O más que miedo, lo que se siente es tensión. Pero tres segundos antes de saltar la mente está clara, ya sé qué tengo que hacer. Y lo hago.

/ Luis Ángel - El Espectador

Una vez creí que una lesión podría sacarme del agua para siempre: fue en abril de 2011, cuando me partí un pie saltando en paracaídas. Fue grave: aterricé muy duro y me partí el tobillo en pedacitos. Necesité cuatro cirugías, me tuvieron que poner tornillos. Pero la terapia funcionó muy bien, me recuperé en poquito más de un año, volví a entrenar en noviembre y para junio de 2012 ya volví a competir. De la natación, hacer clavados fue lo que siempre me gustó, cuando era niño lo que me gustaba era saltar y mientras más aprendía más me gustaba. Así ha sido casi toda mi vida.

Cuando era pequeño practiqué muchos deportes, cambiaba todo el tiempo. Hice judo, béisbol. Empecé a jugar fútbol con mis amigos cerca de las piscinas de clavados, en las Canchas Panamericanas, y luego de jugar entrábamos a la piscina. Me gustaba ver los clavados y el azul profundo del agua. Eventualmente los entrenadores nos vieron ahí tanta veces, con la edad adecuada (tenía 10 años), que nos invitaron a entrenar. Éramos dos vecinos míos y yo. Al otro día llegamos con el traje de baño, hicimos las pruebas y empezamos a entrenar todos; después ya seguí yo solo.

Las cosas iban muy bien hasta que perdí tercero de bachillerato por estar entrenando a toda hora. Cuando supe que había perdido el año pensé que me iba a meter una emproblemada con mi mamá tenaz, pero ella sólo me dijo que si no quería estudiar era mi problema. Como cuando uno le siente a la mamá, más que rabia, ese tono de decepción. Eso me quedó sonando muchísimo, así que me pasé a un colegio al lado de las piscinas. Mi mamá me dijo: “Clavados sí, pero hay que estudiar porque tampoco”’. En los últimos tres años de colegio me organicé y me gradué con honores.

En 1994 entré a la Universidad del Valle a estudiar ingeniería electrónica y antes presté servicio militar un año, en el cual estuve 10 meses con el equipo de natación de las Fuerzas Militares. Yo quería estudiar, pero los paros y las asambleas permanentes nos hacían demorarnos mucho para terminar semestre. En un par de años pude hacer tres semestres y me fui a vivir a Austria, me recomendó un amigo mío de Cali y me contrataron para hacer un espectáculo de clavados en un safari park del 97 al 99. Yo quería graduarme de la universidad, pero estaba en paro, y al verme varado firmé contrato y me fui.

En ese momento ser clavadista de tiempo completo no era todavía mi elección de vida, yo quería ahorrar en Europa y volver a la universidad. Pero estando allá vi en televisión las competencias de clavados de altura y pensé que podía hacer eso. Me dediqué a entrenar, tenía unos 21 años. En el 98 me invitaron por primera vez a una competencia, pero mi contrato en Austria no me lo permitió. En el 99 volvieron a invitarme: ya había llegado a un acuerdo con mis jefes y me fui al torneo en un pueblito de Suiza, Brontallo, y quedé de segundo. Fui a otro y volví a quedar de segundo. Entonces pensé: “ve, yo sí sirvo para esto”.

En 2000 gané todas las competencias en las que participé, menos una en la que quedé de segundo y ahí sí dije: “Vamos a entrenar y a ver qué pasa”. Redbull ya me estaba patrocinando. Ese año me gané un título que recuerdo con especial cariño, porque fue mi primer campeonato mundial, que fue en Hawái, y porque los jueces me dieron 10 puntos, fue un puntaje perfecto que quedó en los Guinness Récords.

Cuando entro en el agua se siente muy chévere, por la velocidad con la que uno va, por la fuerza del impacto, por el viento que te golpea en la cara, por el sonido que produce, como un disparo. Con esa sensación de miedo la entrada al agua es muy rápida. Todos los sitios donde voy a saltar son intimidantes. Yo todo lo tengo controlado, pero esa sensación nunca la he dejado de sentir y los que compiten y viajan conmigo sienten lo mismo. O más que miedo, lo que se siente es tensión. Se me acelera el corazón. Pero tres segundos antes de saltar la mente está clara, ya sé qué tengo que hacer. Y lo hago.

Mi mamá se asusta un poquito todavía, pero ya después de tantos años de verme saltar entiende que no me estoy arriesgando a la loca. Los peligros son muy claros, pero le da tranquilidad saber que no lo tomo a la ligera. Ella solía decirme que estudiara, que los clavados no me iban a dar para vivir —sé que no es la ocupación más convencional—, pero nunca ha dejado de apoyarme, sobre todo al ver que estaba poniéndolo todo. Mi papá falleció hace unos años, sufría de la presión, del corazón. Yo estaba fuera del país y no alcancé a llegar a su funeral. Él siempre estuvo muy pendiente, muy orgulloso. Aunque él y mi mamá no vivían juntos, siempre hubo mucho respeto.

Vengo retirándome desde 2007. En 2008 hasta estuve en entrevistas para trabajo en gerencia de atletas para Suramérica, pero en 2009 Redbull creó la serie mundial, me la gané, y dije: “Sigamos compitiendo”, y vinieron muchísimos más títulos. No es que cada año diga que me retiro, sino que cada año vuelvo y gano, y no me dan ganas de retirarme. Lo más importante es que estoy motivado a entrenar, no tengo afán de salir a buscar trabajo, mis patrocinadores me apoyan y puedo seguir peleando esos primeros lugares unos años más.

¿Hijos? A Cata y a mí nos encantaría, pero la vida que tenemos ahora es tan pero tan ocupada, que sería injusto con mi esposa y un bebé. Ella viaja conmigo a todos mis eventos, es mi mánager, hace muchas cosas para que yo pueda concentrarme en los entrenamientos y eso ha tenido mucho que ver con mis títulos de los últimos años. Con Catalina nos conocíamos desde hacía un buen tiempo; en 2012 nos volvimos a encontrar, se nos despertó el amor y no nos hemos separado desde entonces. En Hawái tenemos nuestra casa, ahí estamos muy contentos y muy cómodos. Queremos volver a Colombia, lo que todavía no sabemos es cuándo. Si los resultados siguen, yo sigo.

* Adaptación hecha por Diana Durán.